Capítulo piloto

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Cuentan las historias que mucho tiempo atrás cuando los distintos dioses aún combatían por hacerse con sus territorios apareció una misteriosa criatura. Debido a su naturaleza escurridiza casi toda la información que se posee son rumores. Durante siglos las distintas generaciones de dioses de la justicia hemos intentado averiguar su veracidad, ya que estos hablan de innumerables muertes que han ido aumentando en magnitud y frecuencia en los últimos tiempos, concretamente desde que el Dios del Orden y los otros miembros de su facción empezaron a interesarse por él. Por suerte o por desgracia esta serie de sucesos recientemente está ocurriendo en las cercanías de unas montañas mayormente deshabitadas en una península al sur, en un castillo anteriormente residencia de la Diosa Celeid protegido por las fuerzas del orden, pero por muchos intentos de descubrir qué ocurría siempre encontraban alguna forma de ocultarlo. Cabe tener en cuenta que poco antes de que empezasen a darse dichos acontecimientos la Diosa Celeid, vasalla del Orden, inició un tratado con el Dios del Agua, asunto con el que puede estar vinculado teniendo en cuenta las tensiones existentes entre los dos. Es posible que mediante ese trato hayan logrado encontrar un método para controlar los daños causados por esa criatura después de los destrozos ocasionados la primera vez que ocurrió, pero a diferencia de lo que pensaran solo ha acabado llevando a una mayor constancia de los hechos. Como actual Dios de la Justicia, yo, Hika, me he comprometido a detener estas calamidades y cualquier otro evento dirigido a perturbar la paz en el continente. Por ese motivo me dispongo a viajar a los lagos centrales para pedirle información al Dios del Agua, ante la negativa de la facción del Orden a proporcionarla.

*****

 —¡Dad la alarma, algo le ocurre al prisionero!

Reaccionando a esa voz las campanas de la fortaleza empezaron a sonar con fuerza. Con presteza los distintos miembros que componían la guarnición se apartaron de los calabozos, mientras una doncella se preparaba para la batalla. Se ató en la cintura un vial que previamente había rellenado con agua bendita, se colocó una coraza sobre la túnica que llevaba puesta y envainó su espada para dirigirse a los calabozos.

En cuestión de minutos aquella doncella a la que nombraban “Santa” llegó donde se encontraba el prisionero. Estaba retorciéndose de dolor, su cuerpo quedó cubierto por marcas rojas que parecían arder y cierto olor a quemado emanaba de él.

—Lo siento. —Una voz que no pertenecía a ninguno de los allí presentes se escuchó en la fría prisión.

Tras eso un fuerte grito resonó en la fortaleza. El cuerpo del prisionero se estaba deformando, y en su rostro quedaba representado el terrible dolor por el que estaba pasando. Aquellas terribles marcas ahora recubrían por completo su cuerpo y de ellas emanaban borbotones de sangre. Sin embargo, más que sangre parecía brea en llamas. Sus extremidades crujieron y comenzaron a asemejarse a las de un animal. Diversos zarcillos de llamas nacieron de su espalda incinerando todo aquello con lo que entraban en contacto.

La doncella, viendo que no podía hacer nada, mientras contemplaba atónita como las llamas iban consumiendo a aquel pobre infeliz, decidió que su mejor opción era dirigirse a la capilla de la fortaleza. El camino no era muy largo, aún así el tiempo no estaba a su favor. En el pequeño vial que tenía preparado no llevaba suficiente agua bendita para detener aquello que se avecinaba.

Ya casi había llegado cuando un fuerte rugido hizo temblar la construcción. El techo de los calabozos se había desmoronado y una columna de llamas energía del lugar. En poco tiempo la columna fue tomando la forma de un reptil gigantesco. Aquellos zarcillos que antes crecían del torso del prisionero, ahora tenían el colosal tamaño de aquel reptil. El caos empezaba a reinar en la fortaleza, y en cuestión de segundos casi una tercera parte de la estructura había sido destruida y de las llamas nacían criaturas de aspecto dracónico dispuestas a acelerar la destrucción que aquel ser causaba.

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Ya era demasiado tarde para purificar al prisionero, y solo quedaba una opción para evitar la expansión de esta calamidad. Ignorando el estruendo del exterior la doncella inició los preparativos de un ritual. Su objetivo era confinar a la criatura hasta que la destrucción acabase, y lo llevaría a cabo aunque eso le costase la vida.

