Prólogo

¡ADVERTENCIA!: Antes de empezar con este capítulo recordamos que deberíais leer el Capítulo piloto.

En un continente dominado por criaturas mágicas muy poderosas habitaban una especie de zorros con nueve colas. Estas criaturas tenían un pelaje azul con matices blancos y sus cuerpos eran delgados, a la par que ágiles, que les permitían moverse con gran elegancia. También poseían un poder psíquico capaz de levantar grandes y pesados objetos, además de la habilidad de convertirse en humanos y manejar armas mágicas de gran calibre. Para acabar, aparte de sus cualidades físicas y psíquicas, dominaban unas particulares llamas azules que eran mucho más destructivas y vivaces que las llamas normales. Tan poderosas, que solo podían ser apagadas con agua mágica de gran nivel. Todo eso, unido a un coraje mayor que el de cualquier caballero y una sabiduría más allá de lo común, hacía que parecieran prácticamente invencibles.

El Dios de Agua estaba realmente orgulloso de tener semejantes criaturas entre sus filas y estos eran muy leales a él. Eran los protectores de la región y no permitían que ningún intruso atacase la zona.  Fueron de los más poderosos en  los Terrenos del Agua. Se llegó a decir que eran los titanes de la facción, el ojito derecho del Dios del Agua y los siguientes por debajo de él en poder. Con estas criaturas como guardianes, prácticamente ningún esbirro de los demás Dioses se atrevía a atacar o siquiera acercarse a esa región.

Pero incluso la llama más grande y fuerte acaba por apagarse. Debido a una deficiencia genética, su energía y poder pasaron en decadencia y cada generación era más débil que la anterior. El Dios del Agua no tardó en darse cuenta de la situación; pero al ser incapaz de hacer algo por ellos, decidió nombrar guardianes  a otras criaturas y abandonar a su suerte a esa especie. Cuando la noticia llegó a oídos de los zorros supuso un serio golpe al orgullo de los zorros que, traicionados por su señor y por sus genes, vieron como la desesperación tomaba las riendas de sus actos. Sin embargo, las colas, aquello que los zorros más amaban y estaban orgullosos, decrecían. Y con ello, su esperanza de vida y habilidades se veían mermadas. Fue la gota que colmó el vaso. El líder de la especie, con su ego dañado y una desesperación creciente, tomó una decisión que cambiaría por completo el destino de los zorros. Al fin y al cabo, antes que ver a su especie volverse simples zorros prefería traicionar a su mezquino Dios del Agua.

El líder de los zorros decidió ir a hablar con el Dios del Caos, el único que podría ayudarlos en esa situación.

El Dios del Caos era conocido no solo por su increíble poder, capaz de conceder los deseos más oscuros de cualquiera, sino por su codicia. Pedirle algo al Dios del Caos equivalía  perder otra cosa, y esto el líder de los zorros lo sabía muy bien.

El líder de los zorros fue al castillo central de los Terrenos del Caos donde el temible Dios residía. Extrañamente, no vino nadie a darle una “cálida bienvenida”. Parecía como si el mismo Dios supiera de su presencia y hubiera ordenado vaciar el lugar, sin que nadie se interpusiera en el camino del líder de los zorros.

Al entrar en la sala del Dios, un aire frío recorrió todo su cuerpo,  y con ello le siguió un escalofrío. Se notaba por el estado del castillo que aquel lugar era un hábitat inhóspito: los colores oscuros, las piedras antiguas y desgastadas, los agujeros en el edificio, las telas rotas, el cielo siempre cubierto por nubes grises… Para un ser normal, aquel sitio sería inhabitable… Pero seguramente para los seres que habitaban allí era una acogedora morada. El zorro, tras entrar en la sala central del edificio, vio una silueta cubierta por la oscuridad de la zona. Asumiendo que era el Dios del Caos, el líder de los zorros se posó delante de la silueta. La silueta sería completamente anónima si no fuera por los ojos de un rojo brillante que miraban con desprecio al orgulloso ser que le había visitado. Una voz grave resonó en la sala.

—Criatura de los Terrenos del Agua, ¿qué te trae por mis tierras?

El pelaje del zorro se puso de punta con solo oír la voz de ese Dios. El líder notaba la ominosidad de la situación, que empeoraba al sumar la decoración de la zona. El no poder ver nada del ser que tenía delante le incomodaba, así que hizo acopio de su valor para enfrentarse a sus miedos y le respondió.

