Capítulo 1: Las Consecuencias de su Decisión

¡ADVERTENCIA!: Antes de empezar con este capítulo recordamos que deberíais leer el Prologo y el Capítulo piloto.

Los días pasaron y el momento de la decisión final llegó. El líder de la manada fue al lugar y hora acordada junto a su mujer y su pequeña hija para esperar al resto de la manada. Esperaría hasta el final del día para ver quién aceptaría la píldora y quién no. Su mujer estaba realmente preocupada: «Después de ese terrible rumor, ¿realmente alguien vendría? ¿Todos abandonarían su identidad, aquello de los que estuvieron orgullosos desde hace tanto tiempo?» En cambio, su marido se mantenía sereno. Realmente sabía que el que vendría sería porque también quería mantener sus poderes.

Con todas esas preocupaciones en mente, esperaron. Por ahora la zona estaba vacía. Únicamente los graznidos de las aves se escuchaban, y en algunas ocasiones se podía percibir el sonido de las hojas de los árboles movidas por el viento. Hasta Kitsune, la hija del jefe, que siempre era muy revoltosa, mantenía la calma y la compostura, mirando hacia el frente y con las orejas atentas por cualquier sonido de sus compañeros.

Al cabo de unas horas de espera se escuchó algo entre los árboles. La pequeña se disponía a dirigirse hacia esa dirección, pero su padre puso su pata de por medio para que no fuera. Algo no olía bien.

De entre los arbustos salió un zorro de la manada, repleto de heridas.

Era Hikye, el cabecilla del grupo que protegía la zona norte de los Terrenos del Agua y la mano derecha del líder. Al verlo el líder fue corriendo a socorrerlo. Kitsune se quedó totalmente pálida al ver semejante escena. Nunca había visto a uno de su especie tan herido como aquel zorro. Su madre intentó calmarla, aunque se notaba que la situación también le afectaba. Hikye les explicó que había miembros de la especie que estaban de acuerdo y habían ido a reunirse con el jefe; pero estos fueron detenidos y atacados por aquellos que estaban en contra de la píldora.

Al escucharlo, el jefe, junto a su mujer y su hija, fueron adonde les guió el zorro. Salieron del bosque y pararon en una pradera a las fronteras de la facción del Agua. Allí encontraron al resto de la manada, esta vez dividida en dos bandos. Además, uno de los grupos se había puesto enfrente del bosque y no dejaba pasar al resto.

—¿Qué se supone que estáis haciendo? ¡Esto es una deshonra para nuestra especie! —El jefe de la manada alzó la voz para que todos le escuchasen.

Durante un pequeño instante se produjo un silencio que sería cortado por el grito de uno de los zorros que impedía el paso al bosque.

—¡Deshonra es vendernos al Dios del Caos!

Estas palabras alborotaron todavía más al bando en contra de la píldora. Eran palabras duras en una situación muy delicada, y en consecuencia dejaron sin habla al líder. Sin embargo, no era momento para mantenerse callado, así que respondió con determinación.

—Si esa es vuestra decisión, no os toméis la píldora. Pero dejadnos a aquellos que quieran mantener su identidad. A aquellos que deseen mantener su orgullo. A aquellos que elijan seguir manteniendo su estatus en los terrenos del Agua. A aquellos que prefieran seguir siendo los zorros mágicos que somos ahora y no unos simples animales de bosque. ¡Dejad que ellos construyan su futuro y sigan el camino que han elegido!

Los alborotadores fueron incapaces de responder ante tamaña determinación, así que recurrieron al único argumento al que podían aferrarse: no venderse al Dios del Caos. Y, como ninguno de los dos bandos cedía, la lucha se reanudó. Ante esta terrible escena, al jefe y a su esposa no les quedó más remedio que entrar en batalla para defender sus ideales. La cría observaba petrificada desde lejos la lucha entre los dos bandos, una guerra que dividiría a los zorros para siempre. Era incapaz de moverse del miedo, y sin embargo tampoco podía apartar la vista de esa escena. Ver cómo se mataban los unos a los otros hacía que brotasen lágrimas de sus ojos. Sentía como si todo fuera cada vez más lento y estuviera perdiendo color, hasta que al final sólo perduró el blanco y el negro. El fragor de la batalla era demasiado para ella. Y, a su vez, el no ser capaz de hacer nada la ponía en peligro. Por suerte, Hikye, demasiado herido como para volver al combate, la agarró y se la llevó dentro del bosque para ponerla a salvo. Sin embargo, Kitsune se soltó y regresó corriendo a la pradera donde la lucha se estaba produciendo. Se quedó detrás de un árbol, absorta de nuevo en la horrorosa escena. El otro zorro volvió para recogerla, pero ella se negaba rotundamente moverse de allí.

ilu6

—Mis padres están luchando ahí fuera.