Los minutos iban pasando y cada vez la destrucción era mayor, los pocos guardias que quedaban se vieron abrumados por las hordas que no paraban de generarse a partir de las llamas y la fortaleza ya había sido destruida casi en su totalidad. La doncella estaba finalizando los preparativos cuando dos criaturas irrumpieron en la capilla. Haciéndoles caso omiso, prosiguió, dispuesta a terminar aquello que empezó. Una de las bestias se abalanzó sobre ella, desgarrando parte de su espalda.

La doncella gritó.

La zarpa no solo le había causado una herida profunda, las propias llamas que envolvían a aquel ser comenzaron a consumirla. Cayó abatida al suelo, pero aun así tenía una sonrisa dibujada en su rostro.

—He logrado cumplir mi misión. —Unas últimas palabras salieron de sus labios al mismo instante que una gran barrera de agua envolvía toda la fortaleza. Toda criatura generada por aquel ser con aspecto de dragón desaparecía en contacto con ella y el coloso de llamas parecía retorcerse de dolor al tocarla.

Con el paso de las horas el ser se fue desvaneciendo, dejando en aquel lugar un enorme cráter. En él quedaron unos pocos restos de lo que antes era una gran fortificación y los de varios cuerpos carbonizados. Parecía no haber sobrevivido nadie, pero de entre las ruinas salió una misteriosa criatura que se asemejaba a un dragón huyendo del emplazamiento.

*****

Era una noche fría de tormenta.

En los templos de la Bendición se palpaba la preocupación, pues días antes,  los territorios del Dios del orden fueron azotados por una catástrofe y la posibilidad de que se extendiera era algo que nadie deseaba.

Una persona encapuchada había dejado una pequeña cesta a la entrada del templo, desapareciendo por donde vino con la misma presteza. Sonó un trueno y tras este, alguien empezó a llorar. Los sacerdotes no tardaron en percatarse de ello y un poco sorprendidos recogieron la cesta en la que se encontraba una pequeña niña. Una vez dentro se encargaron de secarla y cambiarle las ropas para evitar así que enfermase.

Al día siguiente, mientras una novicia se ocupaba del cuidado de la criatura, se dio cuenta que esta tenía una pequeña marca en el abdomen. Aquella marca, que para una persona normal no se salía de lo común, estaba revolucionando a todos los que allí se encontraban. Su forma parecía la de un dragón y eso causó que muchos la relacionaran con Thylos, llegando incluso a considerarla como un presagio de mala suerte que llevaría a la ruina a ese templo. Pasaron las horas mientras los sacerdotes intentaban llegar a un acuerdo sobre qué hacer con ella, hasta que finalmente decidieron que lo más sensato sería avisar a Celeid, Diosa de la Bendición, a quien ellos servían. Pero unos pocos, descontentos con la situación, creyeron que también sería conveniente avisar al Dios del Agua sin que los otros se enterasen, para así evitar un juicio que pudiese verse nublado por los eventos recientes.

Había pasado un día tras eso. La calma del templo había desaparecido completamente cuando las puertas del templo se abrieron de par en par. Entró a lo que a primera vista sería otra sacerdotisa, pero esta relucía unas inmensas alas, que al entrar dentro del edificio recogió, desapareciendo de su espalda entre unas bellas luces. Su vestimenta lucía unos brillantes adornos de bronce, que destacaban sobre su vestido blanco. Todos quedaron atónitos al verla. Se apartaron para dejarle paso mientras un grito se escuchaba desde la puerta.

—Abrid paso a la Diosa Celeid.

La Diosa, al entrar, miró hacia todos los lados y alzó su voz.

—¿Dónde está la criatura de la que se me informó?

Al proclamar esas palabras, una sacerdotisa fue donde se encontraba la Diosa y la acompañó hasta una sala del templo donde había una cuna con un bebé dentro, envuelto en sábanas.

Fue hasta la cuna y retiró con cuidado las sábanas para ver al bebé. En ese momento se percató de la marca del abdomen, y de ella surgió la rabia, soltó de forma brusca la sábana encima del bebé. Se alejó de la cuna y miró por la ventana, pensando en lo que se podía hacer.

Las sacerdotisas, nerviosas y preocupadas por la posible decisión de Celeid, tardaron bastante tiempo en atreverse a preguntarle.

