Capítulo 4: El Reencuentro

Una vez acabó la reunión del consejo Mizyl pidió a la joven sacerdotisa que escribiera un mensaje con la respuesta. Al acabar de escribir la carta, Mizyl empapó su zarpa con tinta y la puso en el mensaje, enrolló el pergamino y creó a un esbirro que se tragó el mensaje y partió hacia los terrenos del Orden.

—El mensaje ya está enviado. Confío en que el consejo ha sabido elegir la mejor opción —dijo Mizyl observando las puertas por donde salió su esbirro con el mensaje.

—La decisión fue la acertada, así que, mi señor, no os preocupéis de nada —le respondió la joven sacerdotisa que se encontraba detrás de él.

 *****

Poco después, en el templo de la Diosa del Orden los sacerdotes se apresuraron para abrir las puertas. Una criatura creada con agua mágica y con una estructura casi deforme, pero con cierto parecido a un can dracónico irrumpió en el interior. Este ser se acercó a Celeid, que se encontraba sentada en su trono. Una vez frente ella, Celeid se levantó y se acercó al esbirro. La Diosa acercó su mano a la boca de la criatura y esta escupió un pergamino en su mano.

Los sacerdotes de la sala miraron extrañados a la criatura mientras esta se sentaba en el suelo. No parecía de que se fuese a marchar sin una respuesta.

—Mi Diosa, esta criatura… ¿que hacemos con ella? —preguntó una pequeña sacerdotisa mirando como su Diosa desenrollaba el pergamino.

—Dejadla estar —contestó Celeid leyendo el mensaje—. Seguramente estará esperando nuestra respuesta.

—Entiendo. Como vos deseéis —asintió la pequeña sacerdotisa.

Celeid tardo unos pocos minutos en leer el mensaje. Al acabar se quedó con el pergamino en mano pensando sobre qué debería hacer. Cuando lo decidió, llamó a la joven sacerdotisa para que le trajera la pluma y un pergamino. Se levantó de su trono y se dirigió a su mesa donde empezó a escribir la respuesta una vez la joven sacerdotisa trajo lo que necesitaba.

El esbirro de Mizyl se levantó y se dirigió donde estaba Celeid en el momento que ella enrollaba el pergamino.

—Entrega esto a tu Dios —dijo dándole el mensaje.

Celeid se levantó de la mesa, miro a los sacerdotes de las puertas.

—¡Abrid las puertas! —gritó.

Los sacerdotes no tardaron en abrirlas, y el esbirro salió corriendo del templo después de emitir un fuerte rugido. Los presentes en la sala miraron a Celeid curiosos por la respuesta que le daba a Mizyl.

—Mi Diosa. ¿Cuál será nuestro próximo movimiento? —preguntó curioso uno de los dos sacerdotes que guardaba las puertas.

—¡Llamad a todos los sacerdotes del templo! —ordenó Celeid— una vez estéis todos os contaré lo que tengo pensado —comentó regresando a su trono.

*****

Una semana después de que le llegase el mensaje a Celeid, en la zona del bosque donde habitaban los guardianes, Ryugan estaba hablando con Umia de los acontecimientos que les esperarían. Mientras tanto Hikye, como era de costumbre, vigilaba a Kitsune para que no les estorbara.

—Querido saco de carne ¿no tienes nada mejor que hacer con tu vida? —preguntó Kitsune inquieta, dando vueltas cerca de Hikye.

—Para nada, solo sirvo para aguantar tus pataletas —respondió con tono sarcástico mientras se tumbaba en el suelo.

—Últimamente se ha reforzado la protección en los Terrenos: los adultos apenas están en casa, habéis puesto algunos zorros jóvenes a vigilar, mi padre ya ha tenido varias reuniones con Mizyl y la mayor parte del tiempo si no está fuera, está hablando con mi madre —comentó Kitsune mirando a su alrededor viendo a sus padres hablar a lo lejos —Algo va a pasar —refunfuñó.

—Vaya ¿y te has enterado de todo tú solita? —preguntó Hikye burlesco riéndose de la cría.

