Capítulo 2: Un Giro Inesperado

Mientras los clanes de zorros luchaban por su supervivencia, en el templo del Agua se iba a discutir sobre las consecuencias de los acontecimientos recientes.

Dicha discusión ocurriría en la sala del consejo del templo, una enorme sala con una mesa ovalada situada en el centro donde se reunirían los sacerdotes. Una hermosa fuente de piedra coronaba el centro de la mesa; y unas grandes columnas se situaban en las esquinas desde las cuales recorría agua hasta un canal, decorado con flores blancas, que rodeaba toda la sala. Era el lugar perfecto para que el consejo del Dios del Agua se reuniera y debatiera sobre los eventos que ocurrían en los Terrenos del Agua.

Los sacerdotes fueron entrando en la sala. La mayoría de ellos vestían unas túnicas sencillas, pero uno destacaba entre ellos, el sumo sacerdote Fanry, con una vestimenta más llamativa y una vara de gran tamaño. Este se posiciono en una punta de la mesa presidiendo el consejo mientras que los demás se sentaron en los lados.

—Señores, ya sabéis por qué estamos reunidos aquí. Necesitamos buscar la solución a la crisis de nuestras tierras.

—Entonces, ¿realmente eran ciertos los rumores sobre el Dios del Agua? —preguntó un sacerdotes.

—Desgraciadamente sí —respondió el sumo sacerdote apoyándose en su vara decorada con adornos azules que relucían como si vieras reflejado el mar en ella

Al escuchar la respuesta los demás sacerdotes empezaron hablar entre ellos sin prestar atención al sumo sacerdote. Al ver que le ignoraban Fanry frunció el ceño y se levantó de la silla. Con un simple gesto con la vara, esta se iluminó, y de la fuente surgió con fuerza un enorme chorro de agua que se elevó hasta casi llegar al techo de la sala, explotando, y dejando caer unas pequeñas gotas sobre la mesa y los sacerdotes. Estos reaccionaron ante el chorro de agua, siendo un momento perfecto para que el sumo sacerdote alzase la voz.

—Señores, ¡Silencio por favor! —exclamó el sacerdote principal.

Los allí reunidos callaron ante la voz de su superior. Aunque el mismo Fanry se mantenía sereno a todos los demás se les notaba algo alterados, a algunos de ellos incluso les temblaba la voz a la hora de hablar sobre su Señor o los guardianes. Inquietos por la situación, miraban preocupados al sumo sacerdote esperando que él supiera qué hacer.

—Su eminencia ¿Se le ocurre que podemos hacer? —preguntó otro sacerdote.

—Por ahora tendremos que mantener la calma en nuestros Terrenos, manipularemos la información para que no sea tan impactante para nuestros ciudadanos. —explicó el sumo sacerdote.

Uno de ellos se alzó rápidamente y golpeó la mesa con sus manos.

—Pero seguramente los rumores ya se hayan extendido por todo el Terreno. —Reprochó alterado  —Por mucho que la manipulemos la gente ya debe conocer la verdad y si no actuamos rápido podría ser un caos.

Fanry hizo un gesto con la mano para que el sacerdote tomará de nuevo asiento.

—Tranquilo, la gente puede saber qué ocurre por encima, pero nosotros tenemos que convencerles de que la situación está bajo control. De esta forma evitaremos el caos del que tanto teméis —contestó notablemente calmado.

—Eso es solo un arreglo temporal, no servirá para solucionar el problema que tenemos. Tsss, no me puedo creer que estos guardianes fueran tan incompetentes. Después de echar a aquellos ineptos esperaba que la cosa mejorase —criticó otro sacerdote mientras se apoyaba hacia atrás en la silla, cruzando tanto los brazos como las piernas.

—¿No se sabe cómo ocurrió? ¿O quién fue el culpable? —preguntó preocupado otro de los presentes.

—No, desgraciadamente el culpable supo deshacerse de las pruebas que lo pudiesen delatar —le respondió Fanry cerrando los ojos.

—No me puedo creer lo que está pasando. Primero la ineficiencia de los guardianes y ahora un Dios comportándose como nunca se había visto. Esto es un desastre —se quejó el anterior alterado poniéndose las manos en la cabeza.

—¿Y qué piensa hacer con este Dios? —preguntó enfurruñado el sacerdote que estaba apoyado atrás en la silla.

—Con este Dios poco podemos hacer, no creo que tenga remedio… —respondió enojado Fanry —Nos centraremos ahora en nuestros ciudadanos y en que esta situación no provoque la perdición de los Terrenos del Agua. Sobre el Dios ya lo hablaremos en otra reunión. —Dio un golpe con la vara al suelo, provocando que la fuente antes activa se detuviera—. Doy por terminada la reunión, centraos en modificar la información que llegue a los pueblos. Mañana a la misma hora dará paso a la siguiente reunión del consejo del tempo principal del Agua —declaró al consejo.

Todos los sacerdotes se levantaron al unísono y se fueron de la sala con la mirada inquieta y sudorosos por sus propios nervios. A algunos de ellos no parecía convencerles la decisión de Fanry y decidieron juntarse con la esperanza de poder encontrar alguna solución sin tener que depender del sumo sacerdote.

       *****

En unas colinas dentro de las Tierras de Nadie los zorros decidieron parar para poder pasar la noche. Las crías estaban cansadas después de un duro dia. El viaje había sido agotador. La presencia de terribles criaturas por los alrededores empeoro la situación de los zorros, obligándoles a moverse de sus posibles madrigueras. El líder visitó a la manada para ir comprobando cómo estaban, mientras que Kitsu miraba como estaban las crías imitando a su padre. A muchos zorros les hizo gracia ver a la pequeña Kitsu visitando a las crías de la manada preguntando cómo les fue el viaje, si necesitaban algo o cómo estaban sus padres y cómo se comportaba la llama. Estos momentos de tranquilidad eran indispensables para que no decayera la moral de la manada.

Una vez acabó de atender a todos los zorros tanto el líder como Kitsu se reunieron junto a la esposa del líder.

—¿Alguna novedad de la que informar mi joven caballero Kitsu? —preguntó el líder sentándose delante de su hija.

Kitsune se sentó enfrente suyo, alzó su mirada y su pecho al mismo tiempo y se quedó todo lo quieta que le permitiese su cuerpo para demostrar su firmeza.

—No, mi señor todo correcto. Las crías aguantan el ritmo y las llamas las tengo bajo control, en especial a esta —comentó Kitsu acercando su cara a la llama y mirándola inquisitivamente.

—Muy bien Kitsune, si sigues así serás una estupenda líder —dijo felicitando a la pequeña.

Kitsune no podía contener la alegría, su cola se movía de un lado para otro y se le iluminaron los ojos. Fue en ese momento que se levantó y saltó encima de su padre. Mientras tanto, su madre  fue detrás de una roca y cogió con las fauces un hueso que tenía unos pocos trozos de carne pegados a él.

—Kitsune, mira, como compensación por un gran trabajo —le dijo su madre.

Kitsune al ver ese hueso dejó de lado a su padre y saltó a por él. Su madre lo soltó al ver que Kitsu lo agarraba con la boca. Una vez obtuvo el hueso la pequeña se apartó a un lado a mordisquearlo y comerse esos trocitos de carne. Su madre aprovechó ese momento para echarse encima de Kitsu y darle su baño diario.

—Ohhh, nooo, mamá, eso es trampa —se quejó viendo que no podía escaparse.

—Mi pequeña, sabes que te vas a dar el baño si o si, deberías alegrarte que al menos tienes algo con que entretenerte —aclaró su madre mientras le lamia la cabeza.

Aunque Kitsu tenía ese sabroso hueso en su boca, su cara mostraba algo contrario a la felicidad. Estaba estirada apoyando su cabeza en el suelo esperando a que su tortura acabase..

—Me pregunto por qué estas cosas no se pueden oler u oír. Así estaría alerta de que no me pillasen —siguió quejándose Kitsu.

—Lo siento cariño, pero esto es lo que hay. Agradezco que no sea así, entonces daros un baño sería una persecución diaria —comentó el líder mientras se estiraba en la hierba.