—Mi señora, ¿qué le parece marca?.

Ante esas palabras la Diosa se giró para responderlas con gran seriedad.

—Sin duda esto es un mal presagio, esta niña portará a Thylos y causará desastres allá a donde vaya. Como Diosa de la facción del Orden, dictamino que esta niña debe ser ejecutada.

—¿Realmente hay que llegar hasta ese punto? —contestó totalmente alterada una sacerdotisa al escuchar la decisión de Celeid.

—¿Vais a cuestionar mi decisión?—. Alzó la voz, enfadada por la respuesta que vio en las sacerdotisas.

Éstas no eran capaces de contrarrestar sus palabras, así que callaron y bajaron la cabeza en señal de arrepentimiento. Pero en ese momento, se escuchó un alboroto que azotaba la sala central del templo. Portazos y gritos de los demás sacerdotes resonaban con fuerza.

—Espere señor, no es ahí.

—Cálmese mi Dios, la criatura está bien.

Celeid se preocupaba por momentos, su mirada fija hacia la puerta indicaba que algo que le desagradaba se estaba acercando. Los golpes cada vez venían de más cerca. Fuese lo que fuese que los provocara se acercaba cada vez más. En un momento, la puerta se abrió de golpe y entró en la sala un pequeño animal azulado con dos sacerdotes detrás, intentando calmarlo.

—Celeid, esto ha llegado demasiado lejos. No permitiré que le hagas nada a esa criatura.

Después de sentenciar tales palabras se dirigió a la cuna para asegurarse que no le habían hecho nada al bebé.

Subió a la cuna y, viendo que no tenía ningún rasguño, suspiró de alegría.

—Menos mal que no te ha pasado nada, pequeña. Tranquila, esa Diosa vieja y rabiosa no te hará daño. —Dicho esto bajó de la cuna y miró con rabia a las sacerdotisas del cuarto—. ¿Veis normal lo que ibais a hacer?

Las sacerdotisas callaron ante esas palabras. Incluso a ellas les parecía exagerada la decisión de Celeid.

—Ya veo, como la rubia dijo que debíais matar a la niña, vosotras le ibais a hacer caso. Qué vergüenza. —comentó con rabia mientras desviaba la mirada de ellas para centrarse esta vez en la diosa.

Se puso delante de ella y, señalándola con la pata, continuó.

—¡Celeid!, qué excusa tienes para esto. Ibas a matar a una inocente en mis dominios.

Celeid se mostraba muy enfadada ante la aparición de esta criatura. Sabía que era de los pocos que podían impedir que cumpliera con su misión.

—Señor Mizyl, me ciño a mi deber como Diosa de la Bendición —comentó con sutileza pero sin poder esconder la rabia que contenía dentro.

Mizyl puso cara de sorpresa ante esas palabras. Realmente no se creía que a eso se le pudiera llamar deber.

—Ohh. Celeid, ¿me lo dices en serio? Me pareces extremista, haces todo esto por una marca.

Mizyl se movía de un lado para otro, murmurando. Celeid se molestaba aún más al ver que ese Dios no entendía sus motivos. La tensión se palpaba en el ambiente, las sacerdotisas no sabían cómo reaccionar ante tal situación. Mizyl alzó la cabeza y se acercó a la cuna, donde volvió a subirse para observar a la niña. Realmente daba la sensación de que esperaba algo. Ante eso, Celeid dudaba. Se notaba que Mizyl estaba alargando como podía el tiempo, pero no era capaz de imaginarse para qué.

Al poco rato en la cara de Mizyl surgió una gran sonrisa que alteró a la Diosa. Estaba claro que algo tramaba, así que no dudó en preguntarle al respecto.

—¿Mizyl porqué sonríes de esa manera? —preguntó extrañada.

—No es nada, solo me alegro de que podremos zanjar el asunto de una vez por todas —dijo con una gran sonrisa mientras jugueteaba con la niña.

Con esa respuesta, sorprendió a Celeid, que empezó a pensar qué podría ser aquello. Fuera lo que fuera no le gustaba nada la idea, a este paso solo conseguirían el renacimiento del monstruo y, por ende, provocar otro desastre.

Se escuchó un portazo de la puerta del templo principal, y a continuación un gran golpe en el suelo. Celeid no se quería imaginar que podría ser eso, pero desgraciadamente tendría que lidiar con ello también. Mizyl miró hacia la puerta con su gran sonrisa a la espera de que se abriese. Un sacerdote la abrió y entró una criatura aún más pequeña que Mizyl, de hermoso pelaje con reflejos verdosos.