La cría, preocupada por lo que les podía pasar, no quería irse, pero Hikye seguía insistiendo. Aún en los límites del bosque se encontraban en peligro y la cosa podía llegar a más.

—Mira pequeña, si empiezan a usar sus poderes el desastre será mayor y podrías salir herida. Tus padres jamás querrían esto. —dijo mientras le agarraba de la pata con la suya.

Ella se deshizo del zorro herido y fue a agarrarse al árbol.

—¡Jamás! Me da igual lo que me pase. Quiero quedarme cerca de mis padres.

Tal y como Hikye predijo, la batalla se fue volviendo más feroz. Los alborotadores dejaron de usar sus zarpas y garras para pasar a la energía mágica. Las terribles llamas azules empezaron a azotar el campo. Todo lo que había alrededor empezó a arder y lo que era antes una pradera se convirtió en un campo de llamas. Ahora los zorros no recibían simples mordeduras o arañazos, también eran dañados por las graves quemaduras de sus llamas azules.

Al ver ese desastre, Hikye, acabó cogiendo por la fuerza y por sorpresa a la cría, corriendo hacia el bosque.

Kitsune se movía, intentando escapar, pero esta vez le estaba costando más debido a que él la había sujetado con más fuerza. No iba a permitir que se acercaran a ellos una vez desatada su magia.

—¡Suéltame! ¡Déjame! ¡¡Quiero ir con mis padres!!

Kitsune empezó a patalear. Su voz cada vez temblaba más y de sus ojos brotaban lágrimas hasta que al final se echó a llorar.

—No quiero que mueran…

—No morirán, tranquila. Tus padres son muy fuertes.

El zorro intentaba calmar los llantos de la criatura, pero esta se deprimía cuanto más lejos estaban del campo de batalla.

En el momento que creyó que estaban lo suficientemente lejos como para  escapar de la furia de la batalla, Hikye dejó a la pequeña en el suelo. Esta no reaccionó. Ya había dejado de llorar, y se estaba completamente deprimida. Fue a una esquina y se tumbó sin decir palabra. Él estaba vigilando el perímetro con las orejas bien estiradas, por si escuchaba algún ruido; pero parecía que no había nadie por los alrededores. Mientras vigilaba la zona, se dio cuenta de que la cría estaba tumbada en un lado, y decidió acercarse para hablar con ella.

—Escúchame, tus padres no van a morir. Así que no te tienes que preocupar por nada. —Dijo mientras movía el cuerpo de la criatura de un lado a otro.

—¿Por qué se pelean?¿Por qué el Dios del Agua no hace nada por nosotros? —protestó mientras lo miraba con los ojos llorosos.

Ante esas palabras, el zorro miró a un lado con cara de tristeza. Intentó recobrar algo de fuerza de su interior para contestar.

—Él no tiene nada que ver con esto. La pelea está fuera de su región, así que no va a actuar ni por un bando ni por el otro.

Ella se sorprendió ante esas palabras. Miró al suelo y lo arañó con rabia. Hikye se dio la vuelta y se sentó no muy lejos de ella, mirando hacia el cielo y pensando en todo lo que estaba ocurriendo.

Durante todos estos años habían sido guardianes de los Terrenos del Agua, y ahora que era cuando más necesitaban a su señor, este les había abandonado. No había palabras para expresar cómo se sentían. El zorro herido cerró los ojos, esperando que esta batalla no acabase siendo el final de la especie.

Las horas fueron pasando y seguían sin saber nada sobre la situación de la pelea. La pequeña cría se levantó para echar un ojo a la zona; pero, aparte de que no vio nada, el otro zorro apenas le dejaba separarse.