En ese momento levantó sus orejas y miró hacia un lado, escuchaba que alguien venía. Pero al reconocer un olor de uno de sus compañeros, se levantó plácidamente y espero a que llegase el zorro.

El zorro llegó totalmente agotado, jadeando y sudando como si hubiera recorrido un desierto entero. Cuando llegó delante del líder le saludo como pudo y se sentó de golpe. En cuanto recuperó el aliento, el padre de Kitsu le pidió que le acompañase hasta un pequeño lago, no muy lejos de donde se encontraba la manada, para que pudiera beber un poco de agua y relajarse.

Una vez llegaron allí, el zorro se puso a beber agua y se tumbó cerca del lago para que pudiera beber cuando lo necesitase. El zorro líder se paseó por la zona con las orejas y la nariz bien atentas para asegurarse que no hubiera nadie cerca. Cuando acabó de reconocer el terreno, el zorro líder, volvió junto al otro zorro para conversar de lo que le había pasado.

—Viendo como has vuelto creo que tienes algo interesante que decirme, ¿me equivoco? —preguntó el líder a su compañero.

—Sí, mi líder. Los Terrenos del Agua están pasando por muchos problemas —comentó jadeando aún por el cansancio.

—Tss ¿mas problemas con esos nuevos guardianes?, sino fuera porqué le tengo aprecio a la zona en la que me crié me estaría riendo de su patética situación —comentó enojado el líder.

—Mi líder, no se por qué seguimos investigando la zona, nos abandonaron, deberían sufrir las consecuencias ahora por estúpidos —le recriminó su espía.

Al escuchar las críticas de su compañero el líder se sentó, bajo la cabeza y cerró con fuerza los ojos. Por mucha ira que sintiera hacia Dios y su consejo de aduladores, no podía rechazar su tierra natal, aún tenía amigos y compañeros viviendo allí. Estuvo un instante con los ojos cerrados pensando en todo el embrollo que se había formado en su cabeza. No obstante sabía que ese no era el momento de quedarse callado y pensativo, así que abrió los ojos y se dirigió a su compañero.

—Entonces ¿me puedes explicar, qué problemas tienen ahora? —preguntó algo

irritado.

El zorro espía miró al suelo, su rostro había cambiado, mostraba su preocupación en la cara.

—Los guardianes han metido la pata hasta el fondo… —respondió con una voz más débil.

El líder, al percatarse del cambio de actitud de su compañero, lo miró extrañado.

—¿Qué hay de raro en eso? Desde que nos sustituyeron parece que no han dado mucho la talla —insinuó el líder.

—No, mi líder esta vez sí que es algo grave —dijo mirando fijamente al padre de Kitsu, con un tono serio.

El líder viendo la seriedad en el rostro de su compañero decidió que no era apropiado seguir bromeando y empezó a tomarse en serio las palabras de su espía.

—¿Cuéntame, qué ha ocurrido? —preguntó con un tono serio.

—El Dios del Agua… ha muerto… —respondió el zorro.

El líder se quedó atónito al oír la respuesta, sus pupilas se contrajeron, le salían gotas de sudor frío por el cuerpo y se quedó petrificado después de semejante noticia. Tardó unos minutos en poder asimilar la noticia y responderle a su compañero.

—¿Estás seguro? ¿la fuente era fiable? —preguntó alterado el líder.

—Sí, me asegure personalmente de informarme de varias fuentes de confianza. —respondió.

El líder se levantó y empezó a dar vueltas por la zona donde se encontraban.

—¿Se sabe quién lo hizo? ¿o cómo ocurrió? —Siguió preguntando el líder.

—No. Sea quien sea, sabía lo que se hacía —contestó preocupado.

El líder empezó a refunfuñar sobre lo patéticos que eran esos nuevos guardianes. Pero su acción se vio interrumpida por su compañero.

—Pero… esto… no es lo único… —dijo entrecortandose.

—¿Cómo que esto no es lo único? ¿Realmente crees que se puede resaltar algo más después de lo que me has contado? —cuestionó el líder.

—Sí, mi líder, incluso te puedo asegurar que esto es aún más grave que lo anterior

El líder se detuvo de dar vueltas y se acercó a su compañero.

—¿Qué puede haber peor que los que me has contado? —preguntó asustado.

El otro zorro bajó las orejas y mostró cierta inquietud en su rostro.

—Se que costara de creer… pero nació ya el nuevo Dios del Agua…

—Pero si eso es una espléndida noticia —declaró con alegría, interrumpiendo a su compañero.

—No, permíteme acabar por favor. El nuevo Dios del Agua… ha…ha…. abandonado sus propios terrenos, dicen que se ha negado a gobernar con unos ideales tan anticuados y esclavizantes. Y lo peor de todo, el consejo ha tomado el control del lugar —expresó tristemente cerrando los ojos con fuerza y miedo por cómo podría reaccionar su líder.

Pero no le escuchó quejarse. El otro zorro al abrir los ojos vio a su líder temblando por la situación. Los dos estaban asustados de que podía ocurrir con su antiguo hogar. Parecía que ninguno de los dos fuese a hablar. Estaban absortos por los pensamientos provocados por la noticia, pero aun asi tampoco les apetecía, ni sabían que comentar en aquella situación.

—¿Contaremos algo a la manada? —preguntó el zorro espía.

—Aún no lo tengo decidido, necesito tiempo para pensarlo. Mientras tanto sigue investigando, si ves que ocurre algo que haga peligrar los Terrenos me avisas de inmediato

—A sus ordenes mi líder —respondió con fuerza el zorro.

Tras decir eso se levantó y se fue corriendo en dirección a los Terrenos del Agua, en cambio el líder volvió con la manada.

Al volver se encontró con su cría con la cara apoyada en el suelo, algunos pelos de punta a causa del baño, las orejas totalmente bajadas y las dos patas estiradas. Mientras tanto su madre estaba encima, tumbada alegremente. Habían acabado ya de bañarla, pero su madre había decidido pasar un rato con ella. En ese momento, Hikye se acercó donde estaban ambas.

—Pero bueno mira que cosita tan hermosa hay aquí. ¿Como te ha ido el baño pequeña? —comentó Hikye burlándose de Kitsu.

Kitsu en ese momento levantó la cabeza con cara de asco y miró con desagrado a Hikye.

—Déjame en paz, y vete a meterte con otro zorro —contestó malhumorada.

—Pero, ¿por qué estás tan enfadada? Si estás hermosa —opinó Hikye mientras le acariciaba la cabeza con sus patas.

Kitsu se percató de que su padre estaba cerca gracias a su sentido del olfato.

—Padre, por favor matame. Estoy sufriendo —suplicó Kitsu mientras estiraba su pata hacia su padre.

—Lo siento hija, no tengo ganas de jugar ahora, tengo que ocuparme de ciertas cosas —contestó el padre de Kitsu desanimado.

El líder siguió su camino con la cabeza baja. Su esposa, al ver su cara, sintió que algo pasaba así que decidió seguirle. Como su madre se levantó de encima de Kitsu, ella se pudo mover del sitio. Y viendo que su madre corría detrás de su padre decidió también seguirles, pero fue parada por Hikye.

—Ehhh ¿a dónde te crees que vas? —preguntó Hikye interponiéndose delante de Kitsu.

—Con mis padres, pero cierto saco de carne se está metiendo en medio —expresó Kitsu enfadada a Hikye.

Kitsu se movió hacia un lado pero Hikye era más rápido que ella, así que no pudo esquivarle para seguir a sus padres.

—Ya empezamos… —se quejó Kitsu.

—Venga, para que no estés todo el día quejándote, vamos a jugar a algo —dijo Hikye.

Kitsu se quedó mirándolo esperando a que comentase de que iba el juego.

—Mira, hace un buen rato he escondido un pequeño tesorito. Tiene que ver… —se quedo un rato pensativo —espera que me acuerde… Ahh, siii. Con las sobras de la carne de ayer que tanto te gustaba. Si eres capaz de encontrarla te la podrás quedar. ¿Qué te parece la idea? —explicó Hikye guiñandole el ojo.

A Kitsu se le iluminaron los ojos, se puso nerviosa al escuchar la palabra tesoro y más aún cuando dijo carne. Estaba inquieta, su cola mostraba la felicidad de la noticia y no tardó ni un segundo en pasearse por todo el lugar con la nariz pegada en el suelo. Incluso estaba atenta con las orejas inclinadas hacia el suelo esperando a ver si la escuchaba.