—¿Cómo ha ido el viaje, mi querido Hika? —comentó alegremente por la aparición de este pequeño.

—Mizyl, te aseguro que es la última vez que monto en uno de tus esbirros —contestó mientras se acababa de sacudir su pelaje.

Mizyl dio una fuerte carcajada al oír las palabras de Hika, parecía que tenía una buena relación con él. En cambio, Celeid no se alegró ni un pelo de su presencia. Todo lo contrario, era de lo peor que le podía pasar. Sabía que este ser podría obligarla a ceder su misión. Aún así se vio obligada a dirigirse a él con total educación.

—Bienvenido seáis, Hika, Dios de la Justicia. ¿Qué le trae a usted por aquí? —Inclinándose un poco en señal de respeto.

—Ohhh Celeid, hace mucho que no nos vemos. —Inclinándose en señal de respuesta—. Bueno, me estaba acercando para darle una visita al Dios del Agua y parece ser que la visita la encontré yo. —Mirando a Mizyl como se estaba riendo en su cara, dio un fuerte suspiro y se dirigió al Dios del Agua—. ¿Entonces por qué motivo me has traído hasta aquí?.

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Mizyl bajó de la cuna, y se acercó donde se encontraban los otros dos Dioses. Hizo una señal a las sacerdotisas para que salieran de la sala; Creía conveniente hablarlo seriamente entre los tres. Ante la señal las sacerdotisas abandonaron, la sala dejando solo a los tres Dioses y a la cría. Fue en ese momento cuando el Señor del Agua comentó el problema a Hika.

—Si te he traído aquí es porque necesito que tu des el juicio en este caso, entre yo y Celeid —comentó con una mirada fría hacia la Diosa.

Hika miro a Mizyl, su expresión había cambiado totalmente, él conocía bastante bien a este Dios y una mirada fría en él solo podía significar que alguno de sus valores más internos habían sido tocados.  Aún sabiendo eso, preguntó por lo que ocurría.

Mizyl estuvo explicando el caso de Thylos y la cría a Hika, acentuando lo que pretendía hacer Celeid al bebé. Después de lo contado y con un muchas quejas de Celeid por parte del caso Thylos, Hika se vio obligado a pensar seriamente el caso. Decían que la niña podría ser portadora de Thylos ya que más o menos había nacido durante la catástrofe y portaba una marca en forma de dragón, pero según decía Mizyl ningún otro portador la llevaba y él tampoco tenía información sobre ello. El caso de ese dragón era muy importante para él y era consciente de la destrucción que había provocado, pero igualmente no había suficientes pruebas como para sentenciarla. Con esta mentalidad, Hika pidió permiso para llamar a una sacerdotisa. Tanto Celeid como Mizyl no objetaron su petición y fue él personalmente a llamar a quien recogió el cesto de la entrada. Una vez dentro, preguntó si la cesta llevaba algo, o si pudo ver a quien dejó la criatura. Desgraciadamente, solo estaba la niña y no se pudo ver a quién la dejó. Dicho esto, la sacerdotisa salió de la sala mientras Hika y agradecía su apoyo. A continuación giró para exponer su decisión frente de ambos.

La mirada de los dos Dioses indicaba que esta decisión supondría un gran cambio. Solo uno podía ganar y eso quedaba en manos del Dios de la Justicia.

—Señor del Agua, Señora de la Bendición, después de haber escuchado las dos partes y haber hablado con la sacerdotisa he llegado a una conclusión. Mi decisión es que la niña vivirá y que, a partir de ahora, el Dios del Agua se encargara de ella bajo mi estricta vigilancia.

La respuesta de Hika hizo que  Mizyl saltara de alegría y saliese corriendo a estar con la criatura. En cambio, Celeid estaba enojada pero no parecía sorprendida por la decisión. Obviamente se quejó del resultado del juicio. Decía era un gran error. Sin embargo, la única respuesta consiguió de Hika es que las pruebas eran insuficientes como para matar a una niña dentro de los terrenos del Dios del Agua. Al ver que no conseguiría nada, se rindió, fue hacia la mesa, y poso su mano sobre su cara en signo de completo disgusto. Mientras observaba como el canijo jugueteaba con la cría.