—No nos podemos quedar aquí toda la vida —clamó la cría, enfadada, mientras se apartaba de él.

—Te doy la razón, pero somos un zorro herido y un cachorro ¿qué crees que haremos allí? —respondió, interponiéndose en el camino de la cría.

—No lo sé, pero no puedo quedarme aquí tumbada sin hacer nada.

Dicho esto, lo esquivó y se fue en dirección al campo de batalla. A Hikye no le quedó más remedio que perseguirla.

—¡Detente!¡No conseguirás nada si te matan! —gritó en vano.

Por mucho que Hikye gritase, la pequeña no le prestaba atención. Estaba harta de esperar, quería ver con sus propios ojos cómo estaban el campo de batalla y sus padres, aunque eso pudiese acarrearle graves secuelas emocionales. Una vez estuvieron cerca del campo de batalla, vieron cómo el bosque que había cerca estaba totalmente chamuscado. Y, sin embargo, no había ningún fuego encendido. Era como si alguien hubiera extinguido las llamas. Al acercarse un poco más al lugar vieron que la pradera había quedado en un estado lamentable. Estaba repleto de cuerpos de zorros muertos, en una zona abrasada por el fuego ya extinto. Pero lo que les pareció más increíble, es que el campo estaba empapado de agua. Hikye observaba los cuerpos para ver si había algún superviviente; pero desgraciadamente no tuvo suerte. Mientras Hikye investigaba, la pequeña miraba de un lado a otro impactada por la escena. Tantos de los suyos en el suelo, con heridas, quemaduras… Era una escena demasiado dura para una cría tan pequeña. Hikye le repitió varias veces que no se torturase más y se quedase a un lado mientras él investigaba. Pero ella se negaba, siguió adelante y se adentro en el campo mirando los cuerpos de sus compañeros, esperando no ver el cuerpo de sus padres entre ellos. Por suerte, la cría ni vio a sus padres ni detectó su olor.

Dio un gran suspiro ya que no vio el cadáver de sus padres, asumiendo que aún seguían vivos. Aún así, no sabían qué había pasado, dónde estaban los demás, ni quién se involucró en la batalla. Los dos zorros rastrearon la zona a ver si encontraban el rastro de los demás. Desgraciadamente no pudieron despedirse ni enterrar a los caídos como era debido en sus costumbres, eran demasiados y aún tenían que encontrar a los que faltaban. Aun así estaban convencidos de que harían alguna ceremonia funeraria en el nombre de todos los fallecidos en esta guerra.

Kitsune al ver que no encontraba nada fue con lágrimas en los ojos a donde estaba el otro zorro.

—¿Dónde están los demás? ¿Qué ha pasado aquí? Yo creía que nadie se entrometería en esta guerra.

Hikye tampoco acababa de comprender lo ocurrido, pero sabía que algo intervino en la batalla y obligó a los zorros a abandonar la zona. Se quedó un rato pensativo, tenían que decidir qué deberían hacer. Teniendo en cuenta la situación y sabiendo lo poderosos que son los zorros de llama azul, aun teniendo su poder en decadencia, sólo podrían hacer una cosa.

—Ven conmigo, tengo una ligera idea de que podría haber pasado. —El zorro se fue del campo de batalla con la cría vuelta hacia el bosque.

—¿Dónde vamos? ¿Sabes dónde están los demás? —La cría preguntó, pero desgraciadamente no obtuvo ninguna respuesta.

Hikye estaba muy concentrado y decidido a regresar hacia el terreno de agua. La pequeña estaba confusa al ver que volvían a la región que supuestamente habían abandonado. Observaba los alrededores por si podía ver a alguien familiar o al menos lograba conseguir una pista de lo que había pasado.

Llegaron hasta un pueblo del Dios del Agua, pero sin entrar en él quedándose por los alrededores.  Hikye miró fijamente a la cría y le dio una pulsera con unos matices lilas que tenía en el brazo.

—Toma, ve a la taberna de este pueblo y espérame allí, volveré dentro de poco.

—¿Por qué no me dices que ocurre? —preguntó preocupada al ver la reacción del zorro.

