Prólogo

En el continente de Irybile, cerca de los terrenos del Dios del Caos, se contaba que tiempos antaño hubo una civilización humana que recolectaba y almacenaba diferentes artefactos de gran poder. Cuando Hika, Dios de la Justicia, averiguó que cerca de los territorios del Dios del Caos podían encontrarse tales armas, no dudó en enviar a Elay, uno de los sacerdotes de más rango de sus filas, junto a Denessy, una sacerdotisa experta en artefactos mágicos, y sus dos pupilos Sayzer y Nery. Su objetivo era averiguar si la existencia de esos objetos era cierta y en caso de que así fuese, recuperarlos antes de que cualquier esbirro del Caos lograse poner sus manos sobre ellos.

Cuando los sacerdotes llegaron a los restos de la ahora abandonada capital de aquella civilización, pudieron apreciar las ruinas de casas, murallas, castillos y los restos de las que  en sus tiempos debían ser esplendorosas estatuas. Pero por desgracia,el estado de aquellas ruinas era peor del que pudieran haber imaginado. El agua inundaba los pisos inferiores de los distintos edificios; la vegetación,  que crecía por todos lados, cubría los pocos restos de la ciudad que no estaban sumergidos; y grandes cantidades de barro tapaban las escasas zonas vacías que quedaban.

Los sacerdotes estuvieron horas buscando cualquier rastro de aquellos artefactos, pero no lograron encontrar ni una pequeña pista. Antes de que se rindieran y dieran la búsqueda por finalizada, dos pequeños seres, que caminaban sobre cuatro patas, aparecieron de entre las sombras de las ruinas.  El cuerpo de esas criaturas estaba envuelto por unas llamas negras con matices verdes y sus feroces ojos violeta ardían como si fuesen dos esferas en llamas.

—¡Esbirros del Dios del Caos! —exclamó Nery echándose hacia atrás.

—¡Espera! Son esbirros del Dios de la Muerte —dijo Elay mientras avanzaba hacia las criaturas.

Las criaturas empezaron a clamar observando a los sacerdotes y una de las dos se había puesto a mordisquear la túnica de uno de Elay. Parecía que algo les había inquietado.

—¿Qué queréis de nosotros? —les preguntó el sacerdote.

Las criaturas cada vez clamaban con más fuerza. Los sacerdotes extrañados por su forma de actuar intentaban averiguar por qué actuaban así, pero antes de que pudiesen descubrirlo,sus clamidos cesaron de golpe cuando un sonido metálico resonó entre las ruinas.

El ruido que cada vez se escuchaba más fuerte, empezó a ir acompasado a unos terribles temblores de la tierra que tenían bajo sus pies. Todos los sacerdotes y  criaturas dirigieron sus miradas hacia el lugar del que e procedía el sonido y vieron como de entre los edificios apareció una criatura de mayor tamaño que las otras. Su aspecto se asemejaba al de un cánido, pero en su espalda crecían unas pequeñas alas emplumadas de las que surgían llamas de distintos colores.

—Enviados de Hika. —La voz de la criatura resonó en las cabezas de los sacerdotes.

—Otro esbirro del Dios de la Muerte —susurró Sayzer.

—¿Qué deseas de nosotros? —preguntó Denessy.

—Seguidme, rápido —respondió el esbirro.

Rápidamente se dio la vuelta y empezó a dirigirse hacia el lugar del que provenía acompañado del chirriante sonido metálico que hacía al andar. Cuando ya había avanzado unos cuantos metros se detuvo y giró su cabeza esperando la reacción de los sacerdotes.

—¿Estás seguro de que podemos confiar en él? —le preguntó Nery a su líder.

—No te preocupes, quien nos guía es un esbirro del Dios de la Muerte —respondió mientras empezaba a seguir a esa criatura.

El resto de los sacerdotes decidieron confiar en el juicio de su superior y le acompañaron hacia donde les guiaban aquellas criaturas

—Encontrásteis algo, ¿me equivoco? —preguntó Elay con cierta esperanza en el rostro.

—Sí, quiero que esa cosa se mantenga lejos de aquí — le respondió el esbirro mientras avanzaban. —¡Vosotros, id a desenterrarlo! —ordenó a las pequeñas criaturas que lo rodeaban.