—¡No te rías de mí! —se quejó Kitsune enojada —Nunca me contáis nada, estoy harta de que me estorbes.

Kitsu se abalanzó para morder a Hikye, pero este se levantó y desplegó sus cinco colas. La imagen era terrorífica, la inmensa sombra de Hikye cubría a la impotente cría. Kitsune se detuvo de golpe, bajó las orejas, erizó su pelaje y se quedó temblando al ver la mirada espeluznante que le transmitía. La llama reaccionó al temor de la cría situándose entre los dos.

—Pequeña Kitsu, te advierto que aunque seas la hija del líder no quedarás impune ante un mal comportamiento. Ya empiezas a ser mayorcita para saber cómo actuar, dudo que a tus padres les hiciera gracia que te deba castigar porque me atacaste al ver que no lograbas lo que querías —explicó Hikye disgustado haciendo caso omiso a la llama.

Kitsune se entristeció al escuchar la bronca de Hikye, se sentó, cerró los ojos y agachó la cabeza.

—Lo… lo siento —dijo con la voz quebradiza mientras le salían lágrimas de los ojos y se mordisqueaba el labio inferior con rabia.

—¿Qué ocurre Hikye? —preguntó Ryugan que justo entonces apareció detrás de Hikye.

—Ehhh… Nada… No es nada —respondió sorprendido al darse cuenta que tenía detrás a su líder.

—Necesito hablar con mi hija —dijo mirando a Kitsune con la cabeza y las orejas bajadas—. ¿Kitsune estas bien? —preguntó dirigiéndose a su hija mientras Hikye se apartaba a un lado.

Kitsune solo asintió con la cabeza. Su padre al no estar convencido de que no le pasase nada, se acercó a su hija y le puso el morro debajo del suyo para que levantase la cabeza.

—Como tú dices siempre, si no me cuentas lo que pasa no podré ayudar —dijo suavemente Ryugan lamiendo la cabeza de la pequeña.

Kitsune en ese momento levantó la mirada, tenía aún los ojos rojos y llorosos.

—Me gustaría… ¡Me gustaría que por un día me tuvierais en cuenta! —exclamó Kitsune mirando a su padre con resentimiento —Nunca me contáis que pasa, siempre me tenéis al margen… —siguió quejándose bajando el tono de voz.

—Pues hoy es el día en que eso cambiará —dijo Ryugan mirándola decidido.

Tras esas palabras a Kitsune se le iluminaron los ojos y empezó a mover la cola rápidamente.

—Ven conmigo —dijo el líder moviéndose hacia la zona donde estaba antes hablando con Umia.

Kitsune fue corriendo a seguirle, pero fue parada abruptamente por Hikye.

—Aunque tu padre considere que estés preparada, deberás tener en mente lo que te dije antes —le susurro al oído.

Dicho esto Hikye se apartó para que Kitsune pudiera pasar.

—Lo tendré en cuenta. Confía en mí —le respondió al pasar por delante de él.

—Jamás dejé de hacerlo —susurró Hikye mostrando una ligera pero cálida sonrisa al saber que ella no la escucharía.

En el momento en que Kitsu alcanzó a su padre, este se giró para dirigirse a ella.

—Kitsune, es hora que actúes como un líder —dijo Ryugan mirando con determinación a su hija.

Kitsune se alegró tanto que era incapaz de esconderlo. Sus ojos brillaban más que una luciérnaga, aunque mantuvieran el tono rojizo del llanto. Su cuerpo se movía involuntariamente a causa de los nervios y su cola, como era de esperar, parecía que tuviera vida propia. Estaba esperando con tanta emoción las siguientes palabras de su padre que no dijo ni una sola palabra.

—Mizyl nos ha encargado una importante misión y quiero que tengas un papel importante en ella —continuó explicando Ryugan al ver que su hija no contestaba.

—¿Y qué papel será ese? —preguntó ansiosa.

—Ahora te enseñaré, eso sí, mantén la compostura y la calma. Eres una líder frente a una importante misión, no un simple perro emocionado por un hueso —comentó Ryugan apoyando su zarpa sobre la cabeza de su hija.

