Capítulo 3: El Pacto entre dos Dioses

Los años pasaron y Mizyl cambió de forma radical la forma de gobierno y las normas de sus Terrenos.  A los ciudadanos les costaba adaptarse a los cambios y eso provocó que los más conservadores se revelasen. Muchos de ellos protestaban frente a los templos pero algunos incluso se atrevieron a penetrar en las zonas sagradas. Aun así, Mizyl encontraba necesario seguir adelante con su nueva forma de gobernar, negándose a volver a una forma de gobierno despótica, como la anterior.

Un tranquilo día por el ocaso, una sacerdotisa entró corriendo en la sala del Dios con un mensaje en las manos.

—Mi Dios, acaba de llegar un mensaje urgente de la puerta fronteriza del sur —anunció jadeando por el esfuerzo.

Mizyl se levantó de su trono y corrió hasta situarse justo delante de la sacerdotisa.

—¡Traed algo de agua! Rápido —exclamó mirando a un sacerdote que estaba cerca de la puerta—. Dime, ¿qué dice ese mensaje?

—La Diosa Celeid se encuentra en la puerta, quiere veros —respondió la sacerdotisa poniéndose la mano en el pecho.

—¿Ce… Celeid? —se cuestionó Mizyl dudoso.

—Es la Diosa de la Bendición, mi Dios —comentó una de las sacerdotisas que se encontraba en la sala al ver  la reacción de su Dios.

—Si, si… Diosa de la Bendición —dijo apartando la mirada hacia un lado mientras su cara reflejaba aún más dudas y se ponía la zarpa en la boca.

—Es una Diosa menor que sirve al Dios del Orden —volvió a comentar viendo que Mizyl no reaccionaba.

—Ahhh, si, si, claro… Pues decidle que pase —dijo alegremente Mizyl mientras volvía a su trono.

El sacerdote volvió con un odre lleno de agua y se lo entregó a la mensajera.

—Pero, mi Dios, ¿está seguro? No es normal que un Dios del Orden venga personalmente —comentó la mensajera algo más relajada al beber del odre.

—Más motivo para hacerla pasar. Es una forma de premiar que haya movido su culo ¿no os parece? —dijo Mizyl mientras se sentaba en su trono con una sonrisa en su rostro.

La mensajera, aunque no estuviese convencida de la decisión de su Dios, decidió asentir e ir a entregar la respuesta a los sacerdotes de la puerta.

Al cabo de unas horas entró un sacerdote en la sala anunciando la llegada de Celeid al templo. Mizyl, algo ansioso por verla, decidió levantarse y ponerse frente las puertas. En ese momento, estas se volvieron abrir, y tras el repique de unas campanas y la voz de la sacerdotisa, Celeid entró en la sala.

Celeid miró al trono, pero al no ver a nadie sentado allí decidió mirar los alrededores pero aparte de los sacerdotes sólo pudo apreciar a pequeño animal que tenía delante. Esa criatura estaba sentada como un perro, con las patas delanteras tan juntas que se tapaba a sí mismo su pecho y movía la cola frenéticamente y con una gran sonrisa de oreja a oreja. Celeid, dió por sentado que sería una mascota del Dios, así que la ignoró completamente y miró hacia la sacerdotisa que había anunciado su llegada.

—¿Dónde se supone que está vuestro Dios? —preguntó extrañada.

Los sacerdotes sonrojados apartaron la mirada avergonzados por la actuación de su Dios, pero aunque aquella sacerdotisa sintiese lo mismo, se vio obligada a responder la petición de la Diosa.

—Se encuentra delante suyo, Diosa Celeid —respondió sonrojada la sacerdotisa.

Celeid miro enfrente, pero lo único que había delante suyo era aquel animalejo. En ese momento, Mizyl levantó una pata y alzó su zarpa hacia Celeid.

—Encantado, soy Mizyl, el nuevo Dios del Agua —dijo sonriendo.

Celeid se quedó sorprendida al ver que esa criatura afirmaba ser el Dios Mayor de la zona.