Tras su orden, las pequeñas criaturas que le acompañaban corrieron hacia delante  hasta que desaparecieron de la vista de los sacerdotes a causa de la niebla que rodeaba la zona. Todos los sacerdotes exceptuando el líder, no estaban seguros de que seguir a esas fuese a ser una buena idea, pero cuando ya pensaban que las cosas no podrían ir a peor, sus dudas y sus temores se incrementaron a causa de un fuerte temblor que azotó toda la zona.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sayzer.

Muy a lo lejos, pudieron ver como poco después de que una enorme columna de luz ascendió hasta el cielo, cinco rayos de energía, desprendían una enorme cantidad de energía, fluyeron rápidamente por el suelo pasando por debajo de ellos y continuaron avanzando hasta donde su vista alcanzaba.

—¡Rápido, hay que llevarse eso de ahí! —exclamó la criatura avanzando con rapidez.

Los sacerdotes, sin pensárselo dos veces, empezaron a seguir a la criatura lo más rápido que podían hasta que llegaron a un enorme cráter. Allí dentro encontraron a las pequeñas criaturas del Dios de la Muerte dando vueltas alrededor de un cáliz que contenía un pergamino.

Una de las criaturas agarró la copa con la boca y de un salto subió hasta la parte superior del agujero donde se encontraban los sacerdotes observando la escena.

—¡Idos! Antes que llegue el Dios de la Nigromancia —dijo la criatura inquieta mientras golpeaba el suelo con sus patas delanteras.

Tras esas palabras, la criatura saltó por encima del cráter y en unos pocos segundos desapareció entre las ruinas.

—Dejanoslo a nosotros —comentó el líder agarrando el cáliz y el pergamino de la boca de una de las criaturas.

El grupo de sacerdotes se apresuró a abandonar las ruinas y no tardaron mucho en llegar hasta el exterior de estas, donde les esperaba un enorme dragón dorado con marcas negras que le recubrían el cuerpo.

—¿Habeis encontrado algo interesante? —preguntó el dragón que ya se había aburrido de esperar.

—Sí mi señor, hay que llevárselo rápidamente al Dios Hika. —Elay, orgulloso, le mostró los objetos que habían encontrado al dragón.

—¿Ya está? ¿Un simple cáliz? Pensaba que con todos esos rayitos de luz me traeríais algo más impresionante. —El dragón extendió sus alas, preparándose para emprender el vuelo. —Anda, subid antes de que me arrepienta.

—Agradeceria que fuerais los más rápido posible —dijo Sayzer, mientras todos se subían encima del dragón.

—Humano, si lo deseas, podría dejarte aquí para ir más rápido  —comentó el dragón mientras empezaba a mover sus alas para emprender el vuelo.

—No por favor, mi señor… —dijo el sacerdote temeroso.

—Entonces calla y sube —le respondió el dragón con un tono amenazante.

Al escuchar esas palabras, Sayzer se apresuró todo lo que pudo para no ser abandonado a su suerte en ese lugar.

Durante el trayecto, los sacerdotes se dedicaron a hablar entre ellos sobre el pergamino que acompañaba al cáliz. Estaba en mejor estado que el resto de cosas que había en las ruinas, pero eso no quitaba que su estado fuese deplorable. No obstante, todos ellos estaban bastante sorprendidos por el aspecto del cáliz, que a diferencia del resto de cosas, se encontraba en perfecto estado, como si hubiese sido sacado de entre los tesoros de algún rey poderoso.

Tras unas escasas horas de viaje, el dragón aterrizó frente al templo del Dios de la Justicia de Irtrisia. Una imponente ciudad situada en el centro de un gran lago que se encontraba en un hermoso valle rodeado por montañas al norte y un frondoso bosque al sur.

—Se acabó el viaje, ya estáis tardando en bajar —comentó el dragón.

Tras decir eso, cerró sus alas y se agachó para facilitar que los sacerdotes bajaran de su lomo.

—Le agradecemos su ayuda, mi señor —comentó Denessy al bajar.

—Agradéceselo a Hika, si no fuera por él,  no os habría ayudado —respondió el dragón mientras levantaba sus alas una vez bajaron todos los sacerdotes.

—Eso haremos —dijeron los sacerdotes al unísono

—Cuidese mi señor, espero que nos volvamos a ver. —Elay agachó la cabeza en señal de respeto.

—La próxima vez que me avisen, que no sea para acompañaros a recoger una copita —comentó el dragón antes de volver a alzar el vuelo

Una vez el dragón desapareció de la vista de los sacerdotes, Elay se giró con el pergamino en las mano y lo apretó con fuerza.