—Bueno, habiendo escuchado la decisión final de Hika mi trabajo aquí ha finalizado. Es hora de volver a mi templo —comentó Mizyl mientras agarraba a la cría con las fauces.

—Estupendo, entonces yo también me iré. Me gustaría que me enseñaras dónde vivirá la criatura a partir de ahora.

Tanto Hika como Mizyl se disponían a salir de la sala cuando Celeid se levantó y les dio una última advertencia.

—Hasta luego, Dioses del Agua y la Justicia. Seguramente su decisión traerá consigo catástrofes. Espero que estén preparados. —dijo con una mirada aterradora y penetrante.

Dicho, eso Mizyl cerró las puertas con un portazo. Parecía bastante cansado de soportar a Celeid.

Se dispusieron a salir del templo, pero antes de ello, Hika ayudó a cargar a la cría a espaldas de Mizyl y las sacerdotisas la taparon con algo de ropa para que no fuera desnuda. Una vez tapada los dos Dioses se despidieron de los sacerdotes del templo y se marcharon, agradeciendo su colaboración.

Ambos salieron del lugar y se dirigieron al templo de Mizyl. Esta vez iban los dos caminando. No se llevaron esbirros que les facilitase el traslado y como el Señor del Agua iba cargado con la criatura iban más lento de lo habitual. Hika aprovechó el camino para hacerle ciertas preguntas.

—Mizyl, ¿cómo es que Celeid está viviendo en tus terrenos?

—Ahh, eso. Bueno, es que firmamos un tratado, y en él se estipulaba que ella vendría a vivir a mis dominios —comentaba, algo molesto.

Esa respuesta extrañó aún más a Hika. No encontraba ningún motivo por el cual esos dos se tuvieran que soportar.

—¿Y cómo es que firmásteis esos tratados? —preguntó dudoso.

Mizyl le explicó que cuando empezó a gobernar tuvo muchos problemas con los radicales de sus terrenos, obligándole a tener a otro Dios con unas ideas similares al antiguo Señor del Agua. Por su lado Celeid necesitaba agua mágica para Thylos.

—Con que Thylos, ehhh… —Formo una pequeña sonrisa.

Esto era lo que él buscaba al venir a sus terrenos. Algo que ligase a Thylos en este tema. Realmente esperaba que si seguía preguntando al Dios del Agua conseguiría más información sobre él o sobre los problemas en la zona del Orden. Con esta mentalidad, siguió preguntando al Dios del Agua a ver si podía sacar algo más.

—¿Y tú sabes para qué quiere esa agua? —preguntó más animado.

Se quedó un rato pensativo. Respondió un poco extrañado por el cambio de humor de Hika al nombrar ese nombre.

—Siento decirte que no sé gran cosa del asunto, solo que utiliza esa agua como arma en las manos de chicas nombradas Santas. Sin embargo, no se cómo las elige ni el porqué deben ser chicas y no otro tipo de criatura.

Hika insistió que si podría contarle algo mas le sería de mucha ayuda. Mizyl no paraba de darle vueltas a la cabeza para ver si podía decirle algo más de utilidad, pero en ese momento no se le ocurría nada. Entonces decidió que le iría preguntando más cosas del asunto, a ver si así se le refrescaba la memoria.

Empezó por si sabía por qué necesitaba pedirle agua y no utilizaba otro tipo de arma, en especial porque los Dioses del Orden no actuaban personalmente.

Fue ese momento que Mizyl se detuvo para aprovechar el terreno arenoso y dibujó en el suelo explicando a Hika lo que sabía del tema.

—Se ve que Thylos tiene algún tipo de barrera anti-divina que le protege de nosotros. Por ese motivo ningún Dios se atreve a ir personalmente a por él. Después, según lo que fui escuchando, su poder tenía dos afinidades. Una relacionada con el fuego y otra que dicen que tiene que ver con el caos, pero no podemos asegurar nada. Entonces, para poder vencerlo, se debe utilizar agua mágica bendita, así se gana al fuego y esa especie de poder del caos. Como los Dioses no pueden actuar, se envía a alguien que utilice esa magia en nuestro nombre y así no es de carácter divino.