—¿Dios? ¿Tú? ¿No estarás tratando de engañarme, verdad? —preguntó alterada Celeid.

Mizyl apartó las patas de su pecho para dejar ver con claridad su marca.

—No es ningun engaño, realmente soy un Dios. No solo eso, ¡soy un Dios Mayor! —exclamó Mizyl resaltando la última frase mientras sacaba la lengua y golpeaba la marca de su pecho con la zarpa.

Celeid se molesto al escuchar que era inferior a eso. Pero aun así intentó calmarse, respiró hondo y volvió a la conversación.

—Dejando eso…

—¿Qué ocurre Celeid? ¿Te has decepcionado al verme? —preguntó Mizyl interrumpiendo a Celeid mientras apoyaba sus patas delanteras sobre ella y se acercaba a su cara todo lo que podía.

Celeid se sorprendió al ver como Mizyl se subía encima suyo, no obstante no tardó mucho en apartarlo bruscamente.

—No te subas encima mio. ¿Acaso crees que esta es forma de comportarse ante otro Dios? —preguntó enojada por el comportamiento de Mizyl y cerrando sus alas todo lo que pudo.

Viendo que Celeid se estaba enojando una sacerdotisa decidió intervenir.

—Por favor, Mi Dios, comportese —comentó preocupada.

—De acuerdo, ya vuelvo a mi trono. Encima que me preocupo por saber qué le pasa —refunfuñó Mizyl sentándose en su trono.

—Lamentamos mucho el comportamiento de nuestro Dios. Por favor continúe —se disculpó la sacerdotisa agachando la cabeza.

—Eso Celeid ¿qué ibas a decir? —preguntó Mizyl tumbandose y moviendo su zarpa de arriba a abajo.

Aunque Celeid estuviese enojada, intentó no exteriorizarlo. Estaba allí por un motivo y enfurecer al Dios del Agua no estaba entre sus planes. Volvió a respirar profundamente y se dirigió a Mizyl.

—Mi Señor del Agua, como vos ya debéis saber. El cambio de Dios es algo que conlleva muchas dificultades y más conociendo los problemas que dejó su predecesor con los guardianes.

Por eso…

—¿Por eso qué? Di directamente lo que quieres. No hace falta que me expliques la situación, la conozco mejor que tú —dijo Mizyl molesto cortando la explicación de Celeid.

—¡Mi Señor! —exclamó una sacerdotisa.

Celeid levantó una mano señalando hacia la sacerdotisa para que callase.

—No os preocupeis, yo también prefiero dejarme de historias —dijo cruzando los brazos—. Vengo a proponer un trato entre nosotros dos.

—¿Acaso el Dios del Orden es consciente de esto? —preguntó extrañado Mizyl.

—Sí, y no debéis preocuparos, puedo jurar que él no se entrometerá —comentó seriamente.

—¿Y qué se supone que buscas con ese pacto? —preguntó desconfiado.

—Necesito que me abastezcais de agua del mayor nivel mágico que tengáis y que me permitáis vivir en uno de vuestros templos. Para que veas que vengo en son de paz, únicamente traeré conmigo unos pocos sacerdotes de mis Terrenos —respondió Celeid decidía relajando sus alas.

—Claro, claro… ¿Y qué gano yo dandote agua y encima aguantandote cerca? —preguntó Mizyl levantándose para quedarse sentado—. Porqué me imagino que esa agua no es para decorar tu templo con bellos estanques de peces —aclaró.

—Aparte de ayuda para controlar a las masas, ya que nuestra forma de gobierno  y la de tu antecesor no difieren mucho entre ellas, tengo a unos antiguos guardianes en mis Terrenos —contestó Celeid sonriendo—. Creo que sería más conveniente para ellos estar en tus Terrenos. ¿No opinais lo mismo? —sugirió la Diosa con una mirada tenebrosa.

Mizyl bajó de golpe sus orejas y sus ojos se contrajeron al escuchar exguardianes. Era la primera vez que escuchaba sobre ellos y sabía que rechazar la oferta podría significar no volver a tener noticias suyas. No obstante, no podía dejarse llevar por sus sentimientos, movió la cabeza para despejarse y volver a la conversación.

—Aun no me has dicho para qué quieres usar mi agua —dijo Mizyl seriamente mordisqueandose el labio inferior.

—Es para el asunto de Thylos. Creo haber encontrado una forma de retenerlo, pero para ello necesito tu agua mágica —explicó la Diosa—. Espero que como Dios Mayor estéis al corriente sobre esta criatura —comentó con más confianza a medida que la conversación avanzaba.

—Sí, soy consciente de ello. Igualmente, ¿me estas diciendo que has encontrado la forma de retener semejante criatura con la ayuda de mi agua? Según tengo entendido su barrera es impenetrable y por si no fuera suficiente es inmortal. ¿Como piensas retener algo así? —preguntó extrañado por esa propuesta.

—Básicamente tengo una teoría sobre cómo abrir una brecha en esa barrera. Sus llamas parecen poseer una extraña mezcla de afinidades. La primera de ellas sería del fuego, y la segunda se acerca más al desorden, muy similar a la que poseería un ser del Caos —explicó Celeid acercándose hacia Mizyl y colocandose la manos en las caderas.

—¿Y se supone que quieres romper la barrera con la mezcla de nuestros poderes?  —Mizyl movió atrás la cabeza cuando vio a Celeid acercarse a él—. Suena interesante —comentó Mizyl moviendo la cabeza hacia delante viendo que Celeid se detuvo.

—Aunque no podamos matar la criatura, tenerla retenida evitaría que esas catástrofes se extendiesen al resto de los Terrenos —declaró Celeid expandiendo sus alas.

—Entiendo tus propósitos, tampoco estoy de acuerdo con las masacres que supuestamente ha cometido —comentó arañando con su zarpa el trono donde estaba sentado—. Pero aun sabiendo que tener la criatura retenida sería una gran forma de evitar más desastres, nada me asegura que tu disparatado método funcionará.  Por lo tanto mi respuesta no será inmediata. Deberás esperar. Cuando lo tenga decidido enviaré unos de mis esbirros a tus terrenos con la respuesta —explicó Mizyl con un tono más flojo y desanimado al que tenía normalmente.

—Comprendo, entonces esperaré su respuesta Dios del Agua. Agradezco su atención —dijo agachando la cabeza.

Una vez finalizada la conversación, los sacerdotes abrieron las puertas para que Celeid se marchase. Pero antes de que las puertas cerrasen completamente, Celeid pronunció sus palabras de despedida.

—Veo que nuestros papeles se han cambiado, mi pequeño e inexperto Dios.

Los sacerdotes se alteraron al escuchar las palabras de la Diosa. Fueron a quejarse enojados a Mizyl por la propuesta de la Diosa, pero en ese momento se dieron cuenta de que Mizyl tenía la cabeza baja, apretaba sus dientes con fuerza e intentaba con un esfuerzo inútil contener las lágrimas. Por primera vez los sacerdotes vieron llorar a su Dios.

—¡Mierda! —Pegó un golpe fuerte con su zarpa al trono—. Maldito antecesor. ¿Ahora como podre arreglar esto? —se quejó entre lágrimas mientras bajaba la cabeza.

—Mi Dios…. —dijo una sacerdotisa apenada por su dios.

—¡Mi señor Mizyl! Este no es momento de bajar la cabeza, le necesitamos con todas sus energías —exclamó un sacerdote.

Mizyl levantó la cabeza y miró al sacerdote. Sus lágrimas no cesaban, su furia aún no estaba calmada y le costaba pensar en que debía de hacer.

—Reunámonos en media hora en la sala del consejo —ordenó Mizyl tras estar unos minutos callado.

Mizyl bajo de su trono y salió de la sala. Los sacerdotes, impotentes al ver que no sabían cómo levantar el ánimo de su Dios, no se atrevieron a decirle nada. Así que decidieron prepararse para la reunión que les esperaba hasta que el Dios volviese.

Esos treinta minutos pasaron lentamente, en especial para los sacerdotes, quienes estaban preocupados por el estado de su Dios. A pesar de eso, sabían que si continuaban de aquella forma no lograrían nada por lo que aprovecharon ese tiempo para analizar con calma la situación que se les planteaba y las posibilidades que tenían a su alcance. Mizyl se dirigió al lago central del continente. Era como una cuna para él, siendo su lugar de nacimiento y la zona donde podía sentirse más en armonía con su elemento. Aun siendo consciente de que no llegaría a tiempo a la reunión, prefirió tomarse ese tiempo para reposar y calmarse en su hogar.

Una vez traspasó el bosque que había entre el templo y el lago, se acercó a la orilla de este. Ya era de noche y la luz de la luna iluminaba el bello lago central. Pequeñas criaturas iluminaban los árboles de alrededor mientras que algunas luciérnagas sobrevolaban el lago. La suave brisa movía tanto las hojas de los árboles como el agua. Era extraño como ese paisaje que parecía prácticamente solitario transmitiese tanta vida. Era la magia del del agua, el elemento de la vida.

Mizyl observaba el lago admirando su belleza mientras su cuerpo se movía solo hacia él. Cuando su zarpa tocó el agua, esta no se hundió, Mizyl flotaba en ella y siguió caminando hasta situarse en el medio.

En ese momento cerró los ojos, su pelaje empezó a brillar y su cuerpo empezó a tornarse agua. Fue cuestión de segundos para que todo el cuerpo de Mizyl pasase a ser agua y se volviese uno con el lago. Todas las luciérnagas que lo sobrevolaban reaccionaron ante la transformación de Mizyl apartándose a un lado, iluminando los laterales con sus luces.

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Pasaron unos minutos hasta que el agua se volvió a alzarse y lentamente se unió tomando de nuevo la forma de Mizyl.. Una vez finalizó, Mizyl se movió hasta la orilla del lago, donde se sacudió las gotas de agua que tenía por el pelaje. En ese momento miró hacia el bosque que tenía enfrente.

—No hace falta que te escondas más, te sentí llegar —comentó Mizyl sentandose dirigiendo seriamente la mirada hacia el lago.

De los arbustos que tenía detrás saltó una criatura que corrió hacia el Dios hasta morderle la cornamenta.

—Kitsune, ¿qué haces a estas horas merodeando lejos de tus compañeros? —preguntó mientras se quitaba de encima a la pequeña.

—Solo estaba dando una vuelta —contestó mientras se sentaba a su lado.

—¿Tus padres lo saben?  —preguntó Mizyl con una mirmirada indagadora.

—Claro que no lo saben, y no lo van a saber. ¿Verdad? —preguntó devolviéndole la mirada.

Mizyl sonrió forzosamente ante su respuesta mientras ella sacaba la lengua acompañando ese gesto con una sonrisa.

—¿Y tu Mizyl? He oído que había venido la Diosa Celeid y no te he visto con buena cara —comentó preocupada.

Mizyl se quedó pensativo, parecía que otra vez no fuese a responder, pero Kitsune viendo su expresión se movió delante de Mizyl y lo empujó con sus patas delanteras.

—¡Ehhh!, Mizyl, dime algo, no te quedes callado —exclamó Kitsune sacudiendolo de un lado a otro.

—Kitsune, aunque me gustaría poder estar tan animado como tu. Ahora mismo no estoy de humor —dijo Mizyl mirando hacia un lado mientras la apartaba con su zarpa.

—¿Es por culpa de lo  que te ha dicho la Diosa esa? No tienes que hacer caso a lo que diga esa creida —se quejo situándose frente el morro de Mizyl.

—Es un asunto serio, no puedo ignorar sus palabras —comentó Mizyl volviendo a apartar la mirada.

Kistune, harta de que Mizyl no le prestase atención decidió moverle la cabeza con su zarpa para que la mirase a los ojos.

—Si no me comentas de que se trata no seré capaz de entenderte —dijo Kitsu mirando fijamente los ojos de Mizyl—. Aunque sea una cría algo podrás compartir conmigo. No diré nada al Dios del Caos —refunfuño Kitsu retirando la zarpa de la cara de Mizyl. En ese momento la llama salió de detrás de ella—.Y esta tampoco dirá nada. —Apartó la llama con la zarpa.

—Podríamos decir que tengo un problema que resolver y no estoy seguro de si tomare la decision correcta —comentó Mizyl suspirando preocupado mientras se ponía la zarpa sobre la marca del pecho.

—Yo confío en tí, y sé que tomarás la correcta — le dijo Kitsune situándose delante de Mizyl.

—¿De verdad crees eso? —le preguntó mirando al cielo.

Kitsune golpeó el suelo con sus patas delanteras al mismo tiempo que su llama empezó a brillar llamando la atención de Mizyl y ahuyentando a las luciérnagas del lago.

—¡Eres el Dios del Agua! —exclamó Kitsune retrocediendo hacia el lago metiendo su cola dentro del agua—. Fuiste elegido por este elemento —dijó mientras sacó la cola de golpe del agua salpicando a Mizyl —¡Tu y nadie más! El mismo agua confia en ti. Y no solo el elemento. ¡Todos confiamos en tí!

Mizyl se quedó asombrado por las palabras de la cría. Miraba como esos grandes ojos le observaban fijamente.

—Pequeña, si eres capaz pronunciar estas palabras ante mí en el momento idóneo, se que de mayor te convertirás en una líder increíble. —Mizyl la halagó  mientras se levantaba.

—Y tú en un Dios increíble —respondió Kitsu ante los halagos de Mizyl, mientras la llama se movía hacia el bosque—. Bueno Mizyl tengo que irme, ya me he entretenido demasiado —comentó dirigiéndose hacia el bosque—. Hasta otra, espero que la próxima vez que nos veamos estés más animado —dijo Kitsu mientras entraba en el bosque.

—Yo tambien lo espero… —le respondió Mizyl—. Gracias —susurró con una voz tenue.

—Menos agradecer y mas mover el culo —gritó Kitsune desde dentro del bosque.

Mizyl rió ligeramente al escuchar a Kitsune y también empezó a adentrarse entre árboles. Fue corriendo hasta su templo, volviendo a traspasar el bosque que hay entre su templo y el lago central. Al ser de noche el camino fue más tranquilo de lo habitual, aun así podía sentir a las criaturas nocturnas que vagaban entre los árboles. Una vez llegó al templo, entró de golpe y fue directamente a la sala del consejo donde le estaban esperando todos.

—Llegáis tarde mi Dios —le recriminó el sacerdote más joven.

—¿Donde estabais mi Señor? —preguntó una sacerdotisa de hermosos cabellos largos y rubios—. Os busque por todo el templo y no os encontré.

—Fui al lago central para relajarme y reflexionar sobre el tratado —respondió Mizyl sentándose en su silla.

—Mi señor, tened en cuenta que ahora que no contamos con un sumo sacerdote, vuestra presencia es más necesaria —se quejo el anterior sacerdote levantándose de golpe de su silla .

—No hace falta ponerse así —dijo una sacerdotisa joven que destacaba por unos hermosos ojos verdes en agitando las manos para que se calmase—. Lo importante ahora es si os encontráis mejor, mi Dios —preguntó mirando a Mizyl.

—No puedo decir que este bien, pero al menos ahora creo que podré mantener la cabeza fría —respondió Mizyl apoyando las patas delanteras sobre la mesa. Miró a su alrededor—. Viendo que ya estamos todos, puede dar comienzo la reunión sobre el tratado que me ha propuesto Celeid —declaró Mizyl iluminando su pelaje para que la fuente del centro de la mesa empezase a expulsar agua.

La sacerdotisa que se encontraba sentada más cerca de Mizyl se levantó.

—Al ocaso Celeid, Diosa de la Bendición y vasalla del Orden, visitó nuestro templo para proponernos un tratado. En este se especifica que Celeid vendrá a vivir a estos terrenos, junto a unos pocos sacerdotes, y le tendremos que otorgar agua mágica. A cambio, ella nos ofrece su ayuda para calmar a las masas y nos traerá con ella al resto de los exguardianes, de los que hasta ahora no habíamos recibido noticias —explicó mirando con sus hermosos ojos los anotaciones que tenía en las manos.

Al acabar su explicación, la sacerdotisa se sentó. Tras eso, Mizyl miró a los demás sacerdotes.

—Ahora que todos somos conscientes de la situación, se abre el debate para decidir qué decisión tomar —declaró Mizyl colocando sus patas delanteras otra vez en la silla y cerrando los ojos.

El sacerdote más joven se levantó de su silla para poder hablar.

—En mi opinión deberíamos declinar esa oferta. Tener una Diosa de otra facción en nuestros terrenos es demasiado peligroso, podría ser una trampa. Además, desconocemos si realmente tienes a nuestros exguardianes en sus Terrenos —comentó sentándose de nuevo una vez acabó lo que tenía que decir.

—Aunque estoy de acuerdo con lo que has dicho sobre los exguardianes, veo que quien realmente se mete en un peligro es Celeid. Estaría rodeada de enemigos, si intentase hacer algo contra nosotros sería prácticamente una muerte segura —rebatió la sacerdotisa rubia que se levantó en el momento en el que el otro sacerdote se sentó.

—Claro, ¿y por qué motivo Celeid se arriesgaría tanto? Seguro que estará aprovechando que nuestro Dios es inexperto para tenderle una trampa —refutó enfadado el sacerdote desde su silla.

Los demás sacerdotes se quedaron pensativos intentando averiguar que motivó llevaría a Celeid correr tal riesgo.

—Thylos —hizo una breve pausa—. Esa es la respuesta que estáis buscando —respondió Mizyl abriendo los ojos.

Los sacerdotes callaron repentinamente al escuchar el nombre de la criatura.

—Mi Dios, ¿en serio crees que deberíamos actuar contra Thylos? —preguntó asustada una sacerdotisa—. Mira lo que les ocurre a los Terrenos del Orden, cada cierto periodo de tiempo reciben grandes masacres de esa criatura —comentó preocupada mientras se intentaba cubrir con las manos una marca en forma de luna que tenía en cuello.

Algunos sacerdotes de la sala empezaron a temblar por las palabras de la sacerdotisa.

—No os preocupeis por ello. Si Thylos empieza a atacar otras facciones, todos los Dioses pondrán sus ojos en él. Seguramente no le interesara algo así —dijo Mizyl viendo que sus sacerdotes se habían asustado ante los comentarios de la sacerdotisa.

—Aun así… —se quejó un segundo sacerdote descontento por las palabras de Mizyl agarrando su bastón con fuerza.

—¡No quiero ni un comentario más sobre Thylos! No es de nuestra incumbencia en estos momentos y mucho menos teniendo otro asunto importante entre manos que nos afecta directamente —declaró Mizyl molesto mirando enojado a los sacerdotes por la cobardía que presentaban.

Los sacerdotes tuvieron que asentir disgustados ante las palabras de su Dios.

—Yo creo que deberíamos aceptar la oferta. Sabiendo que Celeid está obsesionada con ese asunto, creo que sería muy probable que viniera con una oferta tan descarada como esa. Sin contar que su presencia impondría cierto miedo a las masas, que es lo que más necesitamos ahora —argumentó de pie la sacerdotisa más cercana a Mizyl.

—Opino lo mismo, el asunto de Thylos lleva marcando los Terrenos durante mucho tiempo —dijo el sacerdote más anciano que se sentaba frente a ella.

—Sigo sin estar de acuerdo, esa idea es una completa locura. Además seguimos sin estar seguros sobre situación de los exguardianes —recriminó enojada la tercera sacerdotisa  cruzando los brazos y dejando visible su marca.

Mizyl estiró sus patas cada uno en dirección a un lado de la mesa para que callasen.

—Mientras escuchaba vuestras opiniones, he pensado una posible respuesta para el tratado de Celeid —dijó Mizyl mirando a todos sus sacerdotes.

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