—Te juro que cuando vuelva te contare todo lo que ha estado ocurriendo, hasta entonces debes prometerme que no te moverás de ahí —respondió mirándola fijamente.

La pequeña veía que no le sacaría nada, así que se movió hacia dentro del pueblo mientras veía a su compañero desaparecer.

Una vez dentro del pueblo, fue a la taberna que había en la zona y entró en ella. Ya había ido alguna vez con su familia, pero era la primera vez que la habían dejado sola. Entró al local y se dirigió a una mesa, se subió a la silla y miró a la tabernera. Al poco rato se le acercó a la mesa.

—Buenos días cariño, ¿qué te puedo servir?, las patas de pollo son nuestra especialidad —preguntó con una gran sonrisa la tabernera a la cría.

La cría algo preocupada por su amigo tardó un poco en reaccionar a la pregunta.

—Ehh, entonces dame una pata de pollo. —dijo algo avergonzada.

—¿Y qué te apetece de beber pequeña?

—Agua —respondió algo fría.

—Muy bien, dentro de poco le serviremos la comida, cariño. —Después de atenderla, la tabernera se fue a la barra y la cría se quedó sola en la mesa mirando la ventana.

Aunque estuviera concentrada mirando lo que había fuera de la taberna, no podía evitar sentirse observada por las demás criaturas del local. Incluso podía escuchar como susurraban entre ellos. Daba la impresión que algunos no sabían que los zorros tienen un buen oído, desgraciadamente para ellos, Kitsune podía tanto oír como entender lo que iban diciendo.

—¿Has visto esa cría ahí sola?

—Su raza lleva tiempo en decadencia.

—Su especie está acabada…

Ella estaba atenta a los comentarios ya que podían decir algo sobre el tema que le ayudará a saber que pasaba. Aun teniendo que ir escuchando todo tipo de comentarios sobre su especie no dejó ni un instante de mirar la ventana. Estaba a la espera de poder ver a su compañero o a otro miembro de la manada.

La tabernera que la atendió volvió a la mesa a traer lo que había pedido. La cría giró su cabeza y estiró la pata delantera donde llevaba la pulsera hacia la chica. Esta cogió la pulsera y fue un momento a la barra para poder cambiarla por otras de menor valor.  La tabernera volvió con una pulsera verde y cuatro verdes y las repartió entre las patas delanteras de la criatura. También trajo el pollo en un plato y le puso el agua en un cuenco para facilitarle el poder beberlo.

—Muchas gracias pequeña, disfruta de la comida —comentó con una gran sonrisa.

Una vez cobrada la comida, la chica se fue y la pequeña empezó a comer. Ella miraba la ventana mientras comía, esperando ver a alguien familiar. Pero por desgracia no veía a nadie.

«¿Cuánto más van a tardar?» se preguntaba mientras miraba su reflejo en el cuenco de agua.

Suspiró y apoyó un momento la cabeza en la mesa. Bajó sus orejas cansada, y cerró un momento los ojos para relajarse.

Al poco tiempo escuchó un ruido de fuera que le hizo levantar tanto la cabeza como las orejas. Cuando miró hacia las puertas por si veía algo estas se abrieron y entró un sacerdote del templo del Agua. Todas las criaturas del local se quedaron sorprendidas, en especial Kitsune que a su vez estaba preocupada por la presencia del clérigo.  Que un sacerdote del templo del agua se acercarse al pueblo no solían ser buenas noticias.

El sacerdote iba observando las mesas, con una mirada aterradora, como si buscase un criminal sentado en ellas. Al mirar la mesa donde estaba la pequeña su mirada se volvió todavía más amenazante. Cuando Kitsune se percató de ello, observó sus alrededores para asegurarse que no mirase otra cosa, pero desgraciadamente no era así. Los otros clientes no tardaron en girarse hacia ella, avergonzándola por completo. El sacerdote avanzó hasta la mesa de la pequeña mirándola fijamente mientras ella bajaba las orejas y lo miraba preocupada.

El sacerdote hizo un gesto con la mano para que le siguiera. Kitsune bajó de la mesa y empezó a seguir al sacerdote con la cabeza baja, mientras era observada por los demás. El sacerdote la llevó hasta una zona del bosque lejano al templo del Agua. En ningún momento se atrevió abrir la boca para preguntarle dónde se dirigían.