—Soy el líder de los antiguos guardianes de la facción del agua. Señor del Caos, vengo a pedirle un enorme favor —comentó, temblando por la presencia del Dios —. Necesito poder para mi especie — exclamó con una falsa seguridad en sus palabras.

—¿Y con qué motivo queréis más poder? No parecéis precisamente un ser escuálido y débil —comentó mientras con la mirada analizaba el físico del zorro.

—Solo quiero recuperar lo que es nuestro por derecho. ¿Puedes hacerlo? —solicitó mientras apretaba los dientes, intentando no hablar  más de lo necesario.

El escalofriante Dios soltó una risa socarrona ante la situación.

—No te molestes en ocultarlo, a estas alturas pocos son los que no saben sobre lo decadentes que os habéis vuelto, oh ojitos derechos del Dios del Agua. Pero primero los negocios y luego las burlas a otros. —Dejó una pequeña pausa para que el líder asimilara su auténtica posición en la conversación—. A efectos prácticos, solo queréis vuestros poderes de vuelta. Estáis desesperados por recuperar vuestra posición… Sí, eso lo puedo solucionar. —Mostró una amenazante sonrisa—. Aunque todo tiene su precio. Y para daros lo que queréis a cambio algo me llevaré. —Hizo una pausa, dejando que el silencio consumiera de nuevo el lugar. Al líder de los zorros la situación le heló la sangre—. A cambio de algo como vuestros valiosos poderes, quiero que seáis mis espías y me informéis de aquello relevante en los terrenos del Dios del Agua. Espías del Caos, por así decirlo. Aunque también habrá otras consecuencias más… directas.

—¿Se puede saber que consecuencias serían esas? —preguntó el líder de los zorros.

El Dios soltó una gran carcajada.

—¿En serio crees que necesitas saberlo? No estás en posición de exigirle nada a nadie, mocoso.

El líder de los zorros, medio asustado y medio desesperado, intentó analizar con calma la situación. No importaba qué decisión tomara, tanto él como su especie iban a salir mal parados. Debía elegir entre la muerte de su especie o la posible deuda permanente con el Dios del Caos y, aunque iba a afectar a sus congéneres, la decisión era solo suya.

La presión del momento hacía cada vez más mella en su capacidad para pensar con claridad.

—¿Podría cada uno de mis compañeros elegir si aceptar o no su oferta? — preguntó, con temor a que el capricho del Dios del Caos se tornara en contra suya.

El Dios del Caos estuvo un rato pensando en la petición del líder.

—Acepto tu petición, que cada miembro decida su futuro.

El zorro se sorprendió al ver que el Señor del Caos aceptó su petición.

—¿En serio? Se lo agradezco muchísimo —dijo agachando la cabeza todo lo que pudo.

Con un ligero movimiento de cabeza, uno esbirro del Caos salió de entre las sombras que, tras recibir un pergamino enrollado de su señor, se retiró apresuradamente de la sala. Al rato volvió con una bolsa llena de píldoras de un color lila oscuro y la dejó enfrente del zorro.

—Quien decida recuperar sus poderes que tome una píldora —dijo el señor del Caos con su voz grave y penetrante.

—Agradezco su ayuda, Dios del Caos —comentó el líder de los zorros.

El zorro miró atentamente la bolsa, la cargó en su espalda con la ayuda del esbirro, e inmediatamente salió del lugar en dirección a los Terrenos del Agua. Mientras iba en dirección a las fronteras del Terreno del Caos, el líder no podía parar de pensar si la decisión era la adecuada. «¿Qué pensarían de haber ido a pedirle ayuda al mismo Caos? ¿Cómo reaccionaría su clan ante la píldora?» Realmente ni él sabía aún lo que quería. No estaba nada seguro de cuánto quería sacrificar por su poder. Pero ver caer a su especie, a su familia… Era demasiado doloroso. No era capaz de soportarlo.

«Esto… Esto lo hago por la manada.»

Era lo único que podía pensar para quitarse sus dudas sobre si realmente era lo correcto. Sin embargo, aunque dejaba a los miembros de la manada decidir qué hacer, temía que la especie se disgregara y se provocase alguna clase de conflicto. Dentro de su cabeza resonaba el mismo problema. Solo podía pensar en qué pasaría y si había hecho lo correcto. Con todos estos pensamientos era incapaz de conciliar el sueño.

