Prólogo

Años atrás, en el interior de un enorme templo en las proximidades de los Terrenos del Caos, habitaba un dragón. Esta poderosa criatura podía crear ilusiones capaces de confundir a cualquier criatura de Irybile. Sus más fieles sirvientes, Las Garras de las Sombras, se encargaban del cuidado tanto del templo, como del dragón que lo habitaba,  y a cambio, este ofrecía protección a la especie. Hasta que un  fatídico día llegó y el dragón cayó gravemente enfermo. Sus sirvientes, entristecidos por la terrible noticia, decidieron acudir al templo a diario para realizar ofrendas al dragón. Este, al ver la preocupación de sus sirvientes, decidió sellar parte de su poder en un arma mágica.

—Dejaré este vestigio como señal de agradecimiento a vuestra especie. Para poder reclamarlo, el portador deberá llevar consigo la joya de la corona de la tribu. Si está brilla, el guardián lo aceptará como el elegido.

Al finalizar esas palabras, una pequeña criatura tomó el arma y se la llevó consigo hasta las entrañas del templo. Las Garras de las Sombras le agradecieron el gesto, pero al mismo tiempo, quedaron extrañados al ver que no eligió un elegido entre los presentes.

Tras el fallecimiento del dragón una terrible hambruna azotó a la especie. La caza se les dificultó, las cosechas no daban frutos y los siervos del Caos atacaban constantemente sus territorios, causando gran cantidad de bajas entre la población.

Las Garras de las Sombras probaron y probaron con la esperanza de que uno de ellos fuese el elegido, pero ninguno de ellos recibió la bendición de su protector… Hasta que no apareciese el elegido, las desgracias jamás cederían.

—Hasta que llegué yo y me quede con esa arma —Un humanoide con rasgos felino agarró de un salto la tablilla donde estaba la inscripción.

—Aunque no me gusta que el guardián pusiera trampas incluso para el elegido… —La gata se transformó en un sombra uniéndose con el suelo, logrando así evitar varias flechas se clavaron en el suelo que estaba pisando anteriormente. —Pero se lo perdonare, al fin y al cabo no le dan un arma a cualquiera —Una sombra amorfa salió del suelo tomando recuperando poco a poco su aspecto original.

Solo entrar en la siguiente sala, unas enormes lanzas electrificadas salieron disparadas de las paredes hacia ella, no obstante, al ver como se le acercaban dio un puñetazo al suelo y de su mano se extendieron sombras que se alzaron y repelieron los proyectiles. Aunque antes de que se pudiera levantar, un enorme péndulo de roca se abalanzó sobre ella a gran velocidad, pero con gran rapidez la gata pudo saltar hacia un lado para evitar la roca y aterrizó encima de uno de los numerosos esqueletos que había por el templo.

—Te lo mereces, por robar lo que es nuestro —dijo la gata tras patear los restos del esqueleto.

Al cruzar la sala llegó a una habitación oscura. Poco después de entrar allí escuchó un leve sonido y rápidamente se puso en guardia para estar preparada para lo que pudiese venir. Un temblor azotó toda la habitación y de la parte superior apareció un horrendo monstruo con dos cabezas y unos escalofriantes ojos que ardían en llamas, cuya cola y abdomen se derretían lentamente.

La gata aunque veía esa monstruosidad decidió avanzar hacia delante como si no existiera. La criatura, molesta porque no le prestaba atención, decidió golpearla con su zarpa, pero en lugar de impactarle, esta la atravesó sin hacerle ningún rasguño. La gata siguió avanzando ignorando por completo a esa criatura, la cual terminó por desvanecerse en el momento en el que salió de la habitación.

—Así que no solo engañan a la vista… interesante… —comentó la gata sonriendo.