Tras unos largos minutos de caminar, sintió el olor de los demás zorros, levantó las orejas y la cabeza y se le iluminaron ojos. Se mostraba algo ansiosa por verlos, pero no tardó mucho en ver que si el sacerdote la estaba llevando ahí no sería algo bueno. Miró al sacerdote y al ver su expresión era algo enfadado bajo inmediatamente las orejas y se relajo. Siguieron caminando hasta llegar a un claro, donde pudo ver a su padre y a su madre con bastantes heridas.

—¡Mama, Papa!

Kitsune salió corriendo hacia ellos con una gran sonrisa, pero al acercarse y ver esas heridas su rostro cambió  completamente. Su madre no dudo en ir a ella para poder abrazarla, en cambio el padre se mantuvo mirando fijamente al sacerdote con algo de furia. Se alegraron de ver que estaba perfectamente a salvo.

—Mamá, ¿dónde están los demás? ¿Están bien? —preguntó empujándola con sus patas delanteras.

La madre dejó caer unas lágrimas, pero no pudo contestarle. Kitsune, al ver que su madre no decía nada, callo y se acurrucó junto a ella.

—Ahí tenéis a la pequeña, como os prometimos, ahora cumplid vosotros también con vuestra parte —dijo en alto con una voz fría el sacerdote.

El zorro líder se levantó e hizo una seña con la cabeza a la madre para que se fueran.

—Tranquilo, nosotros también cumpliremos la promesa. —contestó enfadado y de forma tosca.

Al levantarse la cría miró al sacerdote y salió de entre las patas de la madre para dirigirse a él.

—Están heridos, ¿porque no les ayudas? Pensaba… pensaba que erais nuestros amigos —gritó con lágrimas en los ojos.

Su madre la empujó para que se moviera. Mientras caminaba se dio cuenta que el sacerdote no estaba contento con la situación. Y debido a ello, Kitsune solo podía mostrar decepción, tristeza e impotencia.

Los tres zorros se adentraron en el bosque. Cuando perdieron de vista al sacerdote, la pequeña miró al frente y se dirigió a su padre.

—¿Papa hacia dónde vamos? —preguntó seria.

—Iremos donde esta el resto de la manada —dijo fríamente sin mirarla.

Su madre, viendo que el líder no quería hablar del asunto la agarro con la boca para ponerla junto a ella.

—Mama, no, dejame… —comentó la cría pataleando.

—Kitsune por favor, quédate quieta. Cuando la cosa se calme ya hablaremos de lo ocurrido. Hasta entonces, no sigas insistiendo. —dijo la madre dejándola en el suelo, a su lado.

Kitsune se calló por el momento. estaba enfadada por no poder saber qué ocurría, pero sabía que no lo lograría que se lo explicasen.

Kitsune y sus padres salieron del bosque de los Terrenos del Agua. La pequeña miró atrás, hacia el bosque, sabiendo que si se marchaban de él solo podía ser por un motivo: el destierro.

Al salir del bosque pudo sentir el olor de sus compañeros, eso la hacía feliz aunque la situación no les favoreciera. Estaba deseosa de estar con los suyos, aun así no se atrevió a adelantarse y se quedó al lado de su madre hasta poder ver a los demás.

Cuando llegaron junto al resto de la manada, se percató que faltaban muchísimos de ellos. Y a los pocos que estaban, se les veía realmente heridos.

Uno de los zorros se les acercó.

—Veo que su hija está bien. Me alegro de ello —comentó mirando a la cría con una cálida sonrisa.

Después el zorro miró fijamente al líder.

—Líder… ¿Qué haremos ahora?

—Tendremos que buscar un lugar donde quedarnos, las zonas que están fuera de los terrenos gobernado por los Dioses suelen ser más peligrosas así que habrá que estar preparados —comentó adelantándose hacia los demás.

—Sí, mi líder —respondió decidido el otro zorro.

El líder se puso en frente de lo que quedaba de manada y alzó su voz.