Al llegar a su hogar pidió que toda la especie se reuniera para comentar la reunión con el Dios del Caos.

—Tras un largo viaje, he encontrado una solución para nuestro problema. Sin embargo, nos saldrá caro. —Realizó una pequeña pausa y puso la bolsa con las píldoras enfrente suyo—. Hice un trato con el Dios del Caos. Para solucionar nuestra decadencia habrá que tomarse una de estas extrañas píldoras. Quien lo haga, a parte de las consecuencias que pueda causar, deberá comprometerse a revelar información sobre los Terrenos del Agua a los vasallos del Caos. —antes de que la indignación se esparciera, el líder proclamó con autoridad— No obligaré a nadie a tomarla. La decisión es solo vuestra.

Muchos se asustaron al escuchar sobre el Territorio del Caos, en especial cuando comentó que espiarían a su propio Dios. Aunque su Dios les hubiese abandonado, gran parte de ellos le seguían siendo fieles.

—Dejaré tres días para que podáis pensarlo con claridad. Cuando finalice este plazo regresaré aquí a la misma hora de hoy. Quien acuda dará a entender que está de acuerdo con ingerir la píldora. —Tras decir esto abandonó la zona junto a sus más cercanos.

Los zorros murmuraban entre sí. No estaban seguros de lo que deberían hacer.  Algunos estaban muy enfurecidos por la decisión de su líder y no tardaron en irse malhumorados de la zona. Pero eran muchos los que estaban dudosos. Poco a poco, los zorros fueron abandonando el lugar para pensar con tranquilidad la oferta del líder.

Una vez a solas con su esposa, el líder expresó con palabras las inquietudes que le atormentaban desde que salieron de los terrenos del Dios del Caos.

—Espero que esta decisión no perjudique a nuestra especie, sólo pretendo ayudarles.

—No te preocupes, ahora cada uno decidirá por su futuro. No todo depende de ti. —La cálida voz de su mujer intentaba animar al agotado líder.

Pero el líder de los zorros seguía preocupado por el futuro de la siguiente generación, con la mirada perdida en cómo su hija jugueteaba en la hierba. Se culpaba a sí mismo, pero si no actuaba sabía que esto solo iría a peor. Esperar… Esperar era lo único que podía hacer. Al cabo de tres días se vería qué tipo de futuro recorrería la especie.

Al día siguiente, en otro lugar del bosque los zorros que estaban más en contra de la píldora se reunieron para hablar sobre la situación.

—¿Por qué el Dios del Caos?

—Nunca haría un trato con ese monstruo.

—Yo ya dije que no se podía confiar en él.

Entre ellos surgieron muchas quejas sobre el jefe de la manada. Los indignados tenían muy claro que ellos rechazarían la oferta. Que los demás cayeran en manos del Dios del Caos era algo que no les gustaba. Debían convencer a los otros fuera como fuera. Había algo más oculto sobre las píldoras y eso les superaba. Entendían que deberían ser espías; pero aparte de eso había algo más tenebroso y ellos lo sentían. El problema era que ignoraban el qué. Aunque  aprovecharían la ignorancia de la situación para persuadir a los demás zorros de que rechazasen la oferta.

Así que iniciaron un rumor para asustar al resto de la manada.

—Aquellos que tomen la píldora se convertirán en muertos vivientes al servicio del Dios de la Nigromancia. —Los falsos rumores no tardaron mucho en llegar a oídos del jefe de la manada.

El líder de los zorros estaba perplejo. Él sabía que eso se lo habían inventado ya que en ningún momento habló de las consecuencias de tomarla. Así que llamó a sus subordinados más fieles y les pidió que hablasen con todos los zorros de la manada y desmintiesen el falso rumor.

Cuando los subordinados se alejaron, la mujer se acercó para hablar de la situación.

—Cariño, ¿qué haremos ahora? —preguntó preocupada.

—Habrá que intentar que el rumor no avance más, o al menos concienciar a los demás de su falsedad. Espero que esto funcione…

Esperando a que llegase el día en que tuvieran que decidir si aceptar la píldora, el líder intentó calmar a su mujer.

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