La gata llegó hasta la cámara del guardián, un enorme cuarto iluminado por antorchas con el suelo cubierto por polvo y rocas. Extrañamente en esa sala no había ni rastro de peleas ni cadáveres, a diferencia de las anteriores. En medio de la cámara se encontraba un altar sobre el que yacía el arma de la que hablaban las leyendas.

—Se supone que debería estar aquí el guardián… —dijo la gata disgustada mirando por los alrededores—. Pensaba que cuando salía sellaba del templo, menuda vergüenza.

La gata subió por las escaleras que llevaban hasta la parte más alta del altar, y allí encontró una estatua de oro que sostenía una vara mágica en las manos.

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—Yo no entiendo como no lo han robado ya. —La gata agarró la vara y la sacó de las manos de la estatua de golpe. —Y más con lo hermosa que es. —Comentó la gata acariciando la gran esfera que se sostenía en la cabeza de dragón que había en una de las puntas de la vara.

La gata se giró con intención de abandonar la cámara, pero en ese momento, la estatua empezó a brillar y una pequeña criatura de pelaje morado con alas de hada, una piedra en la frente y enormes orejas apareció en el lugar donde antes se encontraba la estatua.

—¿Dónde te crees que vas minina? —La criatura se levantó de la mesa y miró fijamente a la gata.

—¿Tú eres el guardián? —preguntó la gata sorprendida al ver el tamaño de la criatura.

—Claro que sí, soy Nyssar, el guardián de la vara del dragón de la ilusión —comentó Nyssar observando la joya que llevaba en la corona. —¿Y quién se supone que es la gatita que viene aquí a llevarse la vara? —preguntó Nyssar apoyando su mano con firmeza en la cadera.

—Me llamo Kira, soy la hija de los actuales sacerdotes de mi tribu, y la elegida para la vara —Se presentó Kira colocando la mano de la vara en el pecho.

—Eso lo decidiré yo. —Nyssar alzó el vuelo, colocó sus manos en la corona de Kira y apoyó su frente en la joya que la decoraba.

Las dos joyas brillaron al unísono. Al ver ese brillo, Kira cerró los ojos y agarró con fuerza la vara. Una vez cesó el brillo, Nyssar volvió a posarse sobre el altar.

—Años y años aguantando inútiles, ignorantes y egocéntricos intentando quitarme la vara, y ahora me dicen que se la darán a una cría… —Nyssar soltó un gran suspiro. —Esto debe ser una broma…

—Tranquilo, ya me voy, así no tendrás que verme nunca más. —Kira se giró malhumorada.

—¿A dónde te crees qué vas? —preguntó Nyssar cerrando la puerta de la cámara con sus poderes.

—Soy la elegida ¿qué más quieres? —Kira erizó su pelaje.

—¿En serio crees qué te irás con una arma sola por ahí? ¿Sin vigilancia? —preguntó Nyssar con tono irónico mientras bajaba de la mesa.

—¿Y quién me va a vigilar? ¿Tú? —preguntó la gata acercando su cara a Nyssar.

—¿Y quién va a ser sino? —respondió Nyssar acercándose más a la gata.

—¡Es una broma! ¡¿No?! ¿Y qué pasará con el templo? —preguntó la gata alterada.

—¿El templo? ¿A mi que me cuentas?, yo solo vigilo el arma y su portador, lo que le pase al templo no es problema mío —respondió Nyssar.

—¡No pienso dejar que me sigas! —Kira intentó golpearle con la vara pero este la esquivo con gran facilidad con un simple salto.

—¡Ahora verás! —El cristal que había en la cabeza de dragón de la vara de Kira empezó a brillar y de detrás de Nyssar surgió una enorme serpiente que se abalanzó contra él.

—Otra ilusa más en la lista… —Nyssar levantó su brazo y su joya empezó a brillar. Poco después de ese gesto la serpiente desapareció como si nunca hubiese estado allí.

—¡¿Cómo?! ¡No puede ser! —exclamó Kira al ver que el poder de la vara no funcionaba contra Nyssar.