—Queridos compañeros, debo suponer que si seguís aquí después de todo esto es que al final aceptáis la píldora. Lamento mucho la pérdida de gran parte de nuestros compañeros, realmente jamás pensé que acabaría la cosa así. Pero no es momento de bajar la cabeza, debemos encontrar un lugar donde vivir y defenderlo para las generaciones que están por venir.

Todos aclamaron al unísono las palabras de su líder, parecía que aún quedaba esperanza dentro de ellos pese a su precaria situación.

—Entonces es como me temía… Nos han desterrado —comentó Kitsu con la mirada baja y los ojos llorosos.

—Tranquila hija mía, no te preocupes, saldremos de esta — La madre le lamió la cabeza y la acarició con la suya.

—No es eso, confío en vosotros… —aclaró entre algunas lágrimas.

—Entonces dime, ¿Qué es lo que te preocupa?

—No hay nada que me preocupe, es solo… Que me siento traicionada por el Dios del Agua. Siento un gran odio hacia él; pero a la vez mucha tristeza por lo ocurrido —dijo temblando mientras le caían las lagrimas.

Su padre se acercó a ella al escuchar sus llantos. Se puso enfrente de ella y con su pata alzo su cabeza para que lo mirase a los ojos.

—Escucha Kitsu, nosotros dejamos de lado al Dios del Agua y por ello hemos recibido un castigo. Es mejor que no pienses mucho en ello ahora —explicó con tono serio.

Dicho esto se dio la vuelta para ponerse enfrente de la manada. La cría se le quedó mirando con tristeza, sabía que lo que había dicho era verdad, pero el Dios del Agua les dejó de lado primero y tuvieron que buscar ayuda donde nadie quería hacerlo. Pero sabía que intentar discutirlo no serviría de nada. Es por ello que al final a causa de su cansancio, se acurrucó junto a su madre esperando que no tuvieran problemas para sobrevivir fuera de los terrenos del Agua.

—Escuchad, hoy es el día que dejaremos de perder nuestras raíces, nuestro poder, nuestro honor. He traído las píldoras conmigo, para ver si son peligrosas seré yo el primero en probarlo. Hasta que no avise, no quiero que os acerquéis —dijo en alto delante de la manada entre gritos y alabanzas de los zorros.

Tras decir eso, tomó la bolsa de tela que llevaba consigo, sacó una píldora y se la tragó de golpe delante de la manada. Todos estaban expectantes ante la situación, había una gran tensión esperando el resultado de tal acción.

Durante los primeros instantes no ocurrió nada. Una vez pasado la media hora los efectos empezaron a hacerse visibles. El líder se desmayó cayendo al suelo y empezó a temblar. Los demás estaban muy preocupados pero no podían acercarse a él, ya que les suplicó que no lo hicieran, no se sabía que podía pasar si lo hacían. Después de estar un rato temblando su pelaje se empezó a blanquear y a caer. Unas marcas rojizas, que brillaban como si fuera un rubí, salieron en ciertas zonas de su cuerpo. Su brillo recordaba al que emanaba de los ojos del Dios del Caos. Una llama azul envolvió la punta de su cola y un aro de fuego se colocó cerca de la base de la llama. No obstante, ese azul no era el mismo que tenían antes con sus poderes, era más oscuro, más parecido al de los fuegos fatuos. Otra llama del mismo color que la anterior, pero más pequeña, surgió de la nada rodeando al zorro y moviéndose con voluntad propia. En su rostro se reflejaba el sufrimiento que padecía. Cada pocos segundos soltaba algún chillido, apretaba con fuerza los dientes, y aun estando inconsciente se movía de un lado hacia otro.

Los demás quedaron impactados y atónitos al ver esa escena. La cría asustada se escondió detrás de su madre, mirando tanto la bolsa como a su padre en ese fatídico momento. Estaba asustada por la reacción que provocaba la píldora, ya que sabía que ella también se la tendría que tomar.

Una vez finalizó aparentemente la transformación, el zorro líder se calmó. Parecía que lo peor ya había pasado. El resto de la manada lo miró dudoso, no sabían si el cambio había sido solo físico o había algo más.