«Crios, que fácil es engañarlos» pensó Hikye con una gran sonrisa «Ya miraré de encontrar algún trozo de carne cualquiera y esconderselo cuando no me mire, ni pueda olerlo».

Lejos de la manada, la madre de Kitsu consiguió alcanzar al líder.

—Cariño, te veo con mala cara, ¿ocurre algo? —le preguntó a su marido.

El líder se detuvo cuando su esposa se puso delante suyo. No obstante no se veía con fuerzas para mirarla a la cara.

—Nuestro espía ha venido con unas noticias espantosas —respondió el líder con la cabeza baja.

—Ya me imagine que sería por las noticias que traía, pero ¿de qué se trata exactamente? —dijo su esposa alzando la cara con su zarpa para que le mirase a los ojos.

El líder al mirar a los ojos de su esposa no pudo contener su llanto.

—Es muy difícil tanto de explicar como de creer. Así que debes mentalizarte un poco de ello —remarcó el líder.

—No te preocupes cariño, si eres capaz de soltar una lagrima por ello se que no es una tontería.

El líder respiro profundamente y recogió las pocas fuerzas que tenía para explicarle a la esposa lo que estaba ocurriendo.

—El Dios del Agua ha muerto, no se sabe quien és el culpable. Lo peor de todo es que el nuevo Dios rechazó el gobierno y ahora quien tiene el control es el Consejo del Templo del Agua —le explicó rápidamente a causa de lo alterado que estaba.

—¿Me estas diciendo que ese hatajo de sacerdotes egocéntricos e incompetentes va a gobernar los terrenos del Agua? —exclamó su esposa furiosa.

El líder bajó las orejas ante la voz de su esposa.

—Querida, se que es una escandalosa noticia, pero opino que  debería preocupar más el tema del nuevo Dios del Agua —dijo el líder retrocediendo al ver la reacción de su esposa.

Al escuchar las palabras del líder, su esposa se dio un tiempo para pensar mejor la situación y no dejarse llevar por la rabia que tenía dentro.

—Tienes razón, este comportamiento nunca se había visto antes en otro Dios —comentó su esposa.

—Los Terrenos del Agua me tienen muy preocupado, ahora que no tienen Dios podrían ir otras criaturas a intentar invadirlos. Realmente no sé en qué está pensando este Dios —criticó el líder pudiéndose acercar otra vez a su esposa.

—Ahora que lo dices, no había pensado en ello. —Se quedó un rato pensativa—. Tsss… Aun hay gente que aprecio allí, y aunque tenga mis contras con los sacerdotes espero que el estado de los Terrenos del Agua y sus ciudadanos no decaiga, y más sabiendo quien los está gobernando —dijo apretando los dientes al hablar sobre quién gobernaba.

—Se que puede sonar egoísta, pero no puedo dejar de pensar en nuestro antiguo hogar. Tengo demasiado miedo de lo que le pueda pasar —comentó el líder algo cortado.

—Estas insinuando que quieres ir a ayudarles, ¿me equivoco? —preguntó su esposa sospechando de sus palabras.

—Se nota que hemos pasado mucho tiempo juntos —mencionó el líder desviando la mirada.

—Mi vida, sabes que te conozco muy bien. Una indirecta tan a la vista no se me iba a escapar —afirmó su esposa con una cálida sonrisa—. De todas formas, creo que deberías comentarselo a toda la manada si piensas en serio en ayudarles.

—Lo se, pero quiero buscar las palabras adecuadas, no puedo decirlo de cualquier manera. Y más sabiendo que muchos de ellos aún siguen tocados por lo ocurrido.

—Entiendo, tomate tu tiempo. Sabes que yo siempre estoy aquí para apoyarte y ayudarte en lo que pueda  —dijo su esposa cálidamente. En ese momento se acercó y le lamió la cara.

El líder y su esposa se fueron hacia donde se encontraba la manada. En el momento en que llegaron Hikye fue a hasta ellos para ver qué ocurría. Kitsu no tardó en aparecer detrás suyo con el supuesto trozo de carne del que le habló antes. Hikye se quedó alucinando ya que no dejó ningún trozo de carne. Pero viendo que no podía atenderla ahora le felicitó y la mandó a que se fuera a comérselo a otro lado.

—¿Ocurre algo, mi líder? No tenías buen aspecto antes —preguntó Hikye preocupado.

El líder aún se mostraba algo preocupado y le costaba contar la noticia a los demás, pero su esposa le acarició el cuello con su cabeza y le miró fijamente. El líder respiro profundamente y se dispuso a hablar.

—Sí, Hikye, necesito que reúnas a toda la manada. Hay algo importante que debo contaros. —ordenó el líder a su oficial.

—Ahora mismo, mi líder— respondió Hikye a las órdenes.

Hikye fue corriendo a anunciar a todos los de la manada que se reunieran urgentemente por petición del mismo líder. Cuando los reunió a todos, el padre de Kitsu se subió encima de una roca para que todos los de la manada les pudiesen ver.

—Compañeros, tengo una noticia muy importante que anunciaros. El Dios del Agua ha muerto —se quedó un rato en silencio—. Se desconocen las causas de la muerte y tampoco se sabe quién lo hizo. En el caso de que alguien se le pregunte, ya nació el nuevo Dios del Agua. Pero por causas que desconozco ha decido abandonar sus Terrenos y el mismo gobierno que su antecesor le dejó —respiro profundamente y alzó la voz—.Compañeros, nuestro antiguo hogar está bajo un grave peligro. Los consejeros bastardos que nos echaron están ahora a cargo de los Terrenos. Se que muchos de vosotros aún estáis dolidos por lo ocurrido, pero amigos míos, no podemos abandonar a nuestras amistades y a los mismos habitantes de los Terrenos del Agua a la merced de un gobierno tan deleznable —dijo preocupado —. Pido por favor que alcéis vuestra pata y me ayudeis en la misión de proteger lo que antes era nuestro hogar. Compañeros la decisión es toda vuestra, pero agradecería vuestro apoyo.

Una vez acabado el discurso el líder bajó de la roca. La manada se sobresaltó. Todos los zorros aclamaban a su líder, algunos incluso con lágrimas en los ojos. Sin duda las palabras habían llegado a los corazones de los miembros de la manada, aunque parte de ellos estaban dudosos a causa del dolor que aún sentían.

—Fue un gran discurso, cariño, seguro que después de estas palabras la manada te seguirá —afirmó la esposa con gran alegría.

El líder sonrió y miró hacia la manada.

—Ahora es decisión vuestra seguirme o no. Dentro de una hora partiré hacia los Terrenos del Agua. Los que deseen seguirme que se vayan preparando —comentó el líder en alto.

La manada empezó a prepararse para marcharse, por mucho que tuviesen sus dudas y no les gustaba la idea de reencontrarse con los sacerdotes, echaban de menos sus tierras y no querían dejarlas en manos de esos indeseables. Al cabo de unas horas la manada se acabó de preparar y se dispuso a partir.

Toda la manada le siguió hasta los Terrenos del Agua, viajaron por las praderas de las Tierras de Nadie para dirigirse a unas de las puertas de las fronteras del Terreno del Agua. Su viaje fue bastante duro, tuvieron que evitar varias rutas para no toparse con criaturas peligrosas, e ir descansando para no forzar a las pobres crías. Tardaron más de lo que pensaban, pero gracias a sus sentidos y su paciencia no tuvieron problemas para poder llegar otra vez a su antiguo hogar sanos y salvos.

Una vez llegaron cerca de las puertas de los Terrenos del Agua, se dirigieron hacia uno de los sacerdotes que guardaba la entrada. Mientras que la esposa se encargó del resto de la manada, Hikye y el líder se acercaron a las puertas para evitar malentendidos.

—¿Qué se supone que haceis aqui?, ¿no os acordáis que el Dios os ha desterrado? —les recriminó el sacerdote de la entrada.

—¿Qué Dios?, ¿el que nuestros sustitutos dejaron que muriese? —insinuó con tono sarcástico Hikye.

