Capítulo 1: Un Rayo de Esperanza

Desde muy pequeña siempre tengo el mismo sueño, aunque realmente no se si a esto se le podría considerar sueño… Una ory aparece siempre en él, me habla como si se tratase de una criatura real. Apenas me habla sobre su día a día, ni siquiera se donde vive, solo se que esta cerca del territorio del Dios del Hielo. Pero a pesar de que no conozco mucho sobre sus quehaceres, sí que conozco historias sobre su especie y su pasado, historias que son desagradables de oír.

Según la información que encontré, su especie es conocida por ser unas de las más sucias del continente. Y no sucias en el sentido de higiénicas, sino de alma. Criaturas sin moral ni ética, pensando en si mismos como si no existiese nada más, viviendo a merced de sus sentidos más salvajes, despojados de su propia humanidad. A vista de cualquier Dios sería lo más repugnante y vergonzoso que pudiese existir… Mi amiga lo sabía, sus sentimientos eran los mismos. Por eso, con cinco años, fue frente al Dios del Hielo y le otorgó su voto de castidad, quería demostrar que incluso dentro de la sucia roña que era su especie, podía surgir una criatura con sentimientos e ideales nobles. Por supuesto, deshonrar una promesa como aquella frente un Dios sería una grave ofensa tanto para él como para la criatura que lo rompiera, pero el Dios sorprendido por el valor de esa pequeña decidió aceptar.

Mi amiga fue tan feliz al escuchar aquella respuesta, siendo de las pocas cosas que me recalcó y me explicó con detalle. Pero aún así temía la respuesta de su especie. Al ver uno de ellos que intentase sobresalir, que se creyera mejor que ellos, lo más seguro es que intentarían detenerlo. No obstante, el Dios al saber que podría estar en peligro le regaló dos gemas.

—Nadie más que tú será capaz de romper este pacto. —Las palabras del Dios relajaron a mi amiga y reforzaron su confianza. Si alguien intentaba tocarla  o alterar su decisión moriría por sus actos.

Al salir del templo, ocurrió algo que la sorprendió aún más que todo lo anterior. Encontrarse a su padre esperándola frente al templo.

Normalmente los padres abandonan las crías poco después de nacer. Pocos ory se dignaban a quedarse con sus crías, pero en su caso fue así. Su padre se quedó junto a ella para protegerla y cuidarla. Pero aunque en un principio pensase que tras abandonar su hogar para hacer esa promesa le haría enfadar, no fue así. Todo lo contrario, la apoyó y le prometió su ayuda para cumplir con su juramento.

Con su padre a su lado, regresó al lugar donde vivían, pero como era de esperar la especie no les recibió con los brazos abiertos… Le atacaron con el propósito de arrebatarle el cristal que le otorgó el Dios. No obstante su padre no dudó ni un momento de salir en su defensa frente a todos aquellos que les acercasen, y por si a su padre se le escapase alguno, el poder del cristal se encargaba del resto.

A día de hoy aún sigue llevando sus cristales, protegiendo su promesa, enseñando a las crías valores e intentando separarlas del mundo oscuro donde vivían.

—¿Acaso no es así Alecrassia? —preguntó Kira con una sonrisa en su rostro.

—¿Cómo quieres que te responda? Solo te he escuchado murmurar amiga mía —comentó una coneja humanoide con unas enormes orejas riéndose mientras se acercaba a Kira.

Otra vez el mismo sueño, un espacio sin fin teñido de unos bellos colores blanquecinos y amarillentos… Y ella…

—Aún mantienes tu promesa, ¿no? —Kira se sentó en el suelo y sostuvo enfrente suyo la vara del dragón.

—Por supuesto —contestó guiñando el ojo e mostrando las joyas de sus orejas—. ¿Y tú? ¿No tienes nada que decirme? —Alecrassia se estiró frente a Kira y pasó su dedo suavemente por la vara.

—A ti no te hace falta que te diga nada, seguramente ya lo sabrás —comentó Kira dando un ligero golpe en la cabeza de Alecrassia con la vara.

—¿Tanto te molesta que te siga el guardián? —cuestionó Alecrassia apoyando su mano en la cara.

—Claro que sí. —Kira se levantó y se giró con el arma en la mano. —Me hace sentir como una niña…

—¿Acaso no lo eres? —preguntó Alecrassia

—¡¿Cómo?! ¡Tengo ya veintitrés años!  —Kira se giró bruscamente sorprendida.

—¿Cuantos crees que debe tener el guardián, o las otras criaturas de este continente? —Alecrassia se levantó rápidamente.

Kira calló de golpe y bajó la cabeza. Se podía percibir como apretaba con fuerza los dientes intentando contener su rabia.