Hika escuchaba atentamente las explicaciones de Mizyl. En ese momento, se dio cuenta que su poder no serviría contra Thylos ya que también era un Dios. Realmente esa barrera era una gran molestia. Pero eso no evitó que siguiese preguntando el porqué una humana contra algo tan poderoso como un dragón. Sabía que en el reino del Orden habitaban dragones muy poderosos e intentaba pensar en porqué no se encargarían ellos. Mizyl dijo antes que no sabía tampoco el porqué humanas y no otras criaturas así que sería inútil preguntar.

Los dos siguieron caminando hasta llegar a un enorme templo del Señor del Agua. Hika se sorprendió que escogiera ese templo. Sabía que era el templo principal de Mizyl.

—¿La dejarás vivir en el templo principal? —dijo sorprendido pero alegre al mismo tiempo.

—Por supuesto, será como una hija para mí. —comentó orgulloso.

Hika sonrió ante su respuesta —Bueno, veo que te has metido en el papel de padre, confío en ti plenamente —dijo mientras se dirigía hacia la dirección contraria al templo.

—¿No entrarás? —preguntó  disgustado.

—No, lo siento, tengo mucho trabajo que hacer y además ya he visto demasiadas veces este templo. Mizyl, debo irme pero dejo a tu cargo a esta niña, te iré haciendo alguna visita para ver como va la tarea.

Mizyl inclinó la cabeza en respuesta a las palabras de Hika —Tranquilo, estará en buenas manos, te deseo suerte en tu investigación. Hasta la próxima Hika.

Con una sonrisa Mizyl entró dentro del templo mientras Hika marchaba hacia el bosque.

Una vez dentro, los sacerdotes fueron a recibir a su Dios, aunque quedaron sorprendidos al ver la criatura que llevaba en su espalda.

—Mi señor Mizyl, ¿quién es esa pequeña que lleva en la espalda? —Se acercaron para recogerla.

—Esta pequeña es mi hija —comentó seriamente.

Se armó un alboroto al escuchar esas palabras del mismo Dios del Agua.

—¿Su hija? Mi señor, no lo entiendo, ¿podría explicar lo ocurrido? —dijo preocupado y a la vez alterado por la decisión de su Dios.

—Bueno, es un bebé abandonado en el templo de Celeid. Como allí no se quisieron hacer cargo, he decidido quedármela yo.

—Pero mi señor, usted, ha recogido a varios huérfanos y siempre los ha llevado en la casa de acogida que ordenó construir. ¿Por qué es este caso distinto?.

—Es mi decisión. No te preocupes, me encargare de ella —se encontraba algo tenso por la situación.

—Pero…

—No quiero más peros sobre el asunto. Por favor, os pido que lo aceptéis —dijo mirando fijamente a sus sirvientes.

—Si es su decisión, nosotros le seguiremos, mi señor.

Las sacerdotisas de la zona llevaron al bebé a una cuna, le cambiaron las mantas, y le pusieron algo de ropa. En ese momento el Dios del agua se le acercó, la sacó de la cuna, y la llevó donde sería a partir de ahora su habitación, que estaría cerca del de la cría. La dejó sobre la cama, se subió en ella y se acurrucó al lado de la niña. Mientras acariciaba la cabeza con su patita, le susurró.

—Tranquila pequeña, ahora nadie te podrá hacer daño. Ese angelito malo ya no está. Tu papi está aquí para cuidarte. Mi pequeña Drake…

*****

Los años pasaron y en ese mismo templo una joven se encontraba durmiendo sin ser perturbada. A su vez,un fuerte alboroto parecía cada vez más cercano. La puerta se abrió de golpe y el pequeño Mizyl apareció con un cubo a rebosar de agua. Tras ver que la muchacha aún dormía se subió a la cama y comenzó a armar escándalo con claras intenciones de despertarla. Con un perezoso movimiento, ella echó al Dios del agua de la cama para seguir descansando.

—Así que me vienes con esas… ¿Qué te parecería un bañito fresquito? —De forma repentina, la melena de Mizyl empezó a brillar, y las puntas de su pelaje se tornaron agua. Sus brazaletes brillaron con fuerza y el agua del cubo reaccionó a ello, alzándose y cayendo sobre la joven.

—¡PAPÁ! ¿Cómo te atreves? —dijo levantándose de golpe—. ¡Me las pagarás si te atrapo!.

—Veo que te has levantado, ya sabía yo que esto te sentaría bien. —dijo entre carcajadas mientras corría perseguido por ella.