—No es culpa nuestra que los guardianes fueran tan deficientes —contestó enfadado el sacerdote.

El líder interpuso la pata entre el sacerdote y Hikye.

—Por favor, cálmense, no estamos aquí para discutir —dijo el líder mientras dirigía la mirada hacia el sacerdote —Somos conscientes de lo que está ocurriendo y queremos ayudar a defender nuestro antiguo hogar ante el ataque de cualquier enemigo.

—Nosotros no necesitamos la ayuda de unos exguardianes que se han vendido al Dios del Caos. Además, ¿quién aceptaría la ayuda de unos seres tan horrendos como en lo que os habéis convertido? —criticó el sacerdote de la puerta mirando asqueado a los dos zorros.

Hikye no pudo contener su rabia. Sus ojos se contrajeron, apretaba con fuerza sus fauces y su pelo se empezó a erizar.

—No creo que sea buena idea sacerdote. Los demás Dioses y las mismas criaturas de los Terrenos de Nadie ya deben conocer la pérdida de vuestro Dios. Sois un blanco muy apetecible —le advirtió el líder.

El sacerdote se dio media vuelta y se acercó hacia la puerta.

—Parece que sois vosotros los que no conocéis nada acerca del tratado de paz temporal entre todos los Terrenos. Está prohibido que un Dios ataque a otro terreno cuando su Dios acaba de morir. No será susceptible otra vez hasta que haya pasado un par de años después de su nacimiento —explicó el sacerdote a los zorros.

El líder avanzó hasta el sacerdote. Mientras que este otro se giró mirando con desprecio al zorro que se le acercaba, como si de un enfermo se tratase.

—Soy consciente de eso, pero… Para empezar que los Dioses hayan pactado no significa que lo vayan a cumplir. Y eso solo afecta a las criaturas que están al servicio de los Dioses, no obstante las criaturas de las Tierras de Nadie no están sujetas a ningún tratado o ley —comentó el líder enfadado por el trato que estaba recibiendo.

Al escuchar esa respuesta, el sacerdote se enfureció más de lo que ya estaba y se situó delante de la puerta, cerca de una especie de campana llena de agua.

—Os doy vuestra última advertencia. ¡Largaos de aquí! No os necesitamos. En caso contrario daré la alarma —amenazó el sacerdote con la mano cerca de la campana.

Los dos zorros retrocedieron viendo las amenazas del sacerdote.

—¡Estas cometiendo un grave error! Los habitantes de la zona podrían pagar por vuestros errores —gritó el líder enojado mientras se daba la vuelta.

El padre de Kitsu hizo una señal a Hikye para que abandonara el lugar junto a él.

—Dejalo, es imposible hacerle entrar en razón —dijo el líder a Hikye mientras se alejaban de allí.

—Lamento mucho lo ocurrido, aunque sabiendo como eran los sacerdotes no era raro que acabase pasando esto —comentó Hikye entristecido.

El líder y Hikye llegaron donde se encontraba la manada. El líder andaba con la cabeza baja mientras que Hikye le miraba apenado. La esposa del líder fue la primera en ir con ellos. Se puso enfrente, mirando preocupada el aspecto de su marido.

—¿Habéis conseguido convencer al sacerdote? —les preguntó la esposa.

—No, como era de esperar, no nos ha querido escuchar —contesto Hikye malhumorado.

—Lo lamento mucho, esos sacerdotes llevarán a la ruina a todos los habitantes —expresó enojada.

El líder levantó en ese momento la cabeza.

—No podemos dejarlos abandonados, debe haber alguna manera de ayudarles.

—No podemos entrar de ninguna forma —comentó Hikye al líder.

—¿Por la fosa? Podríamos intentarlo por allí —preguntó alterado.

—¿Estas loco? Hay crías con nosotros, y la fosa está llena de criaturas peligrosas. Y aunque se diera el caso de que pudiéramos entrar, si nos ven, avisarian a los sacerdotes y a los guardianes —le respondió su esposa—. Cariño, hagamos lo que dice Hikye, por ahora no podemos hacer otra cosa —comentó intentado calmarlo.

El líder volvió a bajar la cabeza de golpe, soltando alguna lágrimas y apretando sus dientes.

—Mierda. Malditos sacerdotes.

Su esposa le acarició la cabeza.

—Déjalo por hoy, ya investigaremos otra forma de solucionarlo. La manada es más importante ahora —le dijo su esposa—. Vamos, los demás están esperando.

Los tres zorros se fueron hacia donde estaba el resto de la manada. Kitsune fue corriendo hacia sus padres, por lo que Hikye se vio obligado a pararla agarrándola por el pellejo del cuello.

La esposa del líder comentó a la manada lo ocurrido con el sacerdote, mientras que Hikye tuvo que soportar las pataletas de Kitsu. El líder estando absorto en sus pensamientos no estuvo activo en todo el dia. Obligando a la esposa a encargarse de la manada y llevarles a un lugar seguro.

Se dirigieron a unas colinas que había cerca de las fronteras de los Terrenos del Agua. Fue un largo camino y cómo estuvieron todo el día caminando acabaron totalmente agotados.  Una vez allí buscaron una cueva donde poder pasar la noche.

Al final del día  la moral empezó a decaer y esta vez no estaba el líder en condiciones de animarles. Lo único que pudieron hacer es irse a dormir esperando que los siguientes días fueran más amenos.

Durante los siguientes días, los zorros se despertaban intentando pensar que ese día iría mejor. El líder seguía intentando convencer a los sacerdotes, pero siempre obtenía el mismo resultado. Esto fue perjudicando su moral, causando que ese malestar se propagase al resto de la manada. Cada día fue peor que el anterior, se notaba la falta de comunicación entre los zorros. Les costaba mantener el ritmo y se cansaban con más facilidad. Sus propios sentidos empezaron a fallarles y más de una vez tuvieron que enfrentarse a criaturas de las Tierras de Nadie.

Todo lo que estaba ocurriendo provocaba que los zorros estuvieran susceptibles, resultando en algún que otro enfrentamiento entre ellos. La esposa del líder intentó actuar en consecuencia, pero a causa de que el líder estaba incapacitado, no consiguieron hacer mucho para que el malestar no aumentase.

Un dia que la manada estaba recorriendo un terreno casi desierto. Uno de los zorros de la manada empezó a murmurar con la cabeza baja.

—¿Estas bien?¿Te ocurre algo? —preguntó el zorro viendo a su compañero en tan mal estado.

El otro zorro al escuchar la pregunta se abalanzó contra él para clavarle las fauces. Por suerte pudo esquivarlo a tiempo. Eso alteró a toda la manada, que se alejo de el zorro agresivo, apartando a las crías para que no sufrieran daños.

—¿Que cómo estoy? Está bastante claro, ¡no soporto mas esta manada de perros sarnosos! —gritó el zorro hacía el resto de la manada.

En el momento que levantó la cabeza para gritarles, se dieron cuenta de que sus ojos brillaban con una tonalidad amarilla más fuerte de la que tenían de normal. La marca de su cabeza brillaba con la misma intensidad. Y tanto la llama que flotaba a su alrededor como la de su cuerpo empezaron a oscurecerse y adquirir una tonalidad violácea.

El líder y su esposa se colocaron en medio del zorro agresivo y su compañero, mientras que el amigo retrocedía impactado por la escena.

—¿Qué es lo que te ocurre? ¿Por qué le atacas? —preguntó el líder observando el terrible cambio que había sufrido el zorro.

El otro zorro parecía no escucharle, solo movía la cabeza de un lado a otro, como si intentase deshacerse de algo. Viendo que no reaccionaba el líder intentó acercarse, pero el zorro volvió a atacar, esta vez con una enorme bola de fuego. El líder fue rápido y contraataco con una llama de fuerza similar.

—¡Morid! ¡Morid! ¡Morid! —exclamó el zorro abalanzándose a por el líder.