—¿En serio pensabas que eso iba a funcionar conmigo? —Nyssar se rodeó de una aura morada al mismo tiempo que su joya brillaba con fuerza. Levantó la mano señalando hacia Kira quien fue golpeada por sus poderes psíquicos saliendo despedida hasta el final de las escaleras.

—Ahhhh… —Kira se intentaba levantar, pero tras el gran golpe con el suelo aun seguía asombrada.

—Yo no sé dónde escucháis que los guardianes tengan que ser fáciles de matar, y mucho más si es con el arma que están protegiendo. Es… simplemente, estúpido —comentó Nyssar cruzando sus brazos mientras miraba decepcionado el estado en el que se encontraba la gata.

—Pero si esta arma no puede ni contigo… ¡Dime! ¿Cómo puedo proteger a mi gente con ello? —preguntó indignada Kira mientras intentaba ponerse en pie con ayuda de la vara.

—Antes de responderte quiero que te plantees algo ¿Qué sentido tendría mi existencia si el arma que defiendo me pudiera neutralizar? —preguntó Nyssar mientras bajaba las escaleras.

La gata se quedó callada pensando en la pregunta que le hizo el guardián, pero no era capaz de encontrar una respuesta.

—Ninguna, ¿verdad? Cualquiera podría  el arma por un despiste, por suerte o por algún otro motivo por el estilo. ¿Qué? ¿Muero? ¿Eso significa que es digno? ¿Qué el arma es suya? —cuestionó a la gata en tono irónico.

—¡No! ¡Ya lo he entendido! —gritó Kira enrabiada.

—No te preocupes, el arma es poderosa, al fin y al cabo al empuñarla es como si el dragón te cediese sus poderes —comentó Nyssar una vez llegó al final de las escaleras.

—Entonces, ¿ahora qué pasará? —Kira tras varios intentos, pudo alzarse para estar sentada.

—El arma es tuya, pero como guardián estaré a tu lado para controlar que todo vaya bien y asegurarme que el portador sea apto —dijo Nyssar sentándose delante de Kira.

—¿Qué sea apto? —preguntó Kira.

—Me refiero a si eres merecedora de ese poder —contestó Nyssar apoyando su mano en la vara.

—¿Y qué ocurre si no lo soy? —preguntó Kira un poco asustada por lo que podría ocurrir.

—Depende, la solución podría oscilar entre destruir el arma o cederla a otro y matarte —Nyssar se levantó mirándola seriamente.

Kira tragó saliva con fuerza mientras observaba su vara con cierta preocupación.

—Debes entender que todo poder conlleva una responsabilidad —dijo Nyssar mientras le levantaba la cara de Kira con sus manos.

—No digo que estés equivocado, pero creía que esto sería distinto —explicó Kira mientras apretaba la vara con fuerza.

—Ya me imagino, muchas criaturas venían aquí con la ilusión de que al conseguir la vara serían los mejores o de que si confiaban en ellos mismos podrían con todo, incluso se presentó algún que otro egoísta creyéndose que lograría matarme en un instante. La mayoría de esos acabaron convertidos en cadáveres —comentó Nyssar mientras alzaba el vuelo.

—Es algo que nos han enseñado desde pequeños —dijo Kira.

—Entonces pisa la realidad y verás que no es tan bonita como la cuentan —comentó Nyssar mientras levantaba a Kira con sus poderes.

—¡Dime! ¿Puedo proteger a los míos con esta vara? —preguntó Kira.

—La protección de tu especie no solo depende de ti y del poder de la vara. Todos deben colaborar para lograr lo que deseas, aún así dominar su poder es buen comienzo para lograrlo —respondió Nyssar mientras abría la puerta de la cámara.

—Sí es así, ¡entonces te demostraré que soy apta para el arma! —exclamó Kira al guardián.

—Que así sea —dijo Nyssar con una cálida sonrisa.

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