Tardaron poco en llegar al salón principal donde les recibió una sirvienta ofreciéndole un tela de algodón para secarse.

—Drake, ahora que ya estás despierta necesitaría que me hicieses un favor —comentó Mizyl mientras descansaba de su carrera.

La muchacha lo miró con cara de duda, mientras se secaba.

—Ha llegado a mis oídos que los ancianos herboristas del pueblo cercano andan escasos de ciertas plantas y necesitan a alguien que pueda ayudarles.

—Y como siempre a ti no te apetece mover una zarpa para hacerlo —comentó algo molesta.

—Veo que me conoces bien —dijo con una sonrisa en su rostro.

Drake suspiró quejumbrosa mientras Mizyl le hizo una señal a la sirvienta, quien dejó la sala para regresar al cabo de poco con unas ropas en las manos.

—Míralo por el lado positivo, puedes estrenar hoy tu nueva prenda.

—Una simple prenda que me costó bastante conseguir —dijo algo irritada.

—Son cosas que ocurren cuando tu especie tiene por costumbre diferenciar las ropas femeninas de las masculinas. Y a ti te dio por probar una que desgraciadamente era del otro bando.

—Aún así no entiendo porque hay que diferenciarlos.

—Hija, saliste a mi, no entiendes lo que otros llaman tradición. Tu solo llévala. La opinión de los demás no debería importarte. —Miró un momento las prendas—. Creo que deberías probarlas.

—A eso iba. —Drake se dirigió a su cuarto con Mizyl siguiéndola—. Aquí se acaba tu trayecto.

El Dios del agua exclamó sorprendido, pero aún así no parecía que fuese a dejar de seguirla. Drake, visiblemente irritada, lo empujó cerrándole la puerta, y al poco tiempo de entrar salió vistiendo sus nuevas ropas.

—Es más cómoda de lo que pensaba, cada vez entiendo menos el porqué de esas diferencias a la hora de vestir.

—Ahora que ya estás lista deberías partir, que te están esperando— señalo la salida.

—Sí Papá —dijo quejándose—. Por cierto, ¿Me podrías prestar un caballo?

—¿Tanta falta te hace un caballo para ir al pueblo de al lado?

—Estoy cansada, y el trayecto no es tan corto como parece. —Drake seguía quejándose.

—Solo si me prometes lavar los caballos del establo a tu regreso.

Un poco dubitativa, Drake aceptó la oferta y se dirigió a los establos para partir. Al llegar allí estuvo mirando qué caballo escogería para poder ir al pueblo de al lado. Cuando finalmente se decidió, lo ensilló y marchó hacia el pueblo.

Mizyl observaba su partida desde el templo mientras se alejaba a lomos de un caballo pardo.

—Estoy un poco preocupado —dijo una vez Drake había desaparecido en el bosque.

—¿Qué ocurre mi señor?

—Se trata de Hika… Me prometió que nos haría alguna visita, pero no ha venido ni una sola vez.

—Conociendo a Hika, debe haber sido por algún motivo de gran importancia.

—Sí, corren los rumores que el titan que se creía muerto ha vuelto, y ese es un asunto que no me acaba de hacer mucha gracia.

—Recuerde, mi señor, que los rumores no siempre son verdad.

—Eso es cierto, pero sería una buena explicación para que Hika no haya podido visitarnos.

 Mientras cabalgaba hacia su destino, en su cabeza iban surgiendo varios pensamientos debido a los problemas que habían con los ciudadanos de las tierras del Agua.

«¿Vestir o no ropa de hombre?» Eso no le preocupaba, para ella era una tontería. El problema es que esa tontería demostraba la mentalidad anticuada y poco abierta que la gente tenía aún en la región del Agua. Pero aunque así fuese, en comparación a la gente del Orden eso era insignificante. Los tenían completamente controlados, generando una tensión constante entre las dos facciones que debían convivir. Al principio el tratado con esta facción solo calmó la rabia de lo más radicales que iban en contra de su padre, pero últimamente se notaba que estos tampoco soportaban tener a los miembros de una facción distinta dentro de su región. Si solo fuera eso aún la gente aguantaría y callaría, pero desde que el Dios del Agua llegó al poder y dejó libertad total de creencia, permitiendo que vinieran seguidores de otros Dioses, o incluso ateos, la gente fiel del agua se alborotó, aun más viendo que se mezclaban con humanos o criaturas de otras creencias. Eso, con el antiguo Dios del Agua, habría sido impensable. Y esa idea seguía manteniéndose, y por eso existía esa molestia. Aparentemente era con los miembros de la facción del Orden donde se nota mayor hostilidad.