Viendo que el zorro le iba a atacar, el líder desplegó sus seis colas y la marca de la frente se le iluminó con un rojo claro, a diferencia de la del zorro agresivo que tenía un brillo oscuro. El zorro que se le abalanzo se quedó colgado en el aire. Viendo que no se podía mover, no tardó en reaccionar y desplegó sus colas consiguiendo deshacerse de lo que le tenía atado en el aire con el mismo poder psíquico. Pero en ese mismo instante, los poderes psíquicos de el líder levantaron un enorme pedrusco que lo golpeó fuertemente dejándolo tirado en el suelo. Aprovechando que el zorro estaba en el suelo, el líder invocó unas llamas que inmovilizaron al zorro en el suelo. La amenaza estaba atada y apenas se podía mover. En ese momento su pelaje se oscureció y de sus ojos brotó sangre como si de lágrimas se tratase.

La imagen era espantosa, pero al menos el zorro estaba inmovilizado. No obstante empezaron a escucharse más gritos entre la manada. Más zorros empezaron a verse afectados. Los líderes intentaban contener a los que iban enloqueciendo, por lo que Hikye aprovechó para apartar a todas las crías de lo que estaba ocurriendo.  Pero Kitsu se separó de los demás a causa de que el zorro que estaba delante suyo se le empezó a oscurecer la llama.

El zorro se giró observando a la pequeña con una mirada sanguinaria. Su padre, al ver eso, se abalanzó contra ese zorro para evitar que dañase a su hija. Kitsune volvía a  sentirse como en la última batalla, pero esta vez solo podía retroceder, no tenía fuerzas para intentar ayudar a su padre.  Solo podía mirar temerosa como se despedazaban los unos a los otros.

Cada vez había más zorros que iban enloqueciendo. Uno de ellos saltó encima del padre  de Kitsu con zarpas rodeadas de llamas. Ocupado con el zorro que tenía debajo, el líder no fue capaz de defenderse de ese ataque. Por suerte, la madre de Kitsu logró golpearle con una bola de fuego para evitar que alcanzase al líder. Pero este acabó delante de Kitsu, asustandola tanto que se cayó al suelo quedándose sentada. Fue en ese momento que a Kitsune, atemorizada, le empezó a doler la cabeza. Y al igual que el resto de zorros enloquecidos, sus ojos y la marca de su frente empezaron a iluminarse.

 —No… No… ¡No quiero! ¡Basta! ¡Sal de mi cabeza! —exclamó Kitsune moviendo la cabeza.

De sus ojos empezaron a brotar lágrimas. Su pelaje se estaba oscureciendo, cada vez escuchaba menos su alrededor. Su consciencia se iba desvaneciendo y su llamas se estaban tornando lilas oscuros. Kitsu bajo la cabeza y cerró los ojos con fuerza esperando que fuese una pesadilla.

—¡Estad tranquilos, no dejaré que el Caos os consuma! —una extraña voz resonó por el campo de batalla.

Unos látigos de agua claros como el cristal surgieron de la tierra. Estos empezaron a agarrar con fuerza a todos los zorros enloquecidos apartándolos de los zorros normales.

Una vez que consiguió inmovilizar a todos los zorros, Kitsu sintió un calor detrás suyo. Una pata que no pertenecía a un zorro la agarro apretandola contra el cuerpo del misterioso animal. Kitsu, levantó la cabeza y estiró la orejas. Fue en ese momento que pudo percibir una voz cálida y tenue con sus oídos.

—No te preocupes pequeña. Cálmate, ya verás como no te pasara nada —susurró la misteriosa criatura a los oídos de Kitsu.

La pequeña hiperventilaba a causa de su estrés. Para intentar calmarla la misteriosa criatura le acariciaba su barriga, pero no solo a ella, los látigos de agua acariciaban también los cuerpos de los zorros alterados. Los zorros que no estaban atados por los látigos se quedaron atónitos al ver la criatura. Al padre de Kitsu le brotaban lágrimas de alegría de sus ojos. Kitsu sentía la curiosidad de saber quien era, pero su cuerpo apenas reaccionaba.

Pasaron unos minutos y los zorros alterados empezaron a relajarse, sus llamas retornaban a su color original. El pelaje se aclaraba, las marcas dejaron de brillar, y de sus ojos ya no salía sangre ni tampoco brillaban. A medida que los zorros iban volviendo a la normalidad estos caían dormidos. Los que seguían conscientes fueron a ayudar a sus compañeros que se estaban desmayando. Kitsune como no se había transformado del todo pudo aguantar despierta, sus sentidos empezaron a aclararse y su cabeza ya no le dolía tanto. Cuando la llama recuperó su tonalidad azulada se movió alrededor de Kitsu alumbrandola con su luz.

—¿Quieres dejar de marearme? —dijo Kitsu moviendo sus patas para apartar la llama.

La misteriosa criatura decidió soltarla, tanto a ella como a los demás zorros. Al ver que la criatura retiraba su pata Kitsune decidió estirarse un poco para ver si así se pasaba su mareo. Tras eso, sus padres no tardaron ni un segundo a ir hacia ella. Aprovechando que Kitsu estaba estirada, la madre decidió tumbarse a su lado para que Kitsu se pudiera apoyar sobre ella, mientras el líder le lamió su cabeza felizmente.

—Me alegro que todo haya salido bien —dijo la criatura misteriosa con una sonrisa.

—Muchísimas gracias, nos has salvado —agradeció el líder con lágrimas en los ojos agachando la cabeza en señal de gratitud.

Kitsu en el momento en que se pudo levantar se quedó sorprendida al ver esa misteriosa criatura.

Era bastante pequeño, más que su padre, pero transmitía una gran sensación de poder. No obstante más que imponer como lo hacían  los zorros, era elegante, hermoso y delicado. Su pelaje mezclaba unas bellas tonalidad de azules y verdes que transmitía una hermosa armonía como si de un bello paisaje de bosque se tratase. Una pequeña cornamenta le daba un toque de fuerza a su viva imagen. Sus ojos aunque fuesen grandes y le dieran un toque infantil, no dejaban de transmitir su madurez. Pero el detalle más importante en su imagen, y que dejó atónitos a todos los zorros, era una marca azulada en su pecho. La Marca de Divinidad, la prueba de que es un Dios Mayor.

—No… no… no puede ser —dijo Kitsu impresionada por la imagen del Dios.

—¿Acaso sois el nuevo Dios del Agua? —preguntó la madre de Kitsu a la misteriosa criatura.

La pequeña criatura sonrió viendo la reacción que habían tenido los zorros.

—Así es, mi nombre es Mizyl y soy el actual Dios del Agua. Es un placer conoceros —comentó Mizyl poniéndose la zarpa en le pecho y agachando la cabeza en señal de reverencia.

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—Somos nosotros los que tenemos el honor de conocerle, mi Señ…. Dios Mizyl —dijo el líder corrigiendose a si mismo.

—Tranquilos, soy consciente de lo ocurrido y opino que la decisión del consejo y de mi antecesor no fue la adecuada —comentó Mizyl con un tono sereno y delicado. —Si aún sentís afecto a los Terrenos del Agua, me gustaría poder arreglar vuestra situación —propuso Mizyl al líder de los zorros.

—Mi Dios Mizyl, nos encantaría poder volver a los Terrenos del Agua, pero hicimos un pacto con el Dios del Caos —respondió arrepentido—. No creo que bajo esta situación  desee tenernos en tus Terrenos —dijo bajando la cabeza con lágrimas en los ojos.

Mizyl en ese momento movió la cabeza de derecha a izquierda, se levantó y puso la zarpa en el pecho del líder.

—Conozco el pacto, y aun así deseo que regreséis a mis Terrenos. Es culpa de la ineficiencia de mi antecessor que vosotros estéis en esta situación. Me gustaria arreglar los errores que cometieron él y su consejo de sacerdotes —comentó Mizyl sonriendo mientras le miraba tiernamente.

El líder abrió los ojos asombrado por la reacción de Mizyl, era tan distinto al antiguo Dios. Mientras que el anterior podía representarse como un ser frío y egoísta, este transmitía calidez y confianza. Pero aún así se seguía sintiendo mal por ese fatídico trato.

—Mizyl, ¿sois consciente de que ahora somos espías del Dios del Caos?

—Sí, pero decidme, si tuvieras que luchar al lado de un Dios, ¿por cual sería, por el Agua o por el Caos? —contestó Mizyl con otra pregunta.

—Está claro que lucharíamos por vos —respondió decidido.

Mizyl afirmó con la cabeza y se movió hacia atrás.