Kitsune respiró hondo y se sentó alzando su pecho con orgullo. Mantuvo esa postura durante unos segundos con los ojos cerrados y evitando moverse para demostrar a su padre que era capaz de comportarse como una líder.

—No hace falta que te mantengas así —dijo su padre con una sonrisa mientras le daba un golpe suave al abdomen—. Te mostraré lo que tendremos que hacer, acompáñame —comentó dirigiéndose hacia el bosque.

Kitsune no tardó ni un segundo en seguirle con la sonrisa de oreja a oreja, estaba ansiosa por descubrir cuál sería su primer cometido como hija del líder.

*****

Había pasado apenas una semana desde que el mensaje de Mizyl llegó a manos de Celeid. Los sacerdotes de las puertas fronterizas estaban más alerta de lo normal a cualquier movimiento del exterior. Los guardianes se habían acumulado en la zona sur de los Terrenos del Agua sin olvidar el resto de los dominios. Tanto Kitsune como Ryugan se encontraban cerca de la puerta sur de la frontera hacia las Tierras de Nadie. En ocasiones Mizyl se acercaba a la puerta donde se encontraba al líder con dos sacerdotes esperando a los acontecimientos que se aproximaban.

Era mediodía y en la puerta del sur, frente al Dios Mizyl, apareció una pequeña criatura. Tenía forma humanoide y aspecto ágil. Poseía unas pequeñas alas emplumadas como las de las aves y dos cristales rojizos adornaban la zona cercana a sus ojos. Sus orejas eran enormes y peludas, de ellas colgaba un hermoso velo, y su cola era larga y suave.

—¿Los has podido ver? —le preguntó Mizyl a esa pequeña criatura.

—Sí, están a un par de horas de nuestra posición —contestó mirando hacia las Tierras de Nadie.

—Entiendo. —Se quedó un par de minutos pensativo. —¡Dad la alarma! Estad todos preparados para cuando lleguen —gritó Mizyl a todas las criaturas que estaban allí.

Al escuchar las órdenes de su Dios, Kitsune y Ryugan fueron corriendo hasta que llegaron a su posición. Kitsune hiperventilaba con fuerza y no era capaz de quedarse quieta. Miraba a todos los lados observando el movimiento que provocó Mizyl, todos estaban nerviosos por lo que se acercaba y ella no era una excepción. Kitsune se fijó en su padre, no se encontraba en la situación de decirle nada, tenía que demostrar que estaba preparada para una situación de este calibre. Cerró los ojos y suspiró profundamente. De repente, notó una suave y cálida  caricia en su mejilla. Al abrir sus ojos, vio a su llama iluminando su rostro con esa tenue luz que emitía. Esta produjo un leve sonido que la relajó.

—Gracias… Estaré bien, no te preocupes —susurró Kitsune a la llama.

La pequeña llama se movió a su lado tras escuchar sus palabras. Kitsu miró al frente, aunque aún mantuviese los nervios, ya no se movía ni hiperventilaba con tanta fuerza como antes. Sentía más confianza en sí misma y sabía que no estaría sola.

—Puedo verlos, estan muy cerca —gritó la pequeña criatura volando desde el cielo.

La diosa y su séquito, formado por unos pocos sacerdotes y una manada de extrañas criaturas, no tardaron en llegar frente a las puertas. Mizyl las observaba con detenimiento, pero no era capaz de reconocer si esas criaturas eran las que él realmente buscaba.

—¡Abrid las puertas! —ordenó Mizyl.

Los sacerdotes abrieron las puertas para que pasasen únicamente Ryugan y su hija.

—Es el momento de actuar, hija mía —dijo Ryugan mientras avanzaba.

Kitsune asintió y avanzó con determinación junto a su padre. Estaba preparada para su primera misión.

Al atravesar la puerta vieron que Celeid se encontraba encabezando el grupo. Justo cuando las puertas se acabaron de cerrar, Mizyl saltó de la muralla cayendo en un cúmulo de agua, que había creado al lado de Ryugan, para amortiguar el impacto.