No parecía que se fuese a despertar en poco tiempo. Los compañeros lo miraban intrigados, pero este no despertaba, hasta que Hikye, cansado de esperar, se adelantó junto a otro miembro de su grupo. Iban poco a poco, atentos a cualquier posible reacción del líder. Aunque parecía que todo el mundo estaba atento a lo que le pudiese ocurrir al líder, hubo cierta pequeña que no pudo apartar la mirada de esa llama que salió en mitad de ese espectáculo. Esta no se movía lo más mínimo, se quedó en el mismo lugar que en el que apareció. Pero Kitsune no pensaba dejar de observarlo hasta que su padre recobrase el sentido. Al final los dos zorros se pudieron acercar a él sin el menor problema. No parecía que el líder fuese a reaccionar.

Una vez que este se despertó y se estabilizó, se miró a sí mismo y después a los demás. Sus dos compañeros le ayudaron a mantenerse de pie, ya que después de la transformación tenía los huesos y los músculos doloridos. No obstante, sentía que el dolor iba desapareciendo con rapidez y su cuerpo sanaba cualquier herida que pudiera haberle hecho la transformación.

Una vez se pudo poner en pie, la manada lo miraba ansiosa de oír una respuesta.

—Compañeros, se que este cambio de apariencia es desagradable, pero mentalmente siento que soy el mismo de siempre.

Todos los zorros se alegraron ante esa noticia. Era increíble que algo del Dios del Caos no afectase a tu forma de ser. Kitsune se acercó lentamente a su padre al ver que hablaba con total normalidad. Este la acarició al verla cerca de él.

 —Tranquila, Kitsu, no temas. Papá está bien —dijo acercando su cabeza y comentándolo con una voz tenue.

Eso relajo tanto a la manada como también a la madre de la pequeña.

Viendo que el líder parecía haberse visto afectado solo físicamente la manada decidió que era hora de tomar esa píldora. El padre de Kitsu agarró la bolsa con la boca y la soltó frente manada en símbolo de que ya podían comérsela.

El resto de la manada fuera pasando en orden para tomarse la píldora. Sabiendo que seguramente se desmayarían decidieron ir de tres en tres, para así asegurarse de que serían capaces de defender al resto en caso de que algo ocurriese. Pero como tampoco podían fiarse de que siempre ocurriría lo mismo decidieron que las crías fueran las últimas en tomarse las píldoras. La manada estaba confiada, tal vez demasiado.

Los primeros fueron los cabecillas de los grupos que vigilaban el  norte, este y sur.  Se pusieron delante del líder y tomaron cada uno una píldora. Se apartaron a un lado, y cuando el líder se lo indicó, se tomaron a la vez la cápsula. Al igual que con padre de Kitsu, fue al cabo de unos minutos cuando empezaron a desmayarse y también temblar. El resultado no fue distinto al primero. Una vez despertaron el siguiente grupo se dispuso a tomar la píldora hasta que finalmente llegó la hora de que la crías, entre ellas Kitsune, se la tomasen.

Era un momento demasiado importante en su vida. Cuando se puso delante de la bolsa estaba realmente asustada. Temblaba, y le salían algunas gotas de sudor frío por el cuerpo. Su padre puso la zarpa en su espalda y ella reaccionó mirándolo asustada. Él la observaba con una mirada serena intentando tranquilizarla. Eso la ayudó bastante y al final agarró una de las píldoras y se fue al lado de su madre. Una vez se situó junto a ella se tragó la píldora de un golpe, se agarró a su madre, cerró los ojos  y esperó a que esta hiciera efecto.

Como a todos a la media hora tuvo esos temblores y después de caer inconsciente vinieron los cambios de aspecto, pero sus padres no se alejaron de su lado en ningún un momento.

Una vez la transformación concluyó, se quedó en el suelo estirada. Su madre se tumbó a su lado esperando a que se despertase. Al despertar,  miró a sus padres algo aliviada.

—¡Míradme!, mamá, papá, ya soy como todos. Ahora ya no perderemos nuestros poderes —exclamó levantándose mientras se mostraba en su cara una gran sonrisa.

Los padres sonreían al ver la reacción de la pequeña. Mientras Kitsu mostraba su alegría corriendo alrededor de sus padres, la llama que le apareció se cruzó en frente suyo.

—Oye papi, ¿esto…? —preguntó señalando la llama.