—Eso es todo lo que necesito oír. Al fin y al cabo la información que podáis conseguir le acabaría llegando igualmente, así que tampoco me preocupa mucho —explicó Mizyl mientras se sentaba delante del líder.

—Mi Señor, estamos muy agradecidos. Si realmente deseáis que regresemos, a pesar de nuestras circunstancias, así será —respondió alegremente el líder.

—¿Eso significa que podremos volver a casa? —preguntó Kitsu mientras se le iluminaban los ojos mirando a Mizyl.

—Exacto, pequeña  —contestó Mizyl sonriente.

—Como representante de toda la manada, os juramos fidelidad, mi Señor del Agua —declaró el líder con una reverencia.

—Os lo agradezco… —se quedó un rato pensativo— Disculpa, pero me gustaría  conocer vuestros nombres. Tanta formalidad no va conmigo —dijo Mizyl sacando la lengua y sonrojándose.

—Yo me llamo Kitsu —respondió pegando botes.

—Ohh, encantado pequeña. Me alegro que estés mejor —dijo Mizyl acariciando la cabeza de Kitsune.

—¡Kitsune! Cálmate por favor —comentó la madre a Kitsu.

—Ohhhhh —refunfuñó Kitsune con los mofletes hinchados.

—Mi nombre es Umia y soy la madre de Kitsune. Siento que mi pequeña sea tan revoltosa —se disculpó la madre de la pequeña.

—Mi nombre es Ryugan y como portador del mayor número de colas fui escogido junto a mi mujer como actuales líderes de los zorros —Al acabar la frase Kitsune empezó acariciar la pata con su cabeza —Y como me iba a olvidar de decir que soy el padre de esta preciosidad —comentó felizmente acariciando a Kitsu con la cabeza.

—Umia, Ryugan, encantado de conocerlos. Ahora que se los nombres es más cómodo para mí poder hablaros —Mizyl cerró los ojos, suspiró y los volvió a abrir —Entonces ¿nos ponemos en camino? —preguntó con una sonrisa—. Hay mucho que hacer.

—Mi Dios, hay compañeros aún inconscientes. Deberíamos esperar a que se despierten —dijo Ryugan mirando atrás, preocupado por sus compañeros.

—¡Es verdad! Siento este despiste. Estoy demasiado distraído con mis cosas. —Se sonrojo un poco—. Por supuesto que esperaremos —respondió sintiéndose mal por no haber recordado la situación en la que estaban.

Las horas pasaron y Mizyl se quedó  jugando con Kitsune mientras el líder esperaba a que se recuperasen todos. Una vez que todos despertaron Ryugan fue a comentarselo a Mizyl.

—He estado dando una vuelta para ver el estado de toda la manada, y ahora, mi señor, estamos en condiciones de movernos. Todo el mundo está ansioso por volver a casa.

—Muy bien, no hay tiempo que perder. Tengo que decirles un par de cosillas amistosas a esos sacerdotes —dijo Mizyl mientras sonreía sarcásticamente.

La manada se empezó a mover hacia los Terrenos del Agua, en cabeza estaban Mizyl con Kitsune. Daba la impresión que se llevaban muy bien, iban contandose historias sobre el continente. Fue un gran descanso para Hikye, que para variar no tuvo que hacer de canguro. A estos les seguían de cerca Umia y Ryugan que observaban con una sonrisa como los otros dos charlaban tranquilamente. Y por último Hikye y los otros cabecillas dirigiendo al resto de la manada.

Atravesaron las llanuras de los Terrenos de Nadie en dirección a una de las puertas de los Terrenos del Agua. El viaje fue demasiado tranquilo y aunque eligieran un camino recto y sin dar ningún tipo de rodeo no parecía que les fuese atacar ningún tipo de criatura. Los zorros estaban algo inquietos ya que les parecía demasiado extraña esa tranquilidad, en cambio tanto a Mizyl como a Kitsune parecía darles igual.

—Ehhh, Mizyl has visto a mi llama ¿no?— preguntó mirando a su llama.

—Sí, me había fijado en ella. En mis documentos no vi nada de que portaseis semejante llama —respondió Mizyl—. Aunque después de la píldora, creo que no me debería extrañar —comentó mirando como la llama seguía a Kitsu.

—Pues si. Esta llama salió después de la píldora. Pero ¿sabes qué? —dijo Kitsu con una gran sonrisa.

—¿Qué? ¿Qué? —preguntó intrigado.

—Esta llama hace cosas muy chulas —respondió la cría orgullosa.

—¿Y qué cosas chulas hace esa llama? —seguía preguntado intrigado Mizyl mientras se acercaba poco a poco a Kitsu.

Kitsune miraba a su alrededor buscando una roca de considerable tamaño.

—¿Ves esa roca? —preguntó Kitsu señalando con la cabeza.

—Sí, menudo pedrusco —comentó mirando la roca que le señalaba.

—Pues ahora verás —dijo sonriendo mientras miraba la roca.

Kitsu respiro hondo, y lanzó hacia la roca una pequeña bola de fuego, que como mucho hubiese dejado una pequeña marca en ella. Pero la llama reaccionó a su ataque y lanzó otra pequeña bola de fuego hacia la de Kitsune. Las dos bolas de fuego se fusionaron aumentando su tamaño considerablemente y cuando golpearon la roca, esta quedó completamente destruida. Kitsune miraba a Mizyl orgullosa, en cambio tanto Mizyl como sus padres se quedaron de piedra ante ese espectáculo.

 —No… no… me lo puedo creer —dijo Mizyl mientras tartamudeaba al quedarse apenas sin habla—. Oye Kitsune ¿dónde dices que conseguiste esa llama? Yo también quiero una —preguntó Mizyl envidioso del poder que le daba la llama.

—No te pienso decir donde conseguirla. Y además, hace más cositas a parte de lo que has visto —insinuó Kitsune sacando la lengua a Mizyl.

—No me digas eso… ¿Qué más cositas hace? Estoy ansioso por verlo  —comentó Mizyl mirando la llama.

—Pues… —se quedó un rato pensativa —Mmm… No te lo voy a decir, ya lo descubrirás —dijo con una enorme sonrisa Kitsune.

—¿Cómo? No me puedo creer que me hagas esto —comentó decepcionado Mizyl.

Los padres se pusieron delante de Kitsune y Mizyl, no sabían nada de lo que estaba ocurriendo.

—¿Kitsune estas bien? —preguntó alterada Umia a su cría.

 —Mi Dios Mizyl ¿creéis que esta llama podría ser peligrosa para nuestra pequeña? —preguntó Ryugan a Mizyl preocupado mientras veía que Kitsune asentía ante la pregunta de su madre.

Mizyl se quedó un rato mirando a la llama que estaba cerca de Kitsune, pero esta no se inmutaba por las miradas de los demás, ni siquiera a la de un Dios. Mizyl sentía algo raro en ella, pero no le pareció que eso fuese peligrosa

—No creo que le vaya hacer nada a Kitsune. Si quisiera hacerle daño seguramente ya lo hubiese hecho —explicó Mizyl al líder.

—Pero este comportamiento solo lo he visto con ella —comentó el líder algo asustado.

—Me da que no solo es con ella . Viendo el comportamiento de la llama creo que afectará a todas las crías —supuso Mizyl viendo como reaccionaba la llama al lado de Kitsune.

—¿Cómo podéis saber eso? Mizyl —preguntó Umia.

—No lo sé, tengo esa corazonada —respondió con suma tranquilidad—. Si encontramos una roca similar a la que destruyó Kitsune, podríamos probar mi teoria. —les comento Mizyl.

Ellos asintieron ante el comentario de Mizyl, y decidieron aprovechar el camino hacia las puertas de los Terrenos del Agua para buscar una roca parecida a la que destrozó Kitsu. Cuando encontraron la roca perfecta para poner a prueba la teoría del Dios, Mizyl pidió a una cría voluntaria que probase atacar con una bola de fuego a la roca. Justo como había dicho Mizyl cuando el pequeño lanzó la bola de fuego la llama reaccionó de la misma forma consiguiendo el mismo resultado.

—Por lo que veo esta llama se comporta de forma distinta si la tienen vuestras crías, tal vez sea para protegerlas y que puedan sobrevivir. No es algo muy raro de ver —explicó Mizyl con una sonrisa.