—Espero que te acuerdes del trato. ¿Traes lo que busco? —preguntó Mizyl acercándose a Celeid.

—Claro que sí, Mizyl, lo prometido es deuda —contestó mientras se apartaba a un lado.

Dos de las criaturas que la acompañaban se movieron a su lado. Mizyl los observó atentamente, se giró e hizo un gesto con la cabeza para que Ryugan y Kitsune avanzasen.

—Vamos a saber si tenías razón, querido angelito —comentó Mizyl burlescamente, apartándose a un lado mientras miraba a Celeid.

Los dos zorros avanzaron hasta estar enfrente de las otras dos criaturas. Al igual que ellos, eran una cría y un adulto los que habían avanzado. Kitsune las miraba atentamente, su olor le era familiar, pero no era capaz de reconocer su aspecto. Su físico era el de un zorro, pero sus colores no eran los mismos. Se encontraban ante unos zorros con un pelaje caoba y marcas de color granate. Su cuello estaba rodeado por un pelaje del mismo color que el de sus marcas que bajaba hasta el pecho. El pelaje blanco de este hacía destacar aún más el color del resto de su cuerpo. Y poseían una enorme y peluda cola como la que ellos tenían . A simple vista se asemejaban a unos insignificantes zorros salvajes, pero al fijarse bien pudo apreciar dos apéndices que parecían pequeñas colas sobresaliendo de su cola.

Kitsune se alteró al ver esos apéndices, ver los vestigios de lo  que antes eran unas hermosas colas le pareció repugnante. Pero como prometió comportarse como una adulta tanto a su padre como a Hikye, evitó al máximo exteriorizar ese sentimiento. Aun así era imposible esconder ese sentimiento de aversión, y eso quedaba reflejado en su rostro.

Pero Kitsune no era la única que encontraba repulsivas las criaturas que estaban frente a ella. La otra cría miraba horrorizada la llama que estaba al lado de Kitsune. Su cara no solo mostraba a la perfección lo que sentía, sino que además su pelaje se erizó y se echó unos pasos atrás.

A diferencia de las crías, que a mayor o menor medida mostraban sus sentimientos hacia la otra, los adultos se miraban fijamente sin decir nada. Aunque se percataron de los rasgos físicos que eran desagradables a su vista, intentaron no exteriorizarlo para evitar un enfrentamiento.

—Tu olor me es familiar, pero no soy capaz de reconocer a quién pertenece —comentó Ryugan observando de arriba a abajo el zorro que tenía delante.

—Debes de ser Ryugan ¿me equivoco? —preguntó el otro zorro mirándolo con desprecio.

—No te equivocas, ¿pero me puedes decir quién se encuentra frente a mi? —insistió el líder al ver que no lograba reconocer a quien tenía delante.

—Mi nombre es Icard —contestó con frialdad.

Kitsune y Ryugan se alarmaron al escuchar su nombre. Esta vez incluso al líder se le notó en el rostro la sorpresa al escuchar ese nombre.

—No es posible… Pero… Si cuando nos separamos tenías la edad y el tamaño de mi hija. ¿Cómo puede ser posible? —preguntó impactado.

—La pérdida de nuestros poderes fue más rápida de lo que nos podíamos imaginar. Y como podéis ver, nuestros cuerpos también quedaron afectados. —Hizo una breve pausa mostrando un rostro de preocupación. —Igualmente, hablas de nosotros… Pero ¿Qué ha ocurrido con vosotros? —preguntó mirando asqueado en lo que se habían convertido.

—¿Qué problemas tienes con nosotros? —devolvió la pregunta enojado por la reacción del otro zorro.

—¡Miraos! Vuestro aspecto es horrendo, vuestro pelaje se ha vuelto tan pálido que os hace parecer unos muertos. Y esas marcas sangrientas… ¡Cualquiera diría que habéis sido poseídos por el Dios de la Nigromancia! —contestó de forma ofensiva, enojado y mostrando sus colmillos. En ese momento se fijó en la llama de Ryugan que se encontraba prácticamente inmóvil—. ¿Y qué se supone que es eso?