Una vez llegó al pueblo, fue directamente a la casa de los ancianos herbolarios. Bajó del caballo, y lo ató en un árbol. Acto seguido entró dentro de la casa. Allí estaban los dos ancianos preparando sus remedios.

Drake intentó ocultar sus preocupaciones al dirigirse a los ancianos para que no la notaran extraña. Les saludó y preguntó qué era lo que necesitaban.

Los ancianos explicaron que últimamente los resfriados eran muy comunes entre los ciudadanos de las tierras del Agua y que ciertas hierbas estaban escaseando, así que pidieron a Drake que fuera a por ellos a recogerlas. Le dieron una muestra de la hierba y le indicaron dónde podía ir a recogerlas.

Drake agradeció las indicaciones y la muestra y se fue en busca de aquella hierba en el lago central del continente.

Una vez llegó allí soltó el caballo y fue a recoger las hierbas que creía que eran las más parecidas a las que los ancianos le solicitaron. Tras un rato de arrancar hierbas se levantó y las comparó con las que tenía en mano, dándose cuenta que eran erróneas y que había estado recogiendo hierbas para nada.

Con un gran grito tiró las hierbas recogidas, dio una patada al suelo y se tumbó un rato murmurando, mientras miraba el lago enfadada por el error que había cometido, descansando sus piernas algo dolidas de estar en cuclillas. Estuvo un rato tranquila para poder relajarse. Una vez estaba más calmada sacó la muestra del bolsillo y fue comparando cada hierba hasta ver cuál era la correcta. En el momento que vio la correcta, volvió a ponerse en cuclillas y a recoger hierbas.

Cuando llevaba un buen rato, se sentó acariciándose las piernas del dolor que tenía. Mientras miraba el cielo tranquilamente, escuchó un susurro que no supo de dónde procedía, se levantó de golpe y miró a los alrededores, aunque no vio nada. Dio por hecho que eran imaginaciones suyas y se volvió a sentar, pero al momento de sentarse volvió a escuchar el susurro. Asustada, fue donde el caballo para irse de ese lugar, no sabía de dónde procedía el susurro pero tampoco tenía ganas de averiguarlo.

Se fue cabalgando hacia el bosque para volver al pueblo a entregar las hierbas a los ancianos, pero al poco rato empezó a perder la visión y a marearse. Drake estaba confusa, no entendía qué estaba pasando, y no se sentía bien. Al girar la cabeza para ver si se le pasaba, notó una mejoría al mirar una zona del bosque que desconocía. Ella, ignorante de lo que podría haber ahí decidió continuar hacia el pueblo, pero sus mareos le impedían proseguir, viéndose obligada a ir hacia la zona desconocida.

Tras un rato de ser guiada por los mareos y su borrosa visión, llegó hasta un bastón de unas tonalidades vivas. Extrañada, bajó del caballo y se acercó con cuidado junto al animal, que raramente no estaba nervioso. Lo miró fijamente. Parecía un bastón importante.

—¿Tal vez sea un arma mágica? —Se preguntaba mientras la observaba fijamente.

Si estaba en lo cierto, seguramente fuese el bastón quien la trajo ahí, podría ser cosa de algún hechizo que le pusieron para que no fuera abandonada. Igualmente sería imprudente dejarla ahí. Debía ser llevada frente al Dios del Agua.

Poco a poco fue acercando su mano hacia el bastón y, de un golpe lo agarro, y lo alzó.

El arma reaccionó al levantarla y su brazo empezó a temblar. De ese bastón se alzaron unas esferas como canicas que brillaban con una tonalidad amarilla. Unas marcas rojas como el fuego empezaron a expandirse por toda la longitud del bastón. Las marcas no se detuvieron a alcanzar su mano y empezaron a expandirse por todo su cuerpo. Asustada, dejó caer el cetro al suelo, y en ese mismo instante, un chirrido que parecía venir del arma resonó profundamente en su mente. Sus marcas comenzaron a arder, y Drake sentía como si su cuerpo se estuviera quemando.

ilu4

Poco a poco su conciencia se desvanecía hasta que finalmente perdió el conocimiento.

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