—Maldita sea los dragones y su arrogancia —El líder del grupo se quejó apretando con fuerza el pergamino entre sus manos.

—¡No! ¡Con eso no! —Denessy que estaba en posesión del cáliz, le quitó el pergamino antes de que pudiese dañarlo más de lo que ya estaba y le dio una hoja de uno de los árboles de los alrededores.  —Ahora ya puedes desahogarte.

—¡Ahhh! —Elay rompió en trocitos la hoja irritado.

—Era la forma más rápida y segura de explorar esa zona —comentó Nery al mismo tiempo que abría las puertas del templo.

—No te digo que no, pero hay algunos que son insoportables —comentó Elay mientras entraba por la puerta.

—Dentro de lo que cabe ese era agradable —dijo Denessy al entrar con el cáliz en la mano.

—Preferiría creer lo contrario. —Finalmente, Sayzer entró en el templo cerrando las puertas tras de sí.

Una vez entraron todos, se dirigieron sin desperdiciar un solo minuto hacia la sala del trono donde les esperaba su Dios. De camino allí pudieron ver al resto de sacerdotes, que se había quedado allí, alterados y moviéndose por todo el templo a causa de los rayos de luz que emanaron de las ruinas. Una vez frente a las puertas de la sala del trono, Elay agarró el cáliz y el pergamino, y entró solo a la estancia.

—Por fin estáis de vuelta, espero que traigas lo que haya causado todo ese alboroto —Una pequeña criatura algo más grande que un gato y de un pelaje blanquecino, que lucía una brillante corona en la cabeza, se levantó de la mesa y se acercó al sacerdote.

—Sí, mi Dios —El sacerdote se arrodilló ante él y le extendió el cáliz junto al pergamino.

—Veamos que tenemos aquí —dijo Hika el pergamino y el cáliz agarrando con sus dos colas.

Hika se dirigió hacia su mesa, donde abrió el pergamino con sus zarpas delanteras para intentar leer lo que allí estaba escrito.

—Santo Grial… Invocan siete héroes… Guerra donde… queda uno… Artefacto que concede cualquier deseo… Al menos, eso debería ser así… ¿Qué ignorante escribiría sobre algo acabando en un “al menos debería ser así”? —preguntó Hika un poco sorprendido al leer el pergamino. —¿No había nada más? —le preguntó Hika a Elay.

—No, mi Dios, es lo único que pudimos hallar —respondió el sacerdote entre lamentaciones.

—Con lo que habéis traído no se puede sacar nada en claro. Apenas puedo entender de qué va esto. Una guerra de siete héroes… Para empezar, ¿qué se considera héroe? —Hika estaba algo confundido, aún así seguía intentando descifrar el pergamino.

—¿Qué hacemos mi Dios? —preguntó el líder del grupo de sacerdotes.

—Que desastre… Hay que avisar a Mizyl, se supone que se invocarán siete… ¿Cosas?… Da igual, sea lo que sea, hay que tenerlos controlados. Eso de que les pueden conceder cualquier deseo… —comentó Hika balanceando el grial con la cola.

—¿Y quién se encargará de ello? —El sacerdote se levantó esperando la respuesta de su Dios.

—Dile a mi apoderada que vaya —respondió Hika agitando su zarpa para que se fuera.

—Tras lo que pasó con Thylos… creo que merece un descanso —comentó Elay un tanto apenado.

—Lo que me faltaba por escuchar… ahhhgg… De acuerdo, avisa algún dragón para que vaya en mi nombre —dijo Hika mientras paseaba su zarpa por su cara.

—El último dragón parecía molesto por que le llamasen para ir a recoger un simple artefacto, no puedo imaginarme cómo se pondría si le llamasen para ir a avisar a Mizyl… —comentó el líder recordando las palabras del dragón dorado.

—Entonces, ¿qué tal si vas tu? —preguntó Hika harto de la actitud que presentaba el sacerdote.

—Creo que su apoderada ya habrá descansado suficiente, iré avisarla cuanto antes —dijo Elay mientras se retiraba rápidamente de la sala.

—Como puede tener tan poca vergüenza —susurró Hika mientras veía el sacerdote marcharse—. Ya me aseguraré que tú no puedas cumplir ningún deseo.

El Dios agarró el grial y lo tiró detrás de él con todas sus fuerzas, no obstante, antes de que este impactase contra el suelo se abrió una pequeña trampilla que se cerró inmediatamente una vez el cáliz la cruzó.

 

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