—¡Basta! No tengo motivos por los que responderte. Y aún menos con esa actitud de crío que estás teniendo —contestó irritado mientras alzaba su cabeza, estirando sus orejas hacia atrás y moviendo las colas hacia arriba agresivamente.

Cuando la tensión entre los dos zorros estaba llegando a su momento más álgido, la llama de Kitsune se movió hasta situarse en medio de los dos. Ambos zorros se sobresaltaron al verla, y Icard no tardó en atacar. Levantó su zarpa y golpeó con fuerza la llama contra el suelo. Ryugan al ver la reacción del otro zorro, desplegó con rapidez sus colas para defenderse.

—¡Parad los dos! —dos voces retumbaron con fuerza. Mizyl y Celeid se posicionaron rápidamente en medio de la pelea.

Ambos zorros retrocedieron al ver a sus respectivos Dioses. La llama desapareció de debajo de la zarpa de Icard y apareció entre las patas delanteras de Kitsune. La pequeña intentaba taparla con sus patas mientras mantenía una posición defensiva y le regañaba por su actuación.

Celeid observó durante unos instantes tanto la llama de Ryugan como la de Kitsune. Seguidamente les dio una advertencia a los zorros y se apartó para dirigirse a Mizyl.

—Lamento el comportamiento de mis súbditos —dijo Celeid disculpándose a Mizyl.

—Los mios también tienen parte de culpa, me disculpo por ello —comentó Mizyl girándose hacia ella.

Mientras los Dioses se disculpaban entre ellos, los zorros seguían mirándose asqueados el uno al otro. Icard erizó el pelaje y enseñó los dientes hacia Ryugan, pero este no quiso caer en sus provocaciones, apartó la mirada a un lado y bajo sus colas para evitar enojarse más.

—Como puedes ver, he cumplido mi parte del trato —dijo Celeid con la vara cerca de sus zorros.

—Sí… ya me he dado cuenta de ello… —respondió algo defraudado al comprobar cómo reaccionaron los zorros.

—Espero que ahora seáis vos quien cumpla su palabra.

Mizyl se quedó en silencio durante un par de minutos y se giró mirando hacia la puerta.

—¡Abrid las puertas! —exclamó hacia los sacerdotes ocultando su decepción a Celeid.

Celeid mostró una sonrisa al ver que las puertas de los Terrenos del Agua se abrían. Apartó su vara de delante de los zorros e hizo una señal con la mano para que sus súbditos avanzasen.

—Me alegra tener frente a mí a un Dios de palabra —dijo Celeid con una sonrisa confiada mientras avanzaba hacia la puerta.

—Sí… Claro… —murmuró Mizyl descontento.

Mizyl se colocó en cabeza de la fila, seguido por Ryugan y Kitsune, mientras que Celeid y su séquito iban detrás de ellos. La pequeña no podía evitar ir mirando hacia atrás de reojo, tenía miedo de que les atacaran aprovechando que estaban de espaldas.

—Kitsune —dijo Ryugan para llamar la atención de su hija.

—Pero… —se quejo Kitsu preocupada por la amenaza que sentía.

Ryugan se limitó a mirarla enojado. Kitsune, descontenta al no poder responderle, volvió a mirar hacia delante.

El grupo se movió hasta traspasar la puerta que se cerró detrás de ellos. Icard y el resto de su manada iban mirando los alrededores, aunque las crías no reconocieran el lugar, los adultos sentían nostalgia por volver a su antiguo hogar.

La Diosa observaba las defensas dispuestas en los Terrenos del Agua durante su trayecto hacia al templo de Mizyl. Enormes hileras de zorros que servían al Dios les observaban, criaturas voladoras controlaban el cielo, esbirros de agua creados por el Dios vigilaban con sumo cuidado todos los movimientos de sus zorros y los densos bosques que parecían tranquilos, en realidad estaban infestados de sirvientes del Dios del Agua que no dudarían en atacar si actuasen de forma sospechosa. Celeid sabía que cualquier movimiento en falso acabaría convirtiendo la tierra que pisaba en su tumba.