—¿Y por qué haría eso el Dios del Caos? —le preguntó el líder.

—No lo se. Tal vez sea para asegurar  la supervivencia de sus espías, para que las crías puedan causar destrucción o simplemente puede ser que esa llama no esté ligada con el Dios del Caos —comentó Mizyl intentado pensar en todas las posibilidades.

—¿Qué no lo esté? Lo dudo muchísimo. Que surgiera después de tomar la píldora y no tuviese relación con el Dios del Caos —comentó el líder dando por hecho que sería cosa del Caos.

Mizyl le miró extrañado y encogió sus hombros. No parecía que tuviera mucha idea de lo que pasaba. Aunque fuera un Dios, no dejaba de ser una criatura sin experiencia y eran muchas las cosas que se le escapaban.

—No le des mucha más importancia. Ya has visto que esa llama no parece ser que de momento haga nada malo a las crías. Aunque sería un peligro si se descontrolasen. Os pido que tengáis este tema controlado —explicó Mizyl a los padres de Kitsune señalando la manada de crías que se habían emocionado al ver el enorme poder que poseían.

El líder asintió ante las palabras del Dios mientras que Umia fue a hablar con las crías y el resto de la manada para que se empezasen a mover.

Tras ese pequeño contratiempo, prosigueron su camino hacia la puerta de los Terrenos del Agua. No tardaron apenas en llegar, solo tenían que llegar al frondoso bosque que rodeaba los Terrenos y allí ir a una de las puertas de acceso.  El camino siguió siendo muy tranquilo a pesar que los Terrenos no tuviera la protección del Dios.

Una vez en la puerta, el líder pidió a la manada que se quedase un momento atrás, siendo Mizyl y Ryugan los primeros en avanzar. El sacerdote se quedó enormemente sorprendido al verlos. Su cara expresaba lo poco en que confiaba en que ese Dios volviera.

—No sé a qué esperas para abrir las puertas —dijo Mizyl enfadado mientras se sentaba frente al sacerdote.

—Mi Señor Mizyl ¿qué hace usted aquí? Pensábamos que habíais abandonado los Terrenos del Agua —preguntó el sacerdote.

—No sé a qué listillo se le ocurrió tal engaño. ¡Jamás renuncie a gobernar! Renuncie a seguir la filosofía egoísta y anticuada de mi antecessor —exclamó Mizyl mirándole molesto.

—¿Y por qué abandonasteis a los Terrenos del Agua? —le echó el sacerdote en cara sus acciones.

—Tsss… ¡Yo no he abandonado nada!. Tuve que viajar a los Terrenos de la Justicia para poder presentarme ante Hika, Dios de la Justicia, y que me reconociese como nuevo Dios del Agua. Y declarar los años de paz temporal entre mis Terrenos y los de los demás Dioses. También tuve que enviar a mis esbirros para que contactasen con los Dioses menores que me sirven. —Suspiró profundamente—. Le comenté todo a Fanry pero se ve que esa rata ha decidido manipular la información a su gusto —susurró profundamente molesto por la actuación de Fanry.

El sacerdote estaba cada vez más tenso, sabía que estaba poniendo su vida en riesgo al agotar la paciencia de su Dios.

—¿Y esos traidores? ¿Eres consciente que el antiguo Dios del Agua los había desterrado? —preguntó de nuevo el sacerdote, señalando a Ryugan.

Ryugan se sintió ofendido. Le entraron ganas de abalanzarse sobre él y arrancarle la cabeza, pero tuvo que calmarse para no tensar más la conversación con el sacerdote. Pero antes de que pudiese responder, Mizyl se levantó y se dirigió con un tomo más fuerte al sacerdote.

—Por supuesto que soy consciente de ello. Pero desde que no esta mi antecesor, ahora soy yo quien decide aquí las cosas. Y como no muevas tu culo, dejes de meter excusas y abras esa condenada puerta, acabarás igual que todas las criaturas de alrededor de mis Terrenos —amenazó Mizyl con una sonrisa intimidante.

El sacerdote se alarmó ante la amenaza de Mizyl y fue rápidamente a abrir la puerta. Cuando la puerta se abrió, Ryugan fue a buscar al resto de la manada.

Una vez dentro, Mizyl se colocó en cabeza de la manada junto al líder. Kitsune y Umia iban detrás de ellos dos seguidos de la manada, que se había organizado alrededor de las crías para protegerlas. Decidieron pasar por un camino que daba a los pueblos más cercanos, para así evitar meterse en el denso bosque que los rodeaba. Durante el trayecto muchas criaturas se dieron cuenta de que Mizyl y los antiguos guardianes habían vuelto. Esa noticia no tardó en extenderse y los habitantes de la región empezaron a reunirse en los pueblos que debían recorrer para llegar a su destino.

Cuando llegaron al pueblo más cercano a la puerta, vieron a un montón de criaturas reunidas en la plaza del pueblo para darles la bienvenida.  Los zorros se quedaron impresionados al ver cómo los ciudadanos les daban la bienvenida. No podían creerselo y tampoco comprendían por qué los ciudadanos no estaban molestos con ellos.

Un zorro mensajero apareció entre la multitud corriendo hacia Ryugan.

—Mi líder, suerte que habéis podido pasar la puerta —dijo el mensajero alegremente.

—Que suerte que estes bien. ¿Sabes que está pasando? —preguntó Ryugan.

—Mi líder, estan todos alegres por vuestro regreso y la del Dios. Estaban asustados por los posibles ataques de las criaturas de los Terrenos de Nadie. Los sacerdotes no tenían la situación baja control. Hubo mucha represión por parte de los sacerdotes y por culpa de eso se organizaron múltiples revueltas frente a los templos —contó el mensajero moviéndose a un ritmo acelerado mientras mostraba una sonrisa en su rostro —La confianza en ellos ha desaparecido y los problemas con los guardianes actuales ayudaron a que volvieran a querer vernos. No se sienten seguros con ellos. Mi líder, nos prefieren a nosotros —comentó dando algún salto, moviendo la cola frenéticamente y mirándole felizmente— ¡Quieren que volvamos! ¡Quieren a su Dios y a los zorros! No a esa panda de sacerdotes —exclamó el mensajero emocionado mientras seguía al líder.

A Ryugan se le iluminaban los ojos mientras escuchaba todo lo que había ocurrido durante su ausencia. Mizyl también se alegró al oír lo que pensaba el pueblo.

«Pronto, muy pronto sacaremos la basura del templo» pensaba Mizyl mientras caminaba con la cabeza alta mirando a su pueblo aclamarle.

La manada siguió su recorrido entre los bosques y los pueblos de los Terrenos del Agua para dirigirse al templo principal junto a Mizyl. La gente y demás criaturas fueron reuniéndose en los pueblos para aclamarles, y hasta los que habitaban en los bosques salieron para poder admirar la figura de su nuevo Dios.

Cuando salieron del último pueblo se dirigieron hacia el bosque que rodeaba el templo principal. A medida que se iban acercando cada vez había menos gente y todo se iba volviendo más silencioso. Se acercaban a un lugar sagrado, un lugar que solo debían pasar los elegidos del Dios. Debido a eso, la manada se detuvo solo llegar al bosque y Mizyl se giró hacia ellos.

—A partir de ahora Ryugan y yo iremos solos. Espero que lo comprendais —dijo Mizyl.

La manada comprendió que debía quedarse en el bosque por ello se quedó esperando mientras Mizyl y Ryugan continuaron hacia el templo.

Cuando llegaron delante del templo vieron a los dos sacerdotes que guardaban la entrada. Sus miradas eran desagradables, sabían a qué venía Mizyl. Pero a diferencia del sacerdote de la puerta hacia los Terrenos, estos no se resistieron y abrieron rápidamente las puertas. Las miradas amenazadoras tanto de los sacerdotes como las de Mizyl y Ryugan se cruzaron al pasar por la puerta.

—Fanry les espera en la sala del Dios —dijo uno de los sacerdotes mientras cerraba la puerta.