—No estoy seguro hija, he visto varias veces este tipo de llamas en otras criaturas, seguramente será algún tipo de espía del Dios del Caos. Por ahí le mandara la información o algo así —explicó mientras intentaba alcanzar la llama con la pata.

La cría seguía mirando esa llama fijamente, se iba moviendo de un lado a otro sin ningún tipo de control. Llegó un momento en que sus instintos la motivaron  a dar caza a esa llama y empezó a perseguirla. Sin embargo era incapaz de atraparla y si lo conseguía, desaparecía de entre sus zarpas, volviendo aparecer a su lado.

—Ohh, pero si te había atrapado —reprochó mirando decepcionada a la llama.

Esta reacciono moviéndose de un lado a otro a su alrededor, parecía que no se fuese alejar de su lado. Kitsu iba mirando como se movía de un lado a otro, pero al ver que no se iba a dejar atrapar decidió no hacerle caso.

—Bahh, paso de ti. No me interesas. —Giró la cabeza, mirando hacia el lado contrario a la llama.

Kitsu se iba moviendo mientras la llama le seguía de cerca. La criatura miraba de reojo como le seguía. Ver que no se iba a alejar de su lado, le  iba causando un cierto estrés.

—Pero bueno, ¿a qué estás jugando? —preguntó enfadada a la llama.

La llama reaccionó moviéndose hacia atrás, pero al poco rato se situó a su lado.

—Uffff, se acabó.

Kitsu empezó a correr de un lado para otro para ver si la perdía de vista, pero en ningún instante se alejó de su lado. La pequeña harta de ser perseguida, dio un giro repentino y escupió una pequeña bola de fuego azulada hacia la llama. Esta la esquivo de forma rápida y precisa, como si hubiese predicho que le iba a lanzar ese ataque.

—Mamá, papá, ¿estais seguros que es inofensiva? —preguntó asustada mientras se movía hacia atrás con el pelaje erizado.

Su padre se le acercó y se sentó a su lado. Kitsu aprovechó en ese momento para agarrarse a la pata de su padre.

—No te preocupes hija mía, son inofensivas para el que la lleva. Pero si por algún caso intenta hacerte algo ya me encargare yo de ella. —Arañó esa llama que se partió en dos al golpearla, pero volvió a juntarse.

Kitsu, aún así, no dejó de mirar esa llama fijamente durante el resto del día.

Llegó la noche. Los zorros vigías se quedaron en las zonas más altas que había en las colinas. Mientras los demás les tocaba descansar para el dia que les esperaba fuera de los terrenos del Agua.  Era la primera vez que Kitsu pasaba la noche fuera de los Terrenos del Agua y estaba bastante asustada, aun estando cerca de su familia. Había escuchado muchas historias acerca de los que viven en Las Tierras de Nadie. La llama de Kitsu que en aquel momento no daba apenas luz, empezó a brillar con algo más de intensidad y se puso entre sus patas. Kitsune sentía el calor que la llama desprendía. La luz, aunque no era muy fuerte, le iluminaba la zona cercana para que no estuviera totalmente a oscuras. Eso la calmó bastante y ayudó a que pudiera cerrar los ojos tranquilamente.

—¿Por qué me ayudas? —preguntó Kitsune medio dormida.

La llama reaccionó a su pregunta moviéndose entre las patas de Kitsu y soltando un pequeño ruido.

—Pensaba que todo lo que tenía que ver con el Dios del Caos era malo —dijo mientras cerraba poco a poco sus ojos.

La llama se movía de derecha a izquierda.

—¿Me estas diciendo que no es cierto? —preguntó estirando una pata y apoyando su cabeza ahí.

La llama seguía moviéndose de derecha izquierda.

—¿Qué no es malo?¿O qué sí es malo? No te entiendo —levantó la cabeza del suelo.

La llama seguía moviéndose de la misma forma.

—Madre mia, mi llama salió defectuosa —exclamó girándose, mirando hacia el otro lado. Pero al ver la oscuridad de la zona, volvió a girarse rápidamente. —Pero al menos iluminas algo —contestó algo sonrojada, mientras cerraba los ojos.

La llama, al ver que no la comprendía dejó de moverse, se situó cerca de su cabeza y atenuó la luz que producía para que no le molestase mucho al dormir.

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