Aun así, Celeid no parecía estar nerviosa ni asustada, caminaba con tranquilidad siguiendo a Kitsune y Ryugan. Sabía que si le quisieran tender una trampa y matarla ya podrían haberlo hecho. Además, estaba a un paso de conseguir algo que ansiaba desde hace mucho tiempo, no encontraba motivos para estar alterada.

En cambio sus sacerdotes transmitían todo lo contrario, se les notaba inquietos por la situación.El camino hasta el templo principal de Mizyl fue largo y tuvieron que soportar la hostilidad de gran parte del Terreno. Cuando pasaban por los muchos pueblos que había, los ciudadanos se reunían para observarles de una forma poco amistosa. Pero eso no era nada en comparación a tener que pasar por los bosques, allí se sentían observados, pero aún así, ninguno de ellos era capaz de ver absolutamente nada en los árboles o arbustos, e incluso alguno de ellos miraba el suelo temiendo un posible ataque desde allí.

Una vez atravesaron el último pueblo y llegaron a la zona sagrada, Mizyl se paró en seco, seguido de todos los que iban detrás.

—Celeid, a partir de aquí tus súbditos no podrán avanzar. Deberán quedarse aquí hasta que acabemos de hablar —comentó Mizyl señalando un claro llano cercano a donde estaban.

—Comprendo. —Celeid se giro a sus súbditos. —¡Vosotros! Ya habéis escuchado al Dios del Agua. Quedaos ahí hasta que yo os avise.

El séquito de Celeid se movió hasta la zona señalada por Mizyl, mientras ella y el Dios del Agua se adentraron en el bosque. Los guardianes se quedaron vigilando al grupo junto a otras criaturas fieles a Mizyl. Kitsune, que acompañaba siempre a Ryugan, esta vez se fue con su madre hasta el pueblo más cercano a la zona sagrada.

A la pequeña ya se le empezaban a cansar sus piernas, pero por suerte el camino no fue muy largo. Había sido un día agotador y la pequeña necesitaba relajarse. Una vez llegaron al pueblo, se acercaron a la plaza principal, donde se estiraron cerca de la fuente para tomar agua.

—Hoy ha sido un gran día para mi pequeña —dijo Umia con una gran sonrisa.

—Sí, pero no me ha agradado el trato que hemos recibido por parte de esos zorros —comentó Kitsune mirando enojada hacia la fuente.

—Lo se, a mi tampoco me ha gustado cómo han actuado. Lo que no me acabo de creer es que de todos los Dioses que habían hayan tenido que parar a manos de Celeid —dijo disgustada.

—Pues sí, ese angelito parece bastante desagradable. Además tiene cara de amargada —criticó Kitsune mirando a su madre.

Umia río ante el comentario de su hija mientras se levantaba.

—¿Quieres que vayamos a comer algo? Debes tener hambre —comentó situándose frente a su cría.

Kitsu reaccionó levantando las orejas, pero al poco tiempo las bajo del golpe.

—Nunca diré que no a que me invites a comer —dijo intentando esconder una pequeña sonrisa.

Umia puso su zarpa en la cabeza de su hija.

—En ningún momento he dicho que te invitaría… Que se le va hacer, hoy te invitaré yo, pero aun espero el día en que me toque a mí —comentó dirigiéndose hacia la taberna del pueblo.

—¡Mama!… —gritó Kitsune para llamar su atención—. Estoy preocupada por los otros zorros. ¿Crees que irá todo bien? —preguntó mientras se levantaba y se acercaba a Umia.

—Kitsune, siento decirte que no puedo responder a eso. Pero por ahora no te preocupes por ello, vamos a comer, que se que lo estás deseando —dijo acariciando la cabeza de su hija.

Kitsune asintió y acompañó a su madre hasta la taberna. No sabía cómo acabaría la situación entre los dos clanes, pero eso es una pregunta que solo el tiempo podía responder.

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