—Kira, te conozco… —Alecrassia se acercó a ella, la agarró y apoyó su cabeza a la de ella. —Es imposible que no te vean como una cría, pero… ¡Demuestrales que no eres una inmadura! —dijo Alecrassia con determinación.

A Kira se le iluminaron los ojos. Kira sujetó con la vara con las fuerzas renovadas por el comentario de Alecrassia y elevó de nuevo la cabeza.

—¡Lo haré!

—Debo irme, recuerda que te estaré observando —dijo Alecrassia con una sonrisa tras soltar a Kira. —Hasta mañana. —Alecrassia desapareció del lugar rodeada de un hermoso brillo azulado.

—Hasta mañana…

—¡Kira! —Una voz resonó por toda la zona.

—¿Quién me llama?—preguntó Kira observando los alrededores.

—¡Kira, despierta! —La voz cada vez sonaba con más fuerza.

—¿Nyssar?

Kira despertó en su cuarto tras recibir un golpe de Nyssar en la cara.

—Al fin despiertas —dijo Nyssar cansado de llamarla.

—Creo que la bofetada sobraba —comentó Kira molesta mientras acariciaba su mejilla.

—Espabilate gatita, debemos partir pronto —Nyssar bajo de la cama de un salto y salió de la habitación.

Kira se levantó de su cama y fue directamente al armario. De allí cogió su corona, una bufanda y su vara. Una vez terminó de vestirse, salió corriendo hacia el comedor, donde la esperaban su madre y Nyssar.

—Kira, ¿ya estas lista? —preguntó su madre al verla entrar.

—¡Sí! —respondió Kira enérgicamente.

—Te dejo a ti el mapa Nyssar. Cuida de mi hija por favor —dijo su madre mientras le daba un pergamino.

—Tranquila, déjalo en mis manos —comentó Nyssar mientras agarraba el mapa.

Kira hizo un gesto para responderle, pero tras una breve pausa acabó por no hacerlo.

—¿Pasa algo Kira? —preguntó Nyssar al ver la reacción de su compañera.

—No… No es nada. —Kira desvió la mirada hacia otro lado.

—Debéis partir, os deseo mucha suerte —comentó la madre de Kira dándole un beso a la mejilla de su hija.

—Gracias madre, nos vemos.  —Kira se giró y empezó a dirigirse hacia la puerta.

Nyssar observó en silencio como Kira abrió la puerta de su casa y salió de ella sin esperarle. Ambos se miraron algo extrañados debido a la melancolía que se desprendía de Kira.

—Es mejor que vaya con ella. —comentó Nyssar, acompañándolo de un suspiro, al travesar la puerta de la casa.

Tras salir de la casa, Nyssar pudo ver de nuevo todo el poblado de la Garras de las Sombras. Como era de esperar de un asentamiento situado en un pantano, era una zona bastante húmeda. Las pocas casas que había estaban construidas sobre tablones de madera para así evitar las variaciones en el nivel de agua del pantano, pero el estado de muchas de ellas era completamente deplorable. No obstante, lo que más lástima daba era ver a algunos miembros de la tribu teniendo que dormir al descubierto porque les habían destruido su casa o como parte de ellos no tenían que echarse a la boca debido a la escasez de alimentos.

—Esto es horrible… —Nyssar tras observar la zona en la que se encontraba, pudo ver a Kira observando su poblado desde lo alto de una pequeña elevación del terreno..

—¿Kira? —preguntó Nyssar mientras se acercaba volando hacia ella.

—Vamonos… —Kira tardó unos segundos en reaccionar. Cuando volvió en sí, bajó de la elevación y fue directa hacia los límites del pantano.

Nyssar podía percibir la tristeza que sentía Kira al ver su tribu en aquel estado. Sabía que estaba perdida en sus pensamientos, y por eso decidió seguirla sin decir nada hasta que pudiese aclarar sus sentimientos.

Al llegar a los límites del pantano Kira se paró en seco.

—Sabes que sin una montura tardaremos una eternidad, ¿verdad? —preguntó Nyssar mientras miraba los frondosos bosques que había a lo lejos.

—Lo se… Tocará preguntar a las criaturas del bosque, tal vez alguna nos ofrezca su ayuda a cambio de algo —respondió Kira más fría de lo habitual al observar su hogar desde la distancia.

—Si quieres ayudarlos, habrá que espabilarse —dijo Nyssar levantando el vuelo.

Kira sin decir nada asintió y retomó el camino fueron hacia los bosques frondosos a los límites de los Terrenos del Dios del Caos junto a Nyssar, que la seguía de cerca.

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