Dentro del templo, se dirigieron hacia la sala del Dios donde les esperaba Fanry.  Normalmente dentro del templo se vería la actividad de los diferentes sacerdotes, no obstante no había nadie ni en la sala central ni en los pasillos. Cuando llegaron a la Sala del Dios se encontraron a gran parte de los sacerdotes del templo y a Fanry con su vara mágica, sentado en el trono del Dios con una mirada de superioridad y la cabeza en alto. Mizyl frunció el ceño al ver eso.

—Rata manipuladora es hora de que vayas por donde has venido. A partir de ahora… —Mizyl golpeó con fuerza el suelo con las patas delanteras —mi trasero volverá a donde le corresponde…

*******

Al mismo tiempo que Mizyl recuperaba su posición en las tierras del Agua, los ciudadanos de los Terrenos del Orden estaban protestando alrededor del templo de la Diosa Celeid y levantaban trozos de madera tallados con formas de zorros.

A causa de eso la Diosa Celeid decidió reunir a los sacerdotes que habitaban en el templo.

—Mi Diosa, somos conscientes de por qué nos has reunido, pero me gustaría preguntar ¿por qué tomasteis esa decisión? —preguntó uno de los sacerdotes a la Diosa viendo como esta se sentaba en su trono.

—Es por eso mismo que os he reunido. Parece que no os habéis enterado de nada, así que no hablaría más de la cuenta —respondió Celeid con un tono ofensivo.

El sacerdote se quedó callado ante la respuesta tosca de la Diosa, pero otro de los allí presentes, insatisfecho con la respuesta de la Diosa, decidió intervenir.

—Pensábamos que vendríais a pedirnos consejo sobre la decisión de permitir la entrada de los zorros en los Terrenos —comentó enojado por el trato de la Diosa.

—¿Por qué os iba a comentar yo nada? Mis decisiones son un hecho en cuanto yo lo decida. No necesito vuestra opinión para nada —respondió Celeid mirando a los sacerdotes como si fueran escoria.

Los sacerdotes se sentían ofendidos, pero no es la primera vez que les pasaba. Sabían que no podían hacer nada, así que decidieron callarse antes de que la Diosa actuase en consecuencia.

—Sentimos nuestra arrogancia, mi Diosa —dijo agachando la cabeza un tercer sacerdote —En ese caso ¿qué es lo que deseaba contarnos?

La Diosa Celeid se levantó y se dirigió hacia una ventana de la sala.

—Necesito que me ayudeis a calmar la multitud. Estoy harta de tener que soportar sus quejas —comentó la Diosa enojada.

—Mi señora, eso es una decision muy precipitada. Es normal que el pueblo se altere al traer aquí a unos unos seres que no querían ni en sus tierras —explicó el primer sacerdote.

La Diosa se giró mirandoles.

—Estos seres pueden sernos útiles. Sin hogar, desamparados en las Tierras de Nadie y con un gran odio hacia el Dios del Caos. Los podemos usar como queramos y ya tengo planes para ellos —dijo con una sonrisa que hizo temblar a los sacerdotes de la sala.

—¿Y cuales son esos planes? Mi Diosa —preguntó el segundo sacerdote.

—Al principio, los usare como perros para dar caza a Thylos. Si alguien debe sacrificarse que sean ellos antes que alguno de los nuestros. Y más adelante… —se quedó un rato callada— no diré nada. Dejaré que el tiempo lo cuente.

—Usandolos para los asuntos relacionados con Thylos es muy posible que la gente no se moleste tanto. Aún así debemos encontrar algo que pueda calmarles por completo —dijo el primer sacerdote quedándose pensativo.

—¿Y si le pedimos la aprobación al Dios del Orden? Si el acepta, la multitud se callara —comentó el tercero.

La Diosa se acercó a él y le golpeó la cabeza suavemente con la vara.

—Me gusta la idea. Al fin sale algo de vuestra fangosa cabeza —dijo Celeid con aires de superioridad —Queda decidido, yo misma me encargaré de comunicárselo. Vosotros quedaos aquí y no permitáis que entren en el templo ni que hagan más ruido del que ya hacen. Nadie quiere llamar la atención del Dios de la Justicia.

Tras decir eso la Diosa se dirigió hacia la puerta mientras los sacerdotes agachaban la cabeza.

—Como desees mi Diosa, nosotros nos encargamos. Que tengáis buen viaje —dijo el primer sacerdote antes de que Celeid se saliese de la sala.

Celeid emprendió el camino hacía el templo del Dios del Orden más cercano. Durante su viaje pudo contemplar cómo cada vez había más gente quejándose de su decisión de traer a los zorros a sus terrenos. Estaba molesta por el alboroto que armaban por ello, pero temía que eso llamase la atención del Dios de la Justicia, por lo que se apresuró para conseguir la aprobación del Dios del Orden cuanto antes.

Cuando llegó al templo, los sacerdotes que vigilaban la puerta le abrieron rápidamente y avisaron al oráculo de su llegada. Alojaron a Celeid en una lujosa sala donde dos sacerdotisas le sirvieron algunos platos para que comiese y descansase de su viaje mientras esperaba. Poco después de que empezase a comer, su anfitrión entró por la puerta.

—Nos honra tenerla aquí, mi Diosa Celeid. ¿Qué la trae a visitar nuestro templo? —preguntó el oráculo sentándose frente a ella.

—Deseaba comunicarle unos asuntos Dios del Orden para obtener su aprobación —respondió Celeid.

—Aunque me encantaría poder cumplir su deseo, el Dios Mayor no puede atenderla en estos momentos. Está muy ocupado con unos asuntos —comentó disgustado el encargado.

—¿De qué tipo de asuntos me habláis? —preguntó Celeid alzando el tono.

—No se lo puedo revelar mi Diosa, son órdenes del Dios del Orden —respondió pacíficamente.

—¡Este asunto es de gran importancia! Necesito comunicárselo al Dios del Orden cuanto antes —exclamó levantándose de golpe de la silla.

—Mi Diosa, calmese por favor. Si desea puede hablarlo conmigo para ver si puedo hacer algo —comentó el encargado, mientras las sacerdotisas intentaban calmar a la Diosa.

—Tu no puedes hacer nada. Es la aprobación del Dios del Orden la que necesito —siguió contestando.

—Lo siento Celeid, la palabra del Dios del Orden están por encima de la suya —replicó al ver la reacción de la Diosa.

—¡Callate! Como osas hablarme de esa forma  —gritó irritada a causa de todos los obstáculos que se le presentaban.

—¡Celeid por culpa de los desastres de Thylos estáis cada vez más impertinente! Este no  debería el comportamiento de una diosa menor del Orden —exclamó completamente molesto.

Celeid calló de golpe tras ese comentario. Se quedó en silencio mirando abajo completamente absorta en sus pensamientos.

Al ver la reacción de la diosa ante su comentario, el oráculo se sintió culpable, nunca pensó que sus palabras le afectarían tanto. Solo reflejó algo que todo el mundo pensaba sobre ella.

—Lo… Lo… siento mi Diosa. No debería haber dicho eso —se disculpó asustado.

Celeid tardo unos segundos en reaccionar, levantó su cabeza pero su mirada era vacía. Al ver esos ojos el encargado temía por lo que le pudiera pasar.

—Si esto no llega al Dios del Orden y se pone fin al asunto de inmediato, podría llamar la atención de Hika. Y creo que ya sabes que supone eso —respondió con una voz floja y fría.

El oráculo se quedó un rato pensativo, aunque el miedo seguía aún en su cuerpo.

—Siendo así informare al Dios del Orden cuanto antes. Esto sí que puede llegar a ser una urgencia —comentó el oráculo.

Al escuchar sus palabras, Celeid se levantó sin decir nada y se marchó del templo ignorando  las despedidas de los sacerdotes. Aunque más tranquilo por la marcha de Celeid, al oráculo le quedaría un mal recuerdo de lo ocurrido y el miedo a un posible castigo del Dios del Orden.

Cuando Celeid salió del templo se dirigió a un bosque cercano y buscó una zona tranquila por donde no pasase nadie. Allí se sentó apoyando su espalda en un árbol, miró arriba y dejó caer las lágrimas que llevaba conteniendo desde lo ocurrido en el templo.

—¡Thylos, me vengare lo juro! —gritó golpeando con el puño al árbol que tenía detrás—. Me vengare por todo lo